domingo, 9 de marzo de 2008

COSAS DE LA ANTIGÜEDAD


Busco documentación para una novela y me encuentro con esta joya.

Ahí va. Marchando Sección Femenina.


Extractos de Sección Femenina de la Falange Española y de las JONS -partido único del Movimiento Nacional- editado en 1958.


Ten preparada una comida deliciosa para cuando él regrese del trabajo. Especialmente, su plato favorito. Ofrécete a quitarle los zapatos. Habla en tono bajo, relajado y placentero.
Prepárate: retoca tu maquillaje, coloca una cinta en tu cabello. Hazte un poco más interesante para él. Su duro día de trabajo quizá necesite de un poco de ánimo, y uno de tus deberes es proporcionárselo.
Durante los días más fríos deberías preparar y encender un fuego en la chimenea para que él se relaje frente a él. Después de todo, preocuparse por su comodidad te proporcionará una satisfacción personal inmensa.
Minimiza cualquier ruido. En el momento de su llegada, elimina zumbidos de lavadora o aspirador. Salúdale con una cálida sonrisa y demuéstrale tu deseo por complacerle. Escúchale, déjale hablar primero; recuerda que sus temas de conversación son más importantes que los tuyos.
Nunca te quejes si llega tarde, o si sale a cenar o a otros lugares de diversión sin ti. Intenta, en cambio, comprender su mundo de tensión y estrés, y sus necesidades reales. Haz que se sienta a gusto, que repose en un sillón cómodo, o que se acueste en la recámara. Ten preparada una bebida fría o caliente para él. No le pidas explicaciones acerca de sus acciones o cuestiones, su juicio o integridad. Recuerda que es el amo de la casa.
Anima a tu marido a poner en práctica sus aficiones e intereses y sírvele de apoyo sin ser excesivamente insistente. Si tú tienes alguna afición, intenta no aburrirle hablándole de ésta, ya que los intereses de las mujeres son triviales comparados con los de los hombres. Al final de la tarde, limpia la casa para que esté limpia de nuevo en la mañana. Prevé las necesidades que tendrá a la hora del desayuno. El desayuno es vital para tu marido si debe enfrentarse al mundo interior con talante positivo.
Una vez que ambos os hayáis retirado a la habitación, prepárate para la cama lo antes posible, teniendo en cuenta que, aunque la higiene femenina es de máxima importancia, tu marido no quiere esperar para ir al baño. Recuerda que debes tener un aspecto inmejorable a la hora de ir a la cama... si debes aplicarte crema facial o rulos para el cabello, espera hasta que él esté dormido, ya que eso podría resultar chocante para un hombre a última hora de la noche.
En cuanto respecta a la posibilidad de relaciones íntimas con tu marido, es importante recordar tus obligaciones matrimoniales: si él siente la necesidad de dormir, que sea así, no le presiones o estimules la intimidad. Si tu marido sugiere la unión, entonces accede humildemente, teniendo siempre en cuenta que su satisfacción es más importante que la de una mujer. Cuando alcance el momento culminante, un pequeño gemido por tu parte es suficiente para indicar cualquier goce que haya podido experimentar. Si tu marido te pidiera prácticas sexuales inusuales, sé obediente y no te quejes. Es probable que tu marido caiga entonces en un sueño profundo, así que acomódate la ropa, refréscate y aplícate crema facial para la noche y tus productos para el cabello. Puedes entonces ajustar el despertador para levantarte un poco antes que él por la mañana. Esto te permitirá tener lista una taza de té para cuando despierte.

martes, 4 de marzo de 2008

MARCAPASOS



(Imagen. Rafael Olbinski)




Estoy de baja. Quiero decir que no tengo que ir a trabajar. Sería bueno si mi baja fuese ligera, sin importancia, de esas bajas por un esguince o un ligero lumbago. Cosas de esas. Pero no, lo mío es más serio. Lo mío va de corazón, que para mí es algo así como el rey de la selva. Puede fallar el apéndice o las amígdalas, puede fallar el colon ascendente, descendente, o transverso Pero el corazón… mal rollo. Fue de golpe. Una revisión de rutina y… Ay va, qué mal está usted, dijo el cardiólogo.
El jueves me pusieron un marcapasos. Me dijo el médico que eso iba a ser estupendo. Un seguro de vida, repetía como si me acabara de tocar la primitiva. Dijo también que podría hasta tirarme en parapente. Lo celebré para no hacerle el feo, pero ni me gustan los deportes de riesgo, ni los parapentes, ni los marcapasos. Me he considerado un carcamal desde que nací. A los nueve años ya miraba a las parvulitas con envidia. Cosas de percepción. Pero desde que me dijeron que me iban a poner un marcapasos, me sentí una niña. Soy demasiado joven para eso, le dije al médico que asentía condescendiente. Para el corazón no hay edad, dijo él, y luego se puso a cantar. Le gusta la copla. Por eso la intervención fue cordial y la anestesia local. El cirujano cantó todo el repertorio de Perales mientras introducía cables en mi aurícula y mi ventrículo. Se lo agradecí. Se desdramatiza mucho todo este tipo de asuntos con Perales como música de fondo.
Hoy todavía me duelen los puntos y continúo sin saber hacer parapente. Pero estoy de baja y esta mañana me he despertado con sol y moscas, por lo que he decidido aprovechar para ir al Retiro. Me tiran los puntos al andar, me roza hasta la camiseta, me duele el músculo derecho, y me da la sensación de que todo el que sube en el metro va a pegarme un empujón y voy a ver las estrellas. He amenazado a los viajeros nada más entrar. El que me empuje se va a acordar de mí, he dicho para ir marcando territorio. Se ha formado un círculo alrededor. Supongo que han pensado que soy una de esas majaras que dicen tonterías y luego piden dinero por haberlas dicho.
Debo sacar la parte positiva a todo esto. Eso pienso, pero no la encuentro Para lograrlo lo primero, no pensar. Y me siento frente al estanque a ver las barcas, y los peces, y los pájaros, y alguna nube de esas que tienen forma de… corazón escuchuflado. Nada, que no hay manera. Es difícil olvidar. Aunque no me sirve de nada intentarlo. Recibo un montón de llamadas en el móvil, todas de amigos, la mayoría me recuerdan que estoy fastidiada. Al mal tiempo buena cara, dice mi tía Vicenta, con más años que un camino y un corazón a prueba de bomba. Topicazos para una mañana de lunes, lo titulo.
De pronto la veo. Es una echadora de cartas con el pelo pajizo y gafas de ver el más allá y la galaxia Andrómeda si se tercia. A diez euros la pregunta concisa, dice. Si la quiere extensa, cuarenta euros, más la voluntad. Cien euros si quiere saber quién fue en otras vidas. Mi pregunta es concisa: la salud. ¿Usted qué cree? Ese hombre no la quiere, me dice serena. ¿Qué hombre? Le pregunto mientras me giro y observo a un señor bajito y calvo que pasea a su nieto. Usted sabe muy bien a quién me refiero, dice y baraja. Vuelvo a mirar al señor bajito y le digo que yo tampoco lo quiero a él y que con su pan se lo coma. Ya, ya, dice subiéndose las gafas. Le pregunto por la salud y me dice que eso es extenderse, y que si quiero saber lo que me depara el futuro en temas de salud debo dejarle cuarenta euros más. Sus manos huesudas continúan barajando las cartas sin cesar. Apoyo las dos manos en su mesa y le digo mirándole a la cara fijamente. Enséñeme el libro de IVA: ya sabe, facturas emitidas y facturas recibidas. Me mira confusa, le enseño mi carné de Hacienda. Estoy de baja pero ella no lo sabe. No se lo he contado, eso supondría extenderse sobre el tema. Recoge las cartas, pliega la mesa y se marcha muy deprisa. Vuelvo a casa y al subir al metro amenazo de nuevo. El que me pise… Me dejan el asiento. No hay nada como ser de Hacienda o estar majara para que la respeten a una, pienso mientras hecho una siestecita en mi asiento. Sueño que tengo el corazón de la tía Vicente, que se lo he arrancado por la noche y le he dejado el marcapasos y el parapente en sustitución. Pero como es un sueño extenso debo pagar cuarenta euros. Menuda pesadilla.


lunes, 3 de marzo de 2008

UN CUENTO QUE ALGUIEN ME CONTÓ





La locura decidió invitar a sus amigos a merendar. Todos fueron y al terminar, la locura propuso: vamos a jugar a los al escondite.
-¿Qué es eso?
-Contar y esconderse. El primero que sea encontrado cuenta.
Todos aceptaron menos el miedo y el prejuicio. La locura contó y la prisa se escondió en primer lugar. La timidez se escondió en la copa de un árbol. La alegría corrió en medio del jardín y la tristeza empezó a llorar. La envidia acompañó al triunfo y se escondió tras él. La locura contaba y sus amigos s escondían. La desesperanza se desanimó al ver que la locura ya iba por el 99.
La primera en aparecer fue la curiosidad, que no aguantaba más, quería saber quién sería el próximo en contar.
La locura vio a la duda encima de un muro sin saber en que lado esconderse. Y así fueron apareciendo, la alegría, la tristeza, la timidez…
La curiosidad preguntó
- ¿Dónde está el amor?
-¿Y el amor?-preguntaron todos. La locura buscó en la cima de la montaña, en los ríos. Lo encontró al fin. El amor lloraba por haberse pinchado los ojos entre los rosales. La locura pidió disculpas y prometió servirle para siempre. El amor aceptó las disculpas, y desde entonces hasta ahora el amor es ciego y la locura siempre le acompaña

jueves, 28 de febrero de 2008

VOLAR

(imagen MARGARITA DIAZ LEAL)


Todo empezó un lunes de mayo. Me asomé al balcón y vi que era de día y de noche, es decir, las dos cosas a la vez. Un sol inmenso ocupaba la derecha del cielo, y un cuarto creciente tenue y plateado iluminaba la izquierda. Pensé aprovecharlo para echar una voladita de las que a mí me gustan. Me levanté y subí a la barandilla para lanzarme. Entonces pasó el padre de Miguelito volando, pero no como lo hacían los demás, a braza o a crawl, no. Él volaba sentado en un sillón de orejas, la mar de confortable. La verdad es que en ese momento me pareció alto y fuerte, y diferente a los otros, los que volaban a braza o a crawl, por ejemplo. Y fue entonces cuando sucedió. Al pasar por la barandilla en donde yo ya estaba dispuesta para saltar, me ofreció un ladito en su sillón con un gesto de la cabeza, y me animé. La verdad es que entonces pensaba que no tenía nada que perder pues siempre quedaba la posibilidad de volver a mi balcón volando a braza.
El sillón era amplio y cabíamos los dos sin estrecheces. El llevaba un mando a distancia que manejaba con seguridad, y yo me deje guiar. Volamos por encima de la Albufereta, por la autopista de Valencia, y por fin, nos adentramos en el mar por el cabo de las Huertas. No hablaba pero tenía una mirada preguntona, y yo se lo conté todo. Era como si mi vida hubiera dejado de tener secretos. Le conté que mi matrimonio no andaba muy bien, que Antonio era muy bruto y que no me hacía ni caso. Que yo tenía ganas como de dejarlo todo pero que me sentía mayor y sin ánimo, o sólo algo mayor. Él seguía dirigiendo el sillón con su mando a distancia y preguntando con la mirada mientras volábamos por encima del mar, que estaba muy azul. Algunas gaviotas volaban alto moviendo sus enormes alas y dando graznidos. Al pasar nos miraban, y la brisa salada se me metía en los ojos, mientras le contaba que Antonio, mi marido, trabajaba mucho y que casi lo prefería, porque cuando estaba en casa, lo único que hacía era decirme que era una inútil y que no servía para nada. Viajaba bastante y yo me tenía que ocupar de todo, del niño, de la casa, del trabajo y de darle clase, y que eso no era plan.
Volábamos por encima de Menorca cuando comenzó a sonar una música suave y repetitiva, “El Bolero” de Ravel. Yo llevaba el ritmo con los pies, cuando observé cómo daba la vuelta al sillón e iniciaba el regreso. Le miré a los ojos, y como seguían siendo preguntones, le conté también cosas de mi infancia. Luego me dejó en el balcón y nos despedimos hasta el día siguiente. Bueno, no me dijo, ni sí ni no, pero yo supe enseguida que volvería, porque en ese sillón se sabía todo, aunque nadie te lo dijera.
De pronto se mezcló el sonido de los timbales con la voz ronca de Antonio, mientras yo veía cómo el padre de Miguelito se alejaba con su sillón verde y su mando a distancia. Intenté quedarme un poquito más pero la intensidad de la música aumentaba y Antonio me gritó:
-¿Quieres apagar eso de una vez?
“El Bolero” de Ravel se había quedado dentro de mí y lo escuchaba en todas partes; en la cocina mientras echaba los Frottis de Kellogs a la leche, en el baño mientras me enjabonaba, y hasta en el ascensor dónde descubrí al observarme en el espejo, que mi mirada reflejaba un brillo de mar y sal, muy delator.
Fue al acercar a mi hijo Raúl a la parada, cuando lo vi de nuevo. Y así, en la parada, parecía menos fuerte o quizás menos intrépido pero le noté enseguida que no quería comprometerse, porque ésas son cosas que las mujeres nos tomamos muy en serio, pero para ellos no es más que una voladita sin consecuencias. Yo no le dije nada pero lo miré con rencor y me alejé dejando a Raúl con la madre de otro niño, para que no creyera que me importaba su desprecio, y que a mí también se me había olvidado lo nuestro.
Por la noche me acosté antes de lo normal.
-Pero ¿no quieres ver la televisión? -me dijo Antonio al ver que me dirigía a la cama a las diez menos cinco.
-No, es que estoy muy cansada.
Sólo pensaba en el balcón, y no estaba segura de cómo estarían las cosas en aquel cielo en el que era la mitad de día y la mitad de noche. Cuando abrí los ojos vi que un puntito verde en el horizonte se acercaba a gran velocidad.
Él llegó puntual y me recogió en su sillón verde sin hacer alusión al desprecio de la mañana, pero yo estaba enfurruñada. Al principio volamos en silencio como si no hubiera sucedido nada, pero mi actitud le acabó enfadando y me preguntó sin preguntarme, que qué era lo que me pasaba. Yo seguí en silencio. “Es que las mujeres todo os lo tomáis por la tremenda”, me dijo con los ojos, como lo decía él todo. “Os creéis que por dar un vuelo por aquí y otro por allá, tenemos que comprometernos para toda la vida”. Y continuó diciendo que si todo lo estropeamos con esa idea de infinitud que se asienta en vuestras neuronas, con lo bien que todo resulta dejándose llevar sin compromisos ni promesas. Yo me estaba poniendo de tan mal humor que salté del sillón verde y me dirigí hasta mi balcón volando a mariposa. Pero él, al ver que me iba tan enfadada, me siguió y dejó un confetti rojo en el bolsillo de mi falda. En él había escrito mucho. “Que si no seas tonta, que si yo te quiero pero no puedo dejarlo todo por ti, que si ¿por qué estropear una historia tan bonita, con un compromiso que no va a ningún lado? ¿Es que crees que volaríamos mejor si estuviéramos comprometidos?, pues no, sería más cotidiano y perdería ese no sé qué que nos hace tan felices. Ese estar rompiendo las normas tan a lo grande. Cerré el confetti y lo volví a guardar en mi bolsillo. Él me sonrió con una sonrisa preciosa y yo hice una pirueta en el aire y me colé en su sillón de nuevo para abrazarle mucho y para seguir volando por encima del mar.
Aquel día no interrumpió nuestro vuelo el Bolero de Ravel sino un locutor ronco que nos avisaba de que iba a hacer mucho frío. El padre de Miguelito me dijo con la mirada que me abrigara no fuera a coger un catarro, y yo agarré mi confetti y me estiré.
Pasé el día escondiéndome de Antonio porque se me salían las gaviotas por los ojos y temía que se diera cuenta. Escondí el confetti en la sortija y me fui a preparar el desayuno.
A partir de entonces nuestros encuentros se han repetido bastante y Antonio ha empezado a preocuparse porque dice que cada vez estoy más ida y que parezco una marmota, pero a mí me da lo mismo lo que piense porque ya no quiero hacer nada más que volar y volar por encima del mar.
En la parada nos miramos como diciendo. Lo de ayer fue estupendo ¿verdad? Pero no nos hablamos, porque no queremos que nadie sepa lo nuestro. Sólo cuando él tiene muchas ganas, cierra los ojos en un gesto dulce y yo busco un lugar apartado, esté donde este. Porque todo me ha empezado a traer al fresco, y si me echan del trabajo o se me quedan algas enredadas en el pelo, pues también me da lo mismo, porque siempre me cabe la posibilidad de esperar en el balcón a que él me recoja en su sillón verde.

viernes, 22 de febrero de 2008

Un cuento para Bea




TERAPIA DE FAMILIA.





Ya hacía tiempo que don Punto rondaba a doña Coma. Se había enamorado de ella. Le regalaba flores, la invitaba al cine, la llenaba de atenciones. Las letras sabían que antes o después ella acabaría cediendo, aceptaría al bueno de don Punto. Aunque eso sí, jamás por su palabrería, quizás más bien, si lo hacía, sería por su tozudez, por su insistencia, por su bondad.
Don punto era tajante, escueto, conciso, sin demasiadas florituras. Lo de regalarle flores fue una idea que le dio una amiga; la hache, y que él aceptó como un paso necesario para conseguir conquistar el corazón de doña Coma. Eran tan diferentes. Él era un hombre cabal, iba siempre al grano. Doña Coma era otra cosa: Mucho más alegre, aunque algo dispersa, es cierto. Se perdía en explicaciones, ampliaba la información, algunas veces, no siempre, solo en ocasiones, lo hacía por el puro placer de decir. Los adjetivos la querían mucho, eran sus aliados. Pero sobre todo, por encima de todo, las oraciones subordinadas. Siempre la estaban llamando para cualquier cosa; para merendar, para ir de compras. Ella se dejaba querer. Y quizás fue por eso, por lo diferentes que eran, porque los extremos se atraen, por lo que un día de mayo ella dijo sí. Las letras no estaban seguras de cómo habría podido convencerla. Pero lo cierto es que se casaron.
Por fin se celebró la boda. Fue una ceremonia magnífica y multitudinaria. Invitaron a las láminas de colores, al diccionario, a los verbos. Las letras se agolpaban a la salida de la iglesia para ver a esa doña Coma parlanchina dar un beso al sesudo don Punto.
Los novios iban de la mano, andaban bajo un palio de terciopelo púrpura bordado con pequeñas perlas. Luego se celebró un banquete oficial que duró cinco horas. Don Punto y doña Coma se sentaron en la cabecera de la mesa y bebieron en copa de plata.
-Está claro que se aman –dijo una de las oraciones afirmativas- ¡Tan claro como el cristal!
-¡Que honor! - exclamó la admiración.

Y fueron felices, aunque no sin ciertos roces, claro. Ella reía, y él ponía orden en la casa. Ella hablaba y hablaba, y él centraba el tema.
Tuvieron dos hijos, dos preciosos niños a los que les pusieron por nombre: Dos puntos y Punto y coma. Eran chiquillos alegres, despreocupados como su madre, y a los que a don Punto le costaba mucho educar.

Fue una tarde, los niños llegaron del colegio con malas notas. Pero eso no era la primera vez que ocurría, qué va. Don Punto estaba cansado de esos ceros peloteros en casi todo, y dijo una vez más que la culpa la tenía su mujer por consentirles tanto, por ser como era; dispersa, atolondrada, poco rigurosa.
-Nunca te ocupaste de mantener el orden en esta casa- dijo él- Ni siquiera les tomas la lección.
Sin embargo aquella vez no fue una pelea como otras. Doña Coma no fue comprensiva como lo había sido hasta entonces. Dijo que ya no aguantaba al aburrido de su marido ni un minuto más, y abandonó la casa con sus dos hijos. Quizás porque ya estaba harta, quizás porque fue la gotita que colmó el vaso. No sé sabe exactamente qué pasó. Pero lo cierto es que don Punto sufrió mucho por aquello. Dijo que lo echarían de menos, que ya verías tú como volverían, que qué iban a hacer sin él, sin su orden, sin su cabeza. Pero… no fue así. Y poco a poco la melancolía se fue adueñando de él. Se negó a trabajar, dejó de afeitarse, de lavarse. Y así pasaba el día, quejándose de su mala suerte.

Sin embargo las letras eran felices. Se dejó de cumplir el horario, se dejo de trabajar en serio. Nadie ponía orden en los textos. Todo eran florituras, frases enormes, divagaciones que los niños se encargaban de acrecentar. Punto y coma, por ejemplo, se dedicaba a aclarar lo ya dicho por su madre. Dos puntos siempre confirmaba lo que doña Come acababa de decir, o la resumía. Y ella daba vueltas y más vueltas a las frases sin atreverse a ir al grano.
Pero pasó el tiempo y las letras acabaron por cansarse de no decir nada. Los hijos fueron los primeros que notaron la falta de su padre. Tan serio, tan conciso. Poniendo cada cosa en su lugar. Y ahora… Se lo pidieron con lágrimas en los ojos a su padre. Fueron a casa y llamaron al timbre, pero don Punto no abrió, estaba adormilado y triste. Los niños gritaron desde la puerta:
-Queremos volver, papá.
Él los escuchó al fin, y loco de alegría fue a abrir la puerta. Pero cuando abrió parecía serio. Los abrazó solemne y aceptó, aunque puso una condición. Una sola, dijo: Sí, volverían a ser una familia. Está bien. Pero si ellos aceptaban no volver a trabajar. Él sería el que trajera el dinero a casa, al que obedecerían sin rechistar, el que iba a poner orden. Y ellos aceptaron.
Así fue. Su familia se quedó en casa, y él, y solo él, se marchó al trabajo.

El orden volvió a las letras. Todo parecía controlado de nuevo. Ellas se sentían seguras, a salvo. Pero tampoco esto duró mucho, tan solo unas semanas. Los textos se convirtieron en algo rígido, las frases, contundentes. El mundo se volvió extremo; blanco o negro. Y fue entonces cuando las letras se manifestaron, pidieron la paz de la familia. Ellas ya no podían más, dijeron. No podían andar a paso militar a toda hora, dijo la be, a golpe de corneta confirmó la uve. Y fue por eso; por los ruegos, por la soledad, porque los quería, y por miles de razones más, por lo que don Punto, avergonzado y cabizbajo, pidió perdón a su familia. Y por lo que cada uno volvió a ocupar el lugar que le correspondía.

Y tan felices fueron, tan compenetrados estaban, que se consolidó la familia de don Punto y doña Coma con un nuevo hijo; un niño en el que don Punto había depositado todas sus esperanzas. Pensó que sería una replica de él, su sucesor. El ser riguroso y serio con el que podría entenderse. Pero ese nuevo niño, al que todos recibieron con mucho amor, no fue otro que el ambiguo y despistado: Puntos suspensivos.

martes, 19 de febrero de 2008

HASTA QUE LA MUERTE OS SEPARE




Hoy le he descerrajado dos tiros en la cabeza a Gustavo. Ha caído en el acto y a mí me ha sabido mal. Sé que tengo que tener más contención. Un poco de mano izquierda, dice mi hermana Carolina.
-Hija, si es que te lanzas como un toro y a la pobre vecina ya no le queda sangre en el cuerpo –me dice.
Y es verdad, ella no se hace a mis prontos y por eso llama a la policía a la primera de cambio.
-Si lo mataras más suavemente, ella no se enteraría y podría ahorrarse muchos disgustos –me dice Carolina que está al tanto de todo
Pero es que yo ya no puedo más Y la policía, tampoco. Está harta de venir y de tomar declaración a unos y a otros. O sea que ya ni vienen. La conocen. Lo peor es su familia, que enseguida la ingresan en un sanatorio para enfermos mentales y aunque yo les digo que la dejen que eso no es peligroso, ellos se empeñan en que no está bien. La pobre, me da mucha pena. Si yo pudiera contarle. Pero no puedo. Se descubriría todo. Y lo malo de esto es que no sirve para nada, porque a la mañana siguiente Gustavo vuelve a quitarme el baño y a decirme que se le hace tarde y que le prepare el desayuno. Y de todo esto la culpa la tiene Carolina que siempre se está metiendo en lo que no le importa. Ella dice que lo hizo por mí, por lo mucho que lloraba cuando me enteré de que Gustavo me la estaba pegando. Si se va, Carolina, dice que yo le decía. Si se va y me deja. Yo, yo, no sé lo que puede ser de mí. Me mataré, Carolina. Lo haré cualquier día. Y no digo yo que no lo dijera. Pero son cosas que se dicen en esos momentos. Uno siempre cree que si su pareja le abandona se morirá, o se acabará el aire, o habrá un cataclismo, y que la pareja reaccionará y volverá arrepentida. Yo qué sé. Pero no es así, no suele ocurrir nada de eso. La vida sigue, y al final uno, no voy a decir que se alegra pero sí que se hace a todo. Son cosas que se piensan en el momento. Pero Carolina es de las que se toma todo al pie de la letra, y sufre, claro, de tanto darle vueltas. Dice que no pudo soportar la idea de perderme, que tuvo miedo y que por eso lo hizo. Por eso empezó a venir a casa y a grabar Gustavo en video.
-¿Qué haces?-le preguntaba él.
-Pues nada. Es para tener un recuerdo tuyo- contestaba.
Algunas veces lo hacía a escondidas, o dejaba la cámara oculta en la cocina o en nuestro dormitorio. Pero a mi tampoco me quería decir para qué tanto vídeo y tanta grabación.
Fue el día de mi cumpleaños. Gustavo hacía un mes que se había marchado de casa y a mi no me llegaba la camisa al cuerpo, cuando apareció Carolina de la mano de Gustavo.
-Saluda a tu mujer. Hombre. No seas vergonzoso.
-Y Gustavo entró tan propio, me preguntó sin alharacas que si ya estaba la cena porque tenía prisa. Dijo que lo esperaban los de la timba a las once. Luego entró en casa, pasó por delante de mí sin siquiera saludarme, cogió el periódico y se puso a leerlo.
-Gustavo, cariño. Has vuelto –le grité. Pero él no hizo alusión a mi algarabía y preguntó por sus pantalones grises.
-Gustavo –grité desconcertada – ¿Has vuelto para siempre?
-Te puedes creer que al tío Manuel le ha salido un sarpullido en la oreja y ahora le tienen que operar –dijo sin hacer alusión a mi alegría ni a mi pregunta.
-¿Otra vez? Si eso ya le pasó el mes pasado. ¿Gustavo te pasa algo? –pregunté. Y al intentar abrazarlo se diluyó. Sin más.
-Gus, Gus –gritaba a su imagen transparente sentada en el sillón.
Carolina me apartó con cariño.
-No lo abraces. Es lo único que no puedes hacer con él. Pero te da lo mismo porque tampoco os abrazabais cuando vivíais juntos.
-¿Se puede saber que es lo que está pasando aquí?
- Siéntate, cariño. Verás, es que este no es Gustavo. Quiero decir el Gustavo de carne y hueso, sino su holograma. Lo he adquirido en el mercado negro. Algo que está todavía sin desarrollar. Se vende de tapadillo. Mira, mira todo lo que es capaz de hacer –dijo ella, y se colocó tras unas cortina y se puso a manipular una especie de proyector que hacía un ruido enorme.. Al momento Gustavo se puso a pasearse por la habitación, se fue al baño, llamó por teléfono, y me insultó. Gustavo hizo una representación de sus movimientos habituales con la precisión con la que lo había hecho todo en su vida.
Me quedé paralizada y le pedí a Carolina que me enseñara a usar ese extraño aparato.
Al principio me sentí bien. Era como volver a tener compañía. Las tardes viendo la tele, los domingos viendo el futbol, las noches escuchándole roncar, y sin pegar ojo. Todo de pronto me pareció idílico. Las cosas que tanto me molestaban se convirtieron en un sustituto de mi soledad. ¡Qué bien me encontraba de nuevo!
-¿Vamos al cine, Gus? Le preguntaba sólo por escuchar sus exabruptos.
- ¿Al cine? ¿Cómo se te ocurre a estas alturas pretender llevarme al cine? Anda, llama a tu hermana y déjame pasar la tarde tranquilo.
Yo entonces me marchaba con mi hermana a merendar y a contarle lo acompañada que me sentía de nuevo y lo feliz que me había hecho con el holograma ese.
Fue poco a poco, al principio ni me di cuenta. Por algún extraño motivo no podía controlar el proyector a mi voluntad. Ni siquiera apagarlo un rato. Y en medio de la noche me pedía los pantalones grises o me contaba la operación de oreja de su tío Manuel. ¿Es que no me has preparado el café?, me gritaba.
-Pero, hombre, si son las tres.
- Pues yo me largo al Futbol porque a ti no hay quien te aguante- me decía.
-No podemos seguir así –le dije a Carolina-. Debes llevarle el proyector a los que te lo vendieron. Ellos sabrán sincronizarlo.
- Trataré de ponerme en contacto con el servicio técnico –dijo ella.
- Y si es posible, pregúntales si lo podría desconectar algún ratito. Me haría tanto bien.
-Eso ya es más dificil.
- Entiéndeme, no es que no quiera tener a Gustavo cerca pero, de vez en cuando...
Era lunes el día que llegó Carolina la mar de alterada. Entró en casa y se puso a hablar bajito, como si la persiguiesen. Dijo que habían detenido a todos los que estaban implicados en la trama de los hologramas y que ahora ya no se podía resolver el conflicto.
-Qué quieres que te diga. Lo tienes para toda la vida. Ya sabes, en las alegrías y en las penas, hasta que la muerte os separe.
-No puede ser.
-Lo siento, yo creía que te iba a hacer feliz. Estabas tan sola.
Y así vivo desde entonces, atormentada por la imagen repetitiva de Gustavo, viendo como va al lavabo, escuchando sus ronquidos nocturnos, la búsqueda de sus pantalones grises que había echado a lavar, sus insultos. Gustavo está ahí más que nunca. Tan igual a sí mismo que ya no lo soporto. Noche tras noche invento formas de asesinarlo. Le pongo cianuro en la leche, le empujo por la ventana, arrojo aceite hirviendo sobre su cabeza. Y los días en que pierdo los nervios le descerrajo dos tiros en la nuca. Pero él vuelve una y otra vez. Vuelve a pedirme el desayuno. Me cuenta lo de su tío Manuel y la operación de la oreja. Y yo ya no puedo más. Pero la única que ha salido malparada de todo esto es la vecina que llama una y otra vez a la policía. Dice que escucha tiros. Mire usted, les dice a los de la científica, que yo les prometo que ella lo mata noche tras noche. Y la familia pidiendo disculpas y jurando que la van a volver a ingresar. Pero yo no puedo hacer nada. Me da mucha pena pero si no lo mato, si no le descerrajo dos tiros noche tras noche, me acabo tirando por la ventana.

El amor


No sé como tuve fuerzas para arrastrar el cuerpo y cubrir el agujero.
Él estaba allí y lo miré. Lo convertí en mi centro de atención. Quería que se sintiera único. Le dije frases insinuantes, cambié de color. Mi voz era cálida. Él se acerco, sonreía. Trató de atraparme y me alejé. Se quedó desconcertado, extraño, un poco mohíno. Luego, cuando intentó alejarse, lo llamé. Sonreí. No le perseguí, nunca persigo. Solo le dije algo divertido. Y luego le hice sentirse importante, dependiente de mí. Olimos nuestras feromonas. Copulamos durante horas, y después…Después lo devoré. Dejé poco, lo suficiente para poder arrastrarlo.
Soy una mantis religiosa ¿Qué otra cosa podía hacer?