martes, 31 de julio de 2012

VACACIONES DE VERANO



Estas vacaciones había decidido desconectar, olvidarme de la prima de riesgo, de lo malísimos e ineficaces que somos los funcionarios, de lo fantásticos y eficientes que son los políticos, lo mucho que cobran por ir al parlamento, las dietas que cobran por vivir en su casa de toda la vida, lo bien que gestionan nuestro dinero las cajas y sus consejeros. Lo diligentes y aplicados que han sido los presidentes de las Comunidades Autónomas.
Necesitaba apagar la tele, romper en trocitos el periódico, utilizarlo para envolver el bocadillo, e irme a la playa.
Necesitaba meterme en el agua y hacer el muerto. Sentir como mis oídos se sumergen en el mar, escuchar un zumbido de paz, sentir el cuerpo flotar como si no existiera, como si tan solo fuese un montón de células dispersas que se expanden sin acabar de concretarse en “funcionaria incapaz”, “desayunadora compulsiva”, “despilfarradora nata”.
Necesitaba sentir que no hay nada alrededor, solo el silencio y las olas. Y mientras me dejo llevar por su balanceo, pensar que eso no cuesta dinero, que lo podré hacer a pesar de que me suban el IVA, me quiten la paga extra, aumente el recibo de luz, me hagan pagar en las autovías por circular, en la calle por aparcar, en mi trabajo por enfermar. Lo podré hacer aunque nos echen del euro, aunque nos intervengan y nos rebajen el sueldo un treinta, un cuarenta, lo que sea. Lo podré hacer aunque haya miles de parados que me duelen, aunque haya sido yo la responsable de innumerables obras inútiles, de aeropuertos sin aviones, de farolas que no se encienden, de preferentes que nadie quiere comprar, de inflar el precio de los pisos. Soy responsable, dicen, de vivir por encima de mis posibilidades. Y por eso me meto en el agua y me dejo llevar, porque lo importante en este momento es que solo soy un conjunto de células y más células. El sol pega con fuerza, pero no quema. El agua refresca mi cuerpo culpable, pero yo todavía floto.

lunes, 25 de junio de 2012

VIAJE A LA ALSACIA (1 PARTE)






Tu viaje a la Alsacia en Ryanair comienza así, casi sin pensarlo.
“Nos podemos ir a la Alsacia por doce cincuenta euros ida y vuelta”, te dice tu amiga Maribel.
Entras en internet y compruebas que Maribel no te ha engañado, que tiene toda la razón, que por el precio de un bono bus con derecho a tren ligero, puedes conocer Estrasburgo, Colmar, Badén Badén, y hasta la Selva negra.
El primer escollo lo encuentras al intentar meterte en la página de Ryanair.
Son las tres de la tarde, Maribel te pide todos los nombres que figuran en tu DNI y la pagina se cuelga. Tu madre se pasó haciendo promesas a las santas. Ahora te llamas: Brígida, Eutimia, Remedios, de la Santísima Trinidad. Y como eso no estaba previsto, te suben el precio unos cuarenta euros por nombre y abuso de santoral.
Lo aceptas, se vuelve a colgar la página varias veces, y cada vez debes comenzar de nuevo. Son las siete de la tarde y todavía no has logrado meter tu nombre completo.
Te preguntan si quieres seguro de accidente, y como te llamas “de la Santísima Trinidad” que tu madre te lo puso porque los que se llaman así no mueren en accidente, hecho constatadísimo, decides “pasar” de seguro. No encuentras la forma de “pasar” y lo dejas. Dices que bueno, que con seguro.
Pero aún así, la pagina se vuelve a colgar.
Diez cuarenta y cinco, la tarifa ha subido casi tanto como la prima de riesgo y con la misma lógica aplastante de esta.
Once quince, te preguntan que si piensas facturar alguna maleta y como eso sube el precio una barbaridad y estás empeñada en irte en tren ligero y con bocadillo de chorizo a la Alsacia, buscas la forma de decir que no estás interesada, y que ya te apañaras tú con el equipaje de mano. Es entonces cuando se abre la página de un tal Eulogio Zapatero que te ofrece una maleta de cabina por el módico precio de doce cincuenta euros. Aceptas y se vuelve a bloquear. La maleta que sale en pantalla sin bloqueos cuesta ciento cincuenta euros, IVA aparte, si la quieres con factura.
Doce en punto, la página se ha cerrado y debes empezar de nuevo; “Brigida Eutimia, Remedios de la Santísima Trinidad”. Cuando logras volver a meter los datos, la tarifa ha subido de nuevo y cuesta ochocientos cincuenta euros, a no ser que estés dispuesta a viajar a las tres y cuarto de la madrugada del sábado y regresar a las diez y veinticinco de la mañana siguiente.
El problema es que ya se te ha metido en el cuerpo la perra por la Alsacia y tragas con lo que te echan.
En el aeropuerto se quedan con tus pinturas, tu colonia, tu bote de champú y las pinzas de depilar. Te confiscan la maleta de Eulogio Zapatero porque al tener las asas erectas por un defecto de fabrica, supera la medida reglamentaria. Te cobran un billete más por poner en el asiento de al lado, un fular que habías subido al avión atado a tu cuello por si te entraba el frío
Y por fin llegas a la Alsacia sin fular, sin maletas Eulogio Zapatero y sin tiempo para conocer más que el aeropuerto porque el coche que habías alquilado cuesta cuatrocientos euros más de lo pactado ya que necesita cuatro ruedas a cien euros cada una, y… “Eso va aparte, señora”.
Para no perder tiempo compras en las tiendas del aeropuerto un gorro de Vikingo porque le habías prometido un recuerdo a tu sobrino, y ya no tienes muy claro si estás en Suecia, la Alsacia, o Boadilla del monte. Pero lo peor es que has olvidado que te obligarán a llevarlo puesto todo el trayecto de regreso bajo amenaza de pasarte a business class con el consiguiente desembolso adicional por cuernos de más de cinco centímetros de espesor.
Aunque lo más importante es que ya habrás llegado a la Alsacia.

jueves, 7 de junio de 2012

LA VENGANZA DE RAMÓN



imagen: Rafal Olbinski


Ramón recibió una carta en la que le comunicaban que de no activar su cuenta de Google se la cerrarían. Entre los datos solicitados estaban las contraseñas de sus cuentas de correo electrónico y algunas nimiedades más.
Ramón cumplimentó el cuestionario.
Al día siguiente sus contactos recibieron una carta suya solicitando ayuda desde Costa de Marfil. Se encontraba en una situación desesperada por lo que le urgían tres mil euros para poder salir del país, que ya lo devolvería a la vuelta y que la cuenta a la que debían enviar el dinero era la ----.
Luego agradecía fervientemente la ayuda.

El timador, un chapucero recalcitrante, había llenado la carta de faltas de ortografía, sintácticas y de todo genero, además de enviarle una misiva a su mujer una hora después de haberlo dejado desayunando Frottis de Kellog en la cocina de su casa. El problema fue que habían bloqueado todas sus cuentas de correo, el cual sufrió mucho, no solo por verse timado de esa forma tan tonta, sino por comprobar que ni uno solo de sus amigos había movido un dedo para sacarlo de Costa de Marfil
Rompió sus amistades e intentó cancelar su conexión a Internet, pero su servidor le recordó que tenía un contrato de permanencia y si lo cancelaba le iban a cobrar “una pasta” más IVA.
Una hora más tarde recibió una llamada de Boda Click donde había comprado un regalo para la boda de la del 2º derecha, en la que le comunicaban que disponían de sus datos y que iban utilizarlos como Dios les diera a entender, por lo que si no estaba de acuerdo, lo dijera por correo certificado y a ser posible con pólizas de las de antes.
Ramón llamó a la oficina de protección de datos y le dijeron que eso era así. “El que tiene que molestarse para que no le molesten es usted.”
Hora y media después y todavía con el sofoco de Costa de Marfil y Boda Click, le llamaron de Browser, ya que había sido premiado con una ”Tablet” último modelo, pero que para recogerla debía dar su número de móvil.
Ahora le llaman persistentemente, y aunque no lo coja, lo conectan a Internet y le cobran cada llamada.
En su compañía le han informado de que eso ha debido ser por haber dado el número de teléfono, y que si quiere darse de baja, debe pagar otra vez.
Ha comprobado su factura del mes y efectivamente este mes viene cargadita de Browser and Browser.
Le llaman de diferentes servidores a horas intempestivas para ofrecerle tarifas, recibe invitaciones de amigos para conectarse aquí o allá, le escriben de su banco de toda la vida para que les cuente cual es su santo y seña.
Ramón se ha encerrado en el cuarto de baño y no se atreve ni a tirar de la cadena por si se queda conectado a Uruguay vía bote sifónico.
Su mujer le ha pasado por debajo de la puerta los teléfonos de la oficina de protección de datos, de defensa al consumidor y demás zarandajas
“Llama, hombre, le dice. Ellos te defenderán”.
Pero Ramón no ha soportado la tensión, ha roto en mil pedazos los números de teléfono de los organismos protectores y ha salido con escobilla al ristre dispuesto a agredir a todo el que se cruce en su camino.

sábado, 2 de junio de 2012

LA FERIA DEL LIBRO LE DESEA FELICES PASCUAS






Vuelve la feria del libro de Madrid, vuelve el olor a papel, a cartulina, a pinturas para los niños, a visitantes y a escritores.
Se llena el paseo de coches del Retiro.
En las casetas, apostados tras los mostradores, los escritores firman ejemplares de sus libros; unos soportando el calor y la soledad, otros, la cola para recibir su libro dedicado. Son las seis de la tarde y el sol cae a plomo sobre las casetas. Me han convocado a eventos en facebook“ Amigo, firmo en la caseta nº…” Recuerdo aquellas tarjetas de Navidad que te entregaba el portero, el cartero o el afilador para que les dieras el aguinaldo. “El cartero de su calle le felicita las pascuas” Mi tío se hizo otras para devolvérselas “El vecino del quinto izquierda se las felicita también” Entonces mi tío me pareció un cutre. Ahora, después de tantos años, me parece un hombre cabal.
Convoco a mis conocidos, a algunos de los que me han convocado a mí. No soporto el marketing, solo quiero escribir. Pero Luis insiste que no hay más remedio. Dice que hay escritoras que hasta se desnudan para hacerse publicidad. Está bien, entro en Facebook: “La vecina del quinto izquierda también firma en la caseta nº…” Algunos ni se enteran, otros hasta me rechazan. No entiendo el motivo pero publicar tiene eso, que das armas a tus enemigos para que te rechacen en Facebook, como si te dispararán a bocajarro sin tener que ir a la cárcel.
Comienzo la primera tarde visitando casetas de amigos y comprando libros, más que todo por solidaridad. Menos mal que mi firma está programada para el segundo día. Mi ingenuidad termina pronto porque no se acerca ninguno de los que me han convocado y a los que convoqué, no me acercaré a ninguno. Recuerdo aquella canción que se titulaba “Soy bellísimo” Mírame, pero no te miro.
Tan solo Bea y yo nos intercambiamos libros y dedicatorias. Que tengas mucha suerte, Bea.
Desando el camino, el polen está por todas partes y se suceden los estornudos. A lo lejos escucho la retahíla de escritores que van a firmar, las colas empiezan a dar la vuelta a las casetas, “María Dueñas firmará ejemplares en la caseta nº…, Almudena Grandes firmará ejemplares en la caseta nº…” Veo a Medardo Fraile en la caseta de Huerga y Fierro, está solo, aguantando el calor y la dignidad. “Ay, Medardo, si te desnudaras”. Me arrepiento de mis pensamientos, no necesita colas, es más, su calidad y categoría se pone de relieve por estar tan solo, aguantando el calor.
Me siento mejor y voy en busca de un buen libro, sin firma, con descuento del cinco por ciento, con IVA incluido. Luego me tomo una horchata muy fría en la terraza de un bar cercano al Retiro. El sol continua en lo alto, se cuela por entre las ramas de un árbol y me da en la falda. Detrás de las gafas de sol observo el marketing y se me atraganta la horchata.
Volveré otro día ¿por qué no?, la sola presencia de libros y de autores como Medardo me reconforta.
“La feria del libro le desea felices pascuas”

domingo, 20 de mayo de 2012

ADIÓS A LO QUE PERDISTE






La luz ilumina momentos. Los miras sin atención, con dejadez, con desgana. Tan tuyos son que aburren. Corres en pos de algo, cualquier cosa, y se te escapa el presente. Luego, casi sin darte cuenta, percibes que ya nunca volverá el instante. Nunca sabrás cuando será la última vez que te meterás en un jacuzzy, por ejemplo, cuando pondrás por última vez la olla en una vitroceramica de inducción, no sabrás, te parecerá impensable estar tan cerca del día en el que te pondrán un marcapasos y estarán vedadas algunas cosas que hacías sin interés, con prisas, sin atención. Pero no será eso lo peor, lo peor será que nunca vas a saber cuando soltarás tu última carcajada con ese familiar al que tan unida te sentías, cuando dejarás de ver a tu amiga para siempre. Cada día haces cosas que ya no volverán, y las haces sin interés, sin concentración, sin amargura.
Y dirás adiós a todo aquello que dejaste pensando que era tan tuyo, que nunca perderías.
Adiós a todos lo que viste por última vez, los que no volverán, adiós al olor de las personas que quisiste y te fallaron, adiós a los quisiste y les fallaste, adiós a los que se fueron, adiós al jacuzzy, a la vitro. Adiós al presente que se escapa entre los dedos.

LOS TONTOS Y EL MACHU PICCHU







Tengo un amigo con teorías. Son teorías basadas tan solo en la observación, sin argumentos, sin elaboraciones concienzudas y tediosas. Él dice, por ejemplo, que el que conduce un todoterreno se transforma en un prepotente, y cuando se baja del todoterreno y se sube a una moto, arrasa, caiga quien caiga, que si luego se sube a un Jaguar, te mira por encima del hombro y el mundo se le hace tan pequeño que casi no lo ve, y que si después baja al metro, se reduce. Vamos, que se convierte en un “sí señor” de la vida. También tiene una teoría sobre los que llevan barba o bigote, pero como me parece menos elaborada, le cuento la mía.
Le digo que los tontos, es decir, aquellos que están en el límite, lo son un poco menos si son malos. Es como cuando pones el coche a nombre de tu mujer, el seguro siempre te sale más barato. Un punto menos, vale, pero más barato. Supongo que habrá algún motivo, estadísticas, encuestas, qué sé yo. Pero las mujeres, que según dicen, nos pintamos “los morros” mientras nos saltamos el semáforo en rojo, resulta que, mira tú por donde, somos más prudentes conduciendo, y a la hora de asegurarnos damos más confianza a las compañías aseguradoras. Mi amigo dice que no se fía de las aseguradoras, me habla de los viajes de la tercera edad, dice que después de subir al Machu Pichu, de bailar como peonzas hasta las tantas de la madrugada, de tomar mojitos y cochinillo al horno, los decesos son más… cómo diría yo, profusos. Dice que un tío suyo murió enganchado a un matasuegras y a una rubia despampanante en pleno crucero por las ruinas mayas. Dice que eso las compañías de seguros lo tienen estudiado y lo saben, igual que él sabe que los que llevan camisetas sin mangas te quitan el aparcamiento.
Pues para mí, igual que para mi amigo que solo elucubra, la maldad da un punto de coeficiente sobre el resto de los tontos. Los malos, de alguna forma, se lo tienen que currar, aunque solo sea buscando a otros más tontos que ellos para conspirar. Y eso, lo quieran o no, mueve las neuronas. Es como una gimnasia, un entrenamiento. Solo con el trabajo de tener que convencer, de aparentar que se es listo y que controlas la situación, ya hace falta un esfuerzo mental considerable. Luego hay que continuar disimulando para que nadie se de cuenta de que has metido a los demás en un buen marrón, de que han salido perdiendo, de que cada día están peor. Conspirar contra alguien, currarse los argumentos, pasar como el que todo lo soluciona cuando lo ha emplastado hasta la médula, todo eso requiere un esfuerzo que la mente agradece.
Teorías, observaciones, comparaciones.
Nuestra forma de defendernos de las agresiones de la vida

jueves, 10 de mayo de 2012

FRAGMENTO DE MI NOVELA “TIEMPO DE VERANO”


Imagen: Rafal Olbinski

Escribir me gusta. Me ha gustado siempre, sobre todo cuando estoy triste y el aire de los pulmones se me queda como estancado. De pequeña le decía a la abuela que tenía “agobiaciones”. Esa era la palabra que empleaba para dar a entender que no podía con mi alma, que me faltaba espacio, que las paredes se me venían encima. Ella me animaba a que escribiera todo lo que se me pasara por la cabeza.
-Escribe, Marta, escribe todo lo que se te ocurra, que ya verás que bien- me decía.
Mi madre, sin embargo, me aconsejaba que rezara.
-Reza -decía- Coge el rosario y reza un misterio, o dos, los que sean.
Pero a mí eso de rezar me daba miedo porque pensaba que se me aparecería el santo, el destinatario de mis rezos. Y me lo imaginaba con esa cara de cera pálida que tienen en las iglesias, y me ponía a oler a frío y a arrepentimiento. Prefería escribir. En el colegio les escribía cartas a las internas, y a los novios de las internas, y en casa le escribía cartas a mi madre. La verdad es que a mi madre las cartas de pésame le costaban un montón. A las internas se las cobraba, a mi madre, no porque me sabía mal. Además ella no lo hubiese entendido. Siempre estaba diciendo que las cosas se deben hacer por caridad y por el servicio a los demás. Pero yo no debía encontrarme entre esos “demás” porque no me daba paga, y por eso tenía que cobrar las cartas que escribía. Las más caras eran las de amor, pero las que más costaban eran las de pésame, aunque esas eran precisamente las que no cobraba, porque eran las que me pedía mi madre. Y es que a ella eso de acompañar a alguien en el sentimiento se le hacía muy cuesta arriba.
-A Marta las cartas de pésame sí se le dan bien, ves tú -decía.
De todas formas es verdad que los pésames siempre se me han dado bien. Enseguida me pongo en situación y pienso lo mal que se debe pasar cuando se muere alguien a quien quieres mucho, y quedarte sola y esas cosas. Cuesta tanto tener a alguien de tu parte, que no hay derecho a que cuando lo hayas conseguido se muera.
A la portera se le murió un primo y no se le ocurría qué decirle a su viuda. Mi madre tenía por costumbre hacer sus obras de caridad a través de los otros.
- No se preocupe, Amalia, que eso Marta lo hace la mar de bien.
- Ay, gracias, señora.
Mira que me reventaba. Me hubiese gustado decirle:
- Amalia, que aquí, la que escribe y con mucho sentimiento soy yo.
Pero no le dije nada, me senté con ella en la garita de la portería y le dije que me hablara del primo, que me contará cosas de su vida, cualquier cosa. Cuando le escribí la carta a la viuda ya estaba encariñadísima con él, y fue un pésame estupendo. Porque yo ante todo debo coger cariño al difunto, si no, no es lo mismo. El primo, por ejemplo, era pastor y aviaba cabras. Eso decía ella. Yo no tenía ni idea de lo que significaba eso de aviar cabras, y ella me lo fue contando. Parece ser que las aviaba mejor que nadie y que era lo que le gustaba hacer. Se pasaba el día en el campo, solo, pensando en sus cosas y viendo como se hacía de noche. Ella lloraba mientras me lo contaba y a mí me daba mucha pena. Me lo imaginaba con su garrote, rodeado de cabras, tan a gusto, el tío, y lo envidiaba. No porque yo me lo hubiese pasado de miedo con las cabras, que me parecía una perdida de tiempo enorme, si no porque él sí se lo pasaba bien y se murió. Esas cosas me saben fatal. La gente no suele estar a gusto con lo que hace ni con nada, y sin embargo no se mueren ni a tiros. Y los que sí lo están, van y se mueren. Es injustísimo.
Yo, es que a los que les gusta lo que hacen y siempre tienen cara de buen humor, les tomo mucho cariño, como al lechero que nos traía la leche en Elda. Le encantaba llegar con su cacharro lleno de leche y echarla en las tinajas que le sacaba la abuela. Eran unas tinajas enormes, de aluminio. Y mientras él echaba la leche, cantaba y todo, como si lo de llevar leche de aquí para allá fuera el no va más. Un día le vi los ojos tan brillante y la sonrisa tan enorme que le llamé guapo. No me pude contener, fue un impulso. Mi madre me dijo que eso a los hombres no se les debía decir nunca porque podían pensar otra cosa. Yo tenía entonces siete años, y pasé miles de noches dándole vueltas y más vueltas, en qué podría haber pensado el lechero cuando yo le llamé guapo.