sábado, 17 de agosto de 2013

NO SIN MI MÓVIL




Paula  había quedado con Ramón a las seis de la tarde de un caluroso día de julio.

Conducía intranquila por la carretera pues no había tenido tiempo de pasar la ITV y temía que la policía le diese el alto. Cuando llevaba recorrido la mitad del trayecto, el volante dejó de  obedecerla, y el cambio de marcha pareció desencajarse. Estaba asustada. El coche se le iba de las manos. Lo único que ocupaba su mente era poder aparcarlo en algún lugar no prohibido. Tenía que pedir ayuda.

No muy lejos de donde había detenido el coche vio un aparcamiento libre, tenía que intentar llegar hasta allí. Forzó la marcha, y el motor desprendió un fuerte olor a quemado. Sin embargo lo más importante parecía estar hecho, había logrado aparcar en una avenida concurrida.

Bajó del coche con su perra Leda, buscó el móvil en el bolso, pero…, ahí empezó la tragedia; no lo encontraba. ¡No estaba el móvil! Vació el bolso sobre el capó, vació la guantera, pero lo había olvidado. Intentó buscar una cabina de teléfono pero hacía tiempo que las habían quitado, o por lo menos no era fácil encontrarla.

La angustia empezó a apoderarse de ella. Pensó en coger el autobús pero no la dejaron subir por llevar un animal. Leda no cabía en el diminuto bolso que llevaba.

Respiró hondo y contó hasta diez.

Buscó una cafetería dónde pedir un listín de teléfonos, pero no tenían.

-Solo le puedo ofrecer las páginas amarillas -le explicó el camarero.

¿Páginas amarillas? No le servían de nada.

Deambuló bajo el sol de la tarde con Leda en sus brazos. Intentó encontrar un listín telefónico de los de siempre, uno blanco, pero parecía imposible.

- Hace tiempo que no nos llega -dijo el hombre.

Tampoco encontró una cabina, ni un teléfono de fichas para llamar.

Paula sintió que el aire no le entraba en los pulmones y empezó a hiperventilar. Una señora que estaba tomando una horchata la vio tan apurada que se conmovió y le ofreció su móvil.

-Úselo señora. Llame desde el mío.

 Pero cuando Paula lo cogió aliviada, se dio cuenta de que no recordaba ni un solo número de teléfono, ni siquiera el de su hijo. Hacía mucho tiempo que se había olvidado de memorizar. Era tan fácil encontrarlo todo en el listín del móvil. Incluso había olvidado el apellido de aquellos que podrían figurar. Ramón no figuraba, hacía tiempo que se había dado de baja en el fijo, ¿para qué? Sus amigas no figuraban por su nombre sino por el de sus maridos. Y ella había olvidado el apellido de todos. Su mente se había llenado de una  bruma espesa que le impedía recordar. De pronto la calle le pareció desértica, su mundo borrado por completo. Estaba sola en medio de la nada, sin siquiera ser capaz de utilizar el teléfono que la señora le ofrecía.

Unos motoristas de la policía pasaron por su lado, pero ella no se atrevió a llamarlos, se acordó de la ITV. Sintió la angustia de la soledad, de la impotencia, y como si hubiera caído en un alzhéimer repentino, tuvo deseos de ponerse a gritar, de pedir auxilio.

Sin móvil no era nada, no había consuelo. Ni siquiera era capaz de pensar.  

De nuevo entró en la cafetería en la que le habían ofrecido páginas amarillas. ¿Su dentista quizá pudiera darle alguna pista? O, no, mejor buscaría la dirección de su peluquería, ellos podrían proporcionarle el número de su amiga Laura. Llamó con el móvil de la señora. Tuvo suerte, todavía no habían cerrado.

Por fin dio con Laura, que contactó con Ramón, que fue a recogerla, que la encontró destrozada.  

Nunca podría haber imaginado que su vida pudiese ser tan frágil sin su móvil. Había perdido los recuerdos.

“A partir de ahora llevaré una libretita con todos los datos apuntados, como hacía mi abuela”, me explicó. “O quizá, mejor los memorice, no sé”

miércoles, 31 de julio de 2013

PRUDENCIA


Me hace gracia la cantidad de veces que nos piden prudencia.

No juzgue a la ligera, nos dicen. No se precipite, nos sugieren desde todos los medios de comunicación. Presunto, oiga, solo presunto. Imputado no quiere decir condenado, téngalo en cuenta.

Pues, la verdad, debo ser un poco simple, pero si a mí  me dicen que un tren ha descarrilado por ir a 190, cuando la velocidad exigida era de 80, pues cómo le diría yo, me arriesgo a decir que el conductor, si no ha tenido ningún problema de salud, es un poco…, ¿temerario?  Si además la catástrofe ha sido de la envergadura que hemos visto, pues me arriesgo un poco más y digo; “¿No podía haber tenido más cuidado?”

No es que quiera hundirlo, pero juzgar que ha cometido un acto de tremenda  irresponsabilidad al contar que “mira tú que gracia, voy a 190 cuando tendría que ir a 80”, pues oiga, sí.

De la misma forma, si me dicen que el máximo directivo de una entidad bancaria, que por la responsabilidad que lleva su cargo cobra un dineral, ha dejado que se hunda  hasta  el extremo de tener que ser rescatada por todo un país.( No se les olvide, no por un gobierno, sino por un país,  con sus casitas, sus pueblos, sus jubilados, sus dependientes, su sanidad, su educación, sus empresas…)  Pues yo voy y lo juzgo. Ya ve usted. No sé en qué se gastó el dinero, ni por qué dejó que se dilapidara  tamaña cantidad, pero lo que nadie me puede negar es que era el máximo responsable, y a los máximos responsables se les pide cuentas por su labor o por las de sus  colaboradores. Más que todo porque lo llevan en el cargo y en el sueldo.  Sobre todo si su país ha tenido que hacer recortes para levantar lo que él dejó caer. La justicia valorará hasta que punto alcanzarán  sus responsabilidades, pero que tengamos claro que ese hombre no se puede ir de rositas, que la inculpación es cuestión de tiempo, y que los ciudadanos tenemos cabeza para darnos cuenta de qué va la cosa. Eso ni lo duden.

Ni prudencia en el decir, ni mandangas para hacernos callar, que nos está saliendo demasiado cara la prudencia que nos piden.

viernes, 26 de julio de 2013

QUE ME PILLE VALIENTE





La tragedia de Santiago ha traído a mi memoria otra, la del 11 M. Recuerdo que aquella mañana, al subir al autobús, encontré a  un hombre que  hablaba compulsivamente. Había logrado escapar de aquel infierno  y todavía se encontraba en estado de shock.

“Cuando vi la dimensión de la valla, me pareció increíble que yo hubiera sido capaz de saltarla”, explicaba tembloroso a los pasajeros,” No sabíamos hacia dónde dirigirnos, Corríamos de un lado para otro porque en cualquier lugar podía explotar otra bomba”.

“¡Qué horror!”, repetía y se tapaba la cara con las manos.

El relato de aquel hombre se me  quedó grabado. Cuando vi la cantidad de gente que permaneció en los andenes para ayudar a los heridos, imaginé lo mal que lo pasaría al ver la TV, al darse cuenta de lo mucho que corrió para huir del caos, y a los muchos que dejó sin atender. Imagine también lo difícil que debe resultar en esos momentos   tomar decisiones. ¿Somos cobardes o valientes?  Pues quizá depende. Depende del momento, de la situación, de lo que veamos, del miedo.

La valentía en algunas ocasiones tiene que producirse antes, mucho antes de la tragedia, en frío.

En cierta ocasión, un conductor de autobús articulado, cargado de pasajeros, se picó conmigo porque lo adelanté, y él, para asustarme, me adelantó  por la derecha y luego por la izquierda, se acercó mucho, y luego se alejó. Así estuvo un buen rato. El autobús articulado se desplazaba peligrosamente de un lado para otro, pero él continuaba queriendo castigarme.

 Le tomé la matricula y lo denuncié a su  empresa, pero no me hicieron ni caso. Posteriormente escribí una carta al concejal de transporte, y otra a la empresa con copia a cada una de ellas. En las denuncias les decía  que un conductor no se comporta de esa forma  una sola vez en la vida, que esa actitud es el resultado de una forma de ser,  y que de su forma de conducir depende la vida  de un buen número de pasajeros, por lo que si en un futuro se producía un accidente por conducta negligente y temeraria de ese mismo conductor, la responsabilidad caería a cargo de la empresa y del concejal por no haber tomado medidas a pesar del aviso.

 Las cartas fueron entregadas por registro.  Y ahí, sí. La empresa acusó recibo y se deshizo en explicaciones. Había tomado medidas.

Quizá de no haber puesto el dedo en la llaga, es posible que ese conductor  hubiera seguido  transportando pasajeros de un lado para otro,  picándose con los conductores y asustándoles sin mirar las consecuencias. Hubiera podido ocasionar  una catástrofe similar a la producida en Santiago, y los responsables de la empresa se hubieran ido de rosita.

Y es que ser valiente en plena tragedia, tomar medidas cuando el horror ya ha llegado, parece ser más fácil que ser valiente antes,  adelantarse y evitar que se produzcan estos hechos.  

No es habitual, aunque pueda ocurrir, que alguien actúe de forma temeraria un solo día en su vida.   No es habitual que sus jefes no conozcan los malos hábitos de sus empleados, o sus desequilibrios. Lo que sí es habitual es mirar hacia otro lado a la hora de tomar decisiones.  Despedir  o dar de baja a un empleado, con las consecuencias familiares que eso conlleva, resulta difícil, no lo niego. Sin embargo, si  por evitar esos males se consiente la tragedia, la responsabilidad es del que la permitió.

Cuántas “doctoras Mingo”, habrá por los hospitales, cuántos pilotos haciendo vuelos transoceánicos con  desequilibrios diagnosticados,  cuántas personas con permiso de armas arrastran una enfermedad mental o una visceralidad preocupante, cuántos jefes han hecho la  vista gorda ante casos flagrantes por no comprometerse, por un…, que lo haga otro.

No sé si se trata de valentía o firmeza, pero hay empleados que no deberían tener la vida de otros en sus manos, y jefes que no merecen serlo.  
Por eso solo pido un deseo: que llegado el caso, me pille valien

lunes, 22 de julio de 2013

TATUAJES IMBORRABLES


                                     



Últimamente estaba un poco obsesionada con los tatuajes. Se han puesto de moda y no logro entender el motivo.

Algunos son grandes, otros, pequeños, incluso los hay que  ocupan la totalidad del cuerpo.

Indago en internet y leo que el diseño, el color y el tamaño, dicen mucho de la personalidad del que se lo hace. Un ancla, por ejemplo, refleja estabilidad, un ángel, que la persona necesita protección, y el dragón, un carácter explosivo. Así podríamos continuar con la mariposa, la estrella, el puñal, la rosa…

 Mientras dedicaba la mañana a encontrar tatuados  por la orilla del mar, he descubierto uno inexplicable. Se trataba de un hombre con el tatuaje de un rostro encima de la tetilla izquierda. Quizá fuese algún familiar, pero lo importante, lo que de verdad me ha llamado la atención, ha sido el talante que había mostrado el modelo mientras lo plasmaba el artista. Era alguien metido en carnes y en años, con labios finos, apretados, el pelo ensortijado y corto, un rostro que parecía a punto de pegarte una bofetada. El dibujo de su cara ocupaba el noroeste del torso desnudo del hombre. El escaso tiempo que he tardado en cruzármelo me ha impedido escrutar la desasosegante imagen.

Le he seguido, y mientras lo hacía con la clara intención de sobrepasarle y topármelo de nuevo, me he dedicado a elucubrar sobre el instante preciso en que el artista plasmó a su furibundo modelo, y la de tiempo que le debió durarle el cabreo para no cambiar su expresión hasta la finalización de la obra.

De pronto el hombre tatuado se ha dado la vuelta, y entonces sí, entonces lo he podido ver con nitidez. Era Bárcenas, y la restauración sin lugar a dudas había corrido a cargo de doña Cecilia, la misma que restauró el “Ecce Homo”.

 El hombre se ha dado cuenta de mi interés y ha apurado la marcha para ocultarme su imborrable tatuaje. El calor era insoportable, mi cansancio infinito, y los síntomas de insolación empezaban a dar sus frutos  cuando lo he visto desaparecer bajo el sol tórrido del medio día, entre patines y sombrillas, impregnado de ese rostro ya permanente, negándose a mostrarlo, atrapado en el.   

En la siesta se me ha aparecido la imagen en el techo de la habitación, me ha hecho un corte de mangas y ha cambiado de color, de siglas, de himnos. La imagen de Aida Alvarez, de Filesa, se intercambiaba con la de Bárcenas, Gurtel, Sepulveda...  Parece un sueño pero no debe serlo porque por el aire surca los cielos una avioneta que despliega una pancarta con la leyenda:

 ”Indulto a los tatuados de todos los colores, de todos los signos, de todos los tiempos”. Y como firma: una abeja.  

sábado, 13 de julio de 2013




                            MENUDA JUSTICIA



Ahora resulta que el juez Elpidio José Silva acumula sanciones disciplinarias, tantas que podría ser expulsado de la carrera judicial. Figuran en su expediente dos faltas muy graves por las que el Consejo General del Poder Judicial intentó en 2008 jubilarle por incapacidad, pero no prosperó. Resulta también que está pendiente de que se resuelvan otros dos expedientes que le supondrían la expulsión de la carrera. Está acusado por las resoluciones dadas,  así como por la desconsideración con los funcionarios de su juzgado.

Abogados que han tramitado asuntos en su juzgado  describen su conducta en la sala de audiencia como “poco equilibrada” “Hace valoraciones subjetivas,  a veces alterando y traspasando los límites de su función jurisdiccional”.

En sus más de dos décadas de ejercicio como juez, ha sido sancionado en otras tres ocasiones aunque el supremo anuló dos de ellas. “Todas las sanciones las batalla, y llega hasta el final” asegura una fuente  del Consejo. (No pueden con él)

De ser esto cierto ¿no da un poco de miedo?

 Era desconsiderado con los funcionarios de su juzgado, los llevaba de cabeza, juzgaba a la pata la llana. Y solo lo hemos descubierto gracias a que se le ocurrió imputar a Blesa, que si no, a estas horas estaba haciendo de las suyas sin problema.

 ¿Nos tenemos que enterar el resto de españoles de que jueces que tienen la vida y la libertad de personas en sus manos, están fatal de los nervios?  ¿Es esto normal o habría que exigir responsabilidades por mantener en su cargo a ese juez?  ¿Hay más cómo ese? ¿Nos los tenemos que tragar con patatas fritas hasta que tengan a bien meter en la cárcel a alguien que no guste para enterarnos de su nefasto currículo? ¿Es realmente tan nefasto su currículo, o es que  quieren salvar a Blesa

 Pero… ¡cómo nos toman el pelo!

jueves, 4 de julio de 2013

ANTÓN CHEJOV


Acabo de leer “Pabellón nº6” de Antón Chejov. Y a pesar de ser una incondicional admiradora suya, no había leído ese relato hasta ahora.

Chejov es el maestro del cuento, del realismo, de la sugerencia.

En sus obras parece que no está pasando nada. Todo discurre sin grandes sobresaltos, como en la vida de cada uno de nosotros. Y a pesar de haber sucedido en otro tiempo, los sucesos, las conversaciones, las escenas, la evolución de la historia, nos resultan familiares. De alguna forma comprendemos lo que está sucediendo en esas minúsculas vidas, aparentemente sin importancia, pero que esconden todas ellas grandes trascendencias y grandes dramas. Y lo más importante es que al terminar nos quedamos con un regustillo amargo. ¿Qué ha pasado realmente? ¿Qué ocurrirá a partir de ahora? Intuyes que después de lo narrado, nada volverá a ser igual para los personajes.

Cuenta ese pequeño momento en la vida de las personas en las que hay un vuelco, un giro, un antes y un después. Sugiere con habilidad. No hay grandes finales. La grandeza está en encontrar ese instante sin que casi se note.

 Lo han imitado muchos autores norteamericanos, los llamados minimalista.

Raymónd Carver. Ernest Hemingway, Dorothy Parker, Flanery O´Connor, Richard Ford y tantos otros.

Un suceder de los hechos descritos con minuciosidad que esconden la tensión, o mejor dicho, la gran explosión silenciosa.

Este relato que acabo de señalar, sin embargo, me ha parecido menos sugerente que otros, mucho más traumático. Un médico débil, un loco lúcido, una amistad, y tras ellos un decorado mediocre, oscuro. La medianía con esa atmosfera agobiante y cerrada que la caracteriza, rodeando a los personajes.

Como todos sus relatos me ha enganchado desde el principio. Uno nunca sabe por qué se extiende tanto en la descripción de algunos personajes. Pero sabe que no debe perderse ni un dato, que antes o después lo comprenderá. Se habrá extendido en favor de la atmosfera, o para subrayar al final, pero con Chejov uno tiene la sensación de que nada es palabrería.

Yo resumiría este cuento con la frase: “No estamos tan lejos de la locura. Todo lo que le ocurre a un ser humano es susceptible de ocurrirnos a nosotros, es mejor no juzgar.  

Chejov era médico y escritor. Decía que la medicina era su mujer legal y la escritura su amante. Que cuando se aburría de una acudía a la otra. Todo escritor sabe que esa es la relación con la literatura. El encuentro con algo sorprendente, ilusionante y muy difícil de atrapar, algo que te deja exhausto y feliz, pero de lo que no puede uno fiarse del todo. Algo tan excitante que te obliga a descansar tu cabeza en “la legal” para no perder el sentido,  para no depender solo de aquella, tan caprichosa y voluble.

viernes, 7 de junio de 2013

LAS GAFAS DE LA AUTOCOMPLACENCIA


                                                        
 



En la calle Mayor, cerca del pasaje de Hontares, acaban de abrir una óptica en la que venden las gafas de la autocomplacencia. El dueño es un hombre enjuto y pálido, de mediana edad y divorciado. Dicen que las inventó el abuelo de su abuelo…, pero en realidad, el único capaz de patentarlas, de sacarle provecho y de conseguir darles una envoltura de  honorabilidad, ha sido  él.
Las empezó a diseñar en su versión original cuando  su mujer descubrió que no solo  la estaba engañando, sino que llevaba un doble juego entre una de sus  amigas y ella. Fue entonces, en aquella época ya lejana, cuando empezó a distorsionar el cristal, hacerlo cóncavo o converso, según se dieran las circunstancias. Consiguió decir sin que se le quemara la lengua,  que había sido ella y solo ella, la que lo había llevado a esa situación, por otra parte tan triste y deshonrosa. Ella lo había empujado con sus malos humores, su permanente falta de sensibilidad, sus caprichos…
 No tenía muy claro entonces si la montura debía ser de titanio o de pasta, pero lo que sí tenía claro es que las gafas funcionaban a la perfección.
Cuando se descubrió el engaño las gafas le proporcionaron la idea de explicarle a su mujer que estaba chantajeado por la amante, ”obligado a copular, cariño. Si no ella te iba a contar una sarta de mentiras. Y yo, mi vida, te hubiera perdido”.
 No tenía muy claro si eran los cristales de las gafas o la fortaleza de la montura lo que había logrado la relajación de conciencia necesaria para dormir sin sobresaltos noche tras noche.
Volvió con su mujer y con su amante intermitentemente, dependiendo del momento o las circunstancias. Porque las gafas de la autocomplacencia le proporcionaban justificación a todos y cada uno de sus actos.” Era un hombre bueno, forzado por las circunstancias, un hombre de honor”.
 Ni él mismo esperaba que unos cristales cóncavos o conversos  fueran a ser capaces  de  proporcionar  tanta paz a su espíritu. Eran como el resultado de la meditación de un lama durante muchos años, como el sueño de un niño que acaba de hacer su primera comunión.  
 Por fin la paz
“Encuentre la paz en su interior con las gafas autocomplacientes,  en pasta o en titanio, progresivas o fijas” rezaba un anuncio a las puertas de la óptica.
Él, sobre todo, él,  seguía durmiendo en paz, sin sobresaltos, sin angustias.
Los políticos se las quitan de las manos.
Si eres de derechas, la culpa de todo la tiene Rubalcaba, si  de izquierdas, Rajoy. Si sacerdote, los ateos, si  ateo,” los curas”…, y así, las magnificas gafas evitan que pienses, que recuerdes, que valores.
Como si fueras un lama del Tibet.
El hombre más feliz de la tierra.
“Compre usted gafas de autocomplacencia. No las deje para mañana, puede ser demasiado tarde. Dese prisa. Si se le despierta la conciencia o la inteligencia, está usted perdido”.