jueves, 27 de mayo de 2010

LAS GALLINAS


Tengo un vecino que está “majara”. Ya sé que “majara” no es un término preciso, y que una escritora no lo debería emplear jamás, pero es que no soy psicóloga, y no tengo ni idea que enfermedad es la de aquellos que mientras hablan y sin venir a cuento, se empiezan a enfadar y parece que te van a dar una bofetada, aquellos que dicen que la culpa de todo lo que sucede en el mundo la tienen los que mantienen en un corral a las gallinas con la luz encendida para que pongan huevos a toda hora, que también tienen la culpa los albanocosobares o los astrohúngaros o los greco-romanos. No sé, algunos de esos. Los que ven confabulaciones a gran escala hasta cuando cambian de sitio la estatua de Colón o el oso y el madroño.
Sin embargo he comprobado que dentro de su desconcierto cerebral, se produce cuando menos te lo esperas, una lucidez extraordinaria. Como si un rayo de luz cruzara el universo de su mente, y fueran capaces de ver lo que no vemos el común de los mortales. Por eso, y no por otra cosa, cuando me lo encuentro, le pregunto por cuestiones del momento. A ver cómo ves tú esto o aquello, o lo de más allá. Entraña un riesgo, pero merece la pena
Ayer me lo encontré en el metro, y aproveché la coyuntura para que me explicara qué piensa él de la crisis económica. Esperábamos en el andén y casi me empuja en uno de sus ataques de furia. Hubo un momento de gran indignación por su parte en la que temí por mi vida: hablaba como siempre, muy deprisa, atragantándose con las palabras, intercalando incoherencias, y de pronto, lo dijo, lo escuché claramente. La culpa esta vez no la tenían los alvanocosobares ni los greco/romanos, no. Ninguno de ellos había propiciado esta crisis, ni tenía ningún beneficio sobre ella. Eran los bancos, por supuesto, los responsables. El mundo financiero, Carmen, que ha matado a la gallina de los huevos de oro. Pero esos caerán, como todos, por su desenfrenada avaricia. Ya es hora de que te enteres de cómo está montado el tinglado:
Solo se salvarán los chinos. Nos van a invadir, tía. Ya se han quedado con el mercado africano. Han pactado con Argentina. ¿No te das cuenta de que todo lo que se fabrica en occidente, lo fabrican ellos y a más bajo costo? Fabrican los zapatos de Elda, los polvorones de Astorga, las yemas de Santa Teresa, los coches, los electrodomésticos... Todo, absolutamente todo lo consiguen más barato. Se hacen con el mercado. El mundo occidental se muere. El capitalismo se los ha comido a todos, y las vacas a las que ordeñaban están ya demasiado flacas parea alimentar a nadie. Los chinos, Carmen, los chinos, ha repetido. Luego se ha subido al vagón hablando solo, y lo he visto alejarse indignado.
Esta mañana lo he confirmado. Ha sido nada más abrir el periódico ADN.
"Pekín. Los trabajadores de la empresa taiwandesa fax com., tendrán que firmar un documento prometiendo que no se quitaran la vida”. Por lo que se ve en 2009 se la quitaron nueve empleados. La compañía fabrica componentes electrónicos para Sony, Nokia, Appel.
Tenía razón mi vecino, tratan a los empleados como a las gallinas, todo el día trabajando para que el beneficio sea mayor. Se acabarán los logros sociales que tanto costó alcanzar. Y me he imaginado a mi misma, sin siquiera poderme suicidar porque lo he prometido. Me ha entrado un canguelo enorme.
No pienso volver a hablar con mi vecino jamás. A ver, qué necesidad tengo yo de soñar con que pongo huevos a toda hora.

martes, 18 de mayo de 2010

CRISIS BASURA


Desde que me he enterado que me bajan el sueldo, recibo cada día mil correos en el que me explican con pelos y señales en qué se gastan el dinero los políticos. La verdad, lo paso fatal. He tenido que tomar pastillitas para poder dormir, tila para no hacer vudu, placa de descarga para no apretar los dientes y quedarme sin dentadura.
Antes, por lo menos, no lo sabía. Quiero decir que vivía en la inopia, y eso me lo ganaba en salud. Ahora sé lo que ha costado la reunión de la cumbre europea, euro a euro, miembros de seguridad a miembro de seguridad. Lo que cuesta traducir a Montilla del catalán al español, que el pobre se trabuca. Las subvenciones a los sindicatos. Las embajadas andaluzas y catalanas que se han montado allende el mar. Lo que cuesta diseñar el mapa del clítoris, y lo que cobran todos y cada uno de los políticos de este país, autonómicos y estatales. Me lo sé como me sabía la lista de los reyes godos. Pregunten, pregunten. También me he enterado de lo que pagan a Hacienda los gerentes, gestores, directores, asesores, enchufado y demás hierbas.
Para qué seguir, un dolor de cabeza tras otro. Me levanto con extrasístoles y me acuesto hecha unos zorros. Sueño con piratas de parches en el ojo, con tesoros escondidos en despachos de abogados, con dinero negro en islas Caimán o Mauricio, en paralelas, en sanciones, en multas, en pérdida de puntos por toser.
Y eso no es nada, me dicen, porque van a subir los impuestos. Prepárate, funcionaria vaga y maleante, que no eres solidaria, que deberías darte con un canto en los dientes por tener trabajo. Y yo me pregunto, en el más puro estilo Leopoldo Abadía. Si yo, pongo por caso, ingreso cien euros en la cuenta de mi banco, ellos me cobran por dejarles mi dinero, por no tenerlo debajo el colchón. Luego cogen mis cien euros y compran lo primero que les viene a la cabeza, que da la casualidad que son bonos basura, que les han vendido los americanos, por cierto. Pierden mis cien euros y el estado les da mis cien euros para que no me cabree al ver mi cuenta a cero, pero como le han dado mis cien euros al banco, se han quedado sin dinero, y me lo tiene que volver a pedir, pero con más gracia, lavándome el cerebro y diciéndome que debo ser solidaria. Y lo que es peor, lo hacen vía bajada de sueldo y subida de impuestos. Los bancos siguen tan ilusionado con mis cien euros, porque a ellos no les puede faltar. Los americanos que nos vendieron la burra de los bonos basura, ahora van y nos pegan la bronca por no ajustar, por no reponer el dinero del estado, que era mío y ahora es de ellos.
¿De quién? Pues ya no lo sé. Creo que me he vuelto a liar.

sábado, 24 de abril de 2010

COSAS DE LA INFORMÁTICA







La informática tiene sus ventajas, no digo yo que no, pero comunicarte con una grabación sin ápice de sentimientos, es cuanto menos, frustrante. Comprendo que ya no tiene vuelta de hoja, pero el caso es que a mí me sigue desasosegando. Mi nuevo coche, por ejemplo, me tiene controlada.
-Él mismo le avisará de cuando debe llevarlo a revisión- dijo el vendedor.
Y es cierto, es como si tuvieras a un marido meticón a toda hora. Que si ponte el cinturón de seguridad, que si corres mucho, que si frena que nos la damos, que si cambia de marcha que no tienes ni pajolera idea de conducir.
Me tiene hasta las narices. Si entro en un túnel, sin encomendarse ni a Dios ni al diablo, enciende las luces y las apaga cuando salgo. Pone en marcha el limpia parabrisas cuando chispea y lo acelera si jarrea.
Abro y cierro mis cuentas por internet, con solo marcar el número que me indica la grabación.
Pero lo peor es que la cosa ha llegado hasta el trabajo, hasta los compañeros, hasta el desayuno. Y es que ahora cuando quiero preguntarle alguna cuestión a mi vecino de despacho con el que suelo desayunar, debo escribirle un correo.
-Escríbeme un correo -me dijo el otro día.
-Pero, hombre, si te lo estoy preguntando.
-Que me lo escribas, mujer.
Se lo he tenido que escribir, que si mira tú por donde se me ha cerrado la pantalla con información que necesitaba, que si ahora qué puedo hacer.
Al cabo de unos días, en los que ya había olvidado la consulta porque había tenido que rehacer el expediente entero, recibí la siguiente respuesta:

Ha sido resuelto el caso HD0000000088585 a su nombre. Para más información, debe acceder a la aplicación de Gestión de incidencias, seleccionar el caso y consultar la pestaña “Soluciones”
Si la solución dada resuelve su incidencia, seleccione en la pestaña “Información del solicitante” Cerrar, en caso contrario seleccione “Reabrir” Pasado un tiempo sin activar el caso será cerrado automáticamente y su cierre será notificado.
Tipo de caso: Incidencia
Resumen: Ha intentado cambiar configuración de pantalla y se ha perdido el archivo.
Urgencia: Baja.
Firmado: Departamento de informática.

Luego llegó como si nada para ver si salíamos a desayunar.
-Mándame un correo –le dije.
-Pero…
-Que me lo mandes.
Dos días más tarde le he contestado lo siguiente.

Ha sido resuelto al caso Cafeconleche a su nombre. Para más información debe acceder a la aplicación “Desayunos a la taza” seleccionar el tipo de café que desee tomar, con cafeina, sin ella, largo o corto, con sacarina, con azúcar. A su vez ese azúcar lo quiere moreno, blanco...
Si la solución dada le sacia el hambre de media mañana, seleccione la pestaña Soluciones. Cerrar en caso contrario. Pasado un rato sin activar, el caso será cerrado automáticamente, y se quedará más solo que la una y sin café.
Tipo de caso: Incidencia
Resumen: Ha intentado desayunar y se le han marchado todos los compañeros sin avisar.
Urgencia: baja
Firmado: La vecina del despacho de al lado.

sábado, 10 de abril de 2010

UN CASTING PARA PATRICIA







Menudo disgusto me he llevado al volver a casa. Ha sido nada más dejar la maleta en el suelo, al salir mi madrastra a recibirme. He pegado un grito casi tan alto como el de ella.
Mi padre se había marchado un mes a Estados Unidos por trabajo, o por yo qué sé. El caso es que he querido aprovechar las vacaciones de Semana Santa y le he dicho a mi madrastra que me iba a casa de Puri, que me había invitado a Sevilla a ver al Cristo de los gitanos y a la Macarena. Ella, me refiero a su tercera mujer, ha dicho que estupendo, porque estaba deseando ir a visitar a su prima Paquita que vive en La Manga y así aprovechar para descansar y tomar el sol unos días. No le hemos dicho nada a papá porque a él lo que le encanta que nos llevemos la mar de bien, que pasemos las vacaciones juntas y de compras. Idos de compras, anda, nos dice continuamente. Pero eso es imposible porque su “tercera”, es insoportable, incluso un poco peor que “la segunda” e infinitamente peor que “la primera”. Me refiero a las “ex” porque la primera, primera, quiero decir, mi madre, les da ciento y raya a todas juntas. Pero eso ahora no viene a cuento.
En casa vivimos todos, como mi padre tiene dinero nos acomodamos, “la primera” y “la segunda” mandan a los niños para que los mantenga y les de una buena educación. A veces se marchan con sus madres, pero eso es esporádico. La primera, aprovechando el tumulto, envía también a sus hijas, las que tuvo con el piloto de carreras, dice que lo hace porque quieren a mi padre una barbaridad, como si fuera su verdadero padre, y lo echan de menos. Son dos gordas que no hay quién empareje. Mi padre dice que serán la alegría de su vejez. Mi padre a veces es un poco duro con mis hermanastras, si es que se les puede llamar así, porque si uno lo piensa bien, qué parentesco tienen los que no comparten ni padre ni madre. Bueno, pues ellas me llaman hermanastra, y yo no discuto.
Pero a lo que íbamos, ella, la tercera, se ha marchado a La Manga y yo a casa de Puri a Sevilla. El soponcio nos lo hemos llevado cuando nos hemos encontrado en el hall esta mañana. Las dos éramos Elsa Pataki. Menudo disgusto.
-Tú no has ido a casa de Puri –ha dicho la muy lista.
-Ni tú a la Manga- le he contestado
-Te callas, maleduca- me ha gritado-.Vete a tu cuarto ahora mismo.
En menudo lío nos hemos metido por no ponernos de acuerdo y acudir a cirujanos plásticos diferentes. Mi padre a punto de llegar y dos Elsas Patakis esperándolo. A ver, qué le íbamos a explicar. No había tiempo para nada y ella me he dicho que me fuera al campo con los hijos de la primera y la segunda, que estaban de acampada, y que mientras tanto ya pensaría la forma de salir de ese embrollo.
No me ha importado, la verdad. Mis hermanastros son simpáticos y bucólicos. Mientras me marchaba he escuchado a mi madrastra preguntarle a la portera que a cual de las dos veía más bella, pero no tenía ganas de esperar el veredicto de la portera, y he salido corriendo con la maleta aún sin deshacer.
He encontrado a mis siete hermanastros en una tienda destartalada y mugrienta. La tenían hecha un estercolero.
-¿Pero se puede saber cómo podéis vivir así? –les he gritado nada más entrar.
-¡Elsa Pataki! –han chillados muy contentos.
-Que no, que soy yo, Patricia, que me he hecho un arreglito y ahora debo esconderme de papá para que no se enfade.
Han tardado en asimilarlo porque todavía son pequeños y bajitos, pero al final hemos pactado. Ellos podrán salir todas las mañanas a hacer senderismo, y yo les recogeré la casa, les limpiaré la tienda, me ocuparé de la comida. Y a cambio ellos me darán refugio hasta que se aclararen las cosas. Se han marchado al bosque cantando y yo he aprovechado para fregar los cacharros.
Todo iba la mar de bien hasta que se ha presentado en casa una de esas naturales que no se retocan, ni se tiñen el pelo, ni nada de nada. Me ha ofrecido un yogur de manzana con antioxidante y rejuvenecedor al máximo. No me gusta la manzana, ni me fío de la alimentación macrobiótica, pero me he sabido mal hacerle el feo y se la he cogido. La pobre era un cromo, llena de arrugas y de canas. Así que ¿qué iba a hacer?
-¿Cuanto se debe? –le he preguntado.
-Nada, bonita. Es un regalo.
Me debía de haber mosqueado porque hoy en día nadie da duros a peseta, pero se lo he agradecido y delante de ella, como dice mi madre que se debe hacer cuando te regalan algo, he dado el primer chupeteo.

Me ha despertado con un tío muy cursi besándome en los labios.
-Pero, oiga –le he gritado fuera de mí.
Siete tíos se han puesto a saltar y a gritar:
-Ha vuelto, ha regresado.
-¿Pero es que me había ido? –he preguntado. Y mientras lo hacía me he dado cuenta de que eran mis hermanastros, pero que estaban de lo más creciditos, hasta con pelos en las piernas y bigote.
Me lo han explicado todo a prisa y corriendo porque el cursi ha dicho que se iba a casar conmigo y que no debíamos demorarnos.
Dicen que he estado en coma por el dichoso yogur de manzana ni se sabe el tiempo, que la culpa ha sido de la tercera ex que no me puede ni ver desde que la portera le dijo que yo era mil veces más bella. Y que el beso del cursi me ha despertado de mi letargo.
He salido corriendo porque no estaba dispuesta a casarme con semejante espécimen por muy bien que besara, que tampoco era para tanto.
He corrido por el bosque sin GPS y he dado más vueltas que un tonto hasta que he visto una casa muy bonita en la que se celebraba una fiesta. Me he asomado por una de las ventanas y he visto a mis dos hermanastras vestidas de pijas, llenas de bisutería, y bailando como peonzas. El caso es que me he animado a entrar. El “segurata” me ha pedido el santo y seña. No me lo sabía pero cuando ya me marchaba, se me ha acercado un tío cuadrado y rubio, tipo Brad Pitt, y me ha dicho que podía entrar aunque no tuviera invitación porque él era Bruster and Bruster junior, y que ahí pasaba el que él quisiera.
Hemos bailado hasta hartarnos. Hip hop, Bacalao, Tecktonick, y sobre todo Reggaeton. Y cuando he bailado “Gasolina” ha sido cuando él no ha podido más y me ha pedido que me casase con él. Dos peticiones en el mismo día. Estaba de lo más subida, es normal. Y en este caso, con Bruster and Bruster junior, nada menos. Le iba a decir que sí cuando he visto a las focas de mis hermanastras acercarse a nosotros, y he salido corriendo. No quería que me descubrieran. Así que he vuelto a mi casa disfrazada de asistenta mora, para que nadie me reconociera.
Creo que Bruster junior ha puesto miles de anuncios en el periódico. “Baila Reggaeton como los ángeles”, pone. Y ha montado un casting para encontrarme. En cuanto pueda me presento y nos hacemos pareja de hecho. Ya no aguanto más madrastras, hermanastra, brujas sin teñir, y enanitos con pelos en las piernas. Me merezco una vida mejor ¿o no?

jueves, 18 de marzo de 2010

UN DÍA VERDE




Aquella mañana el cielo se había teñido de verde. Nadie podía precisar a qué hora exactamente pero lo cierto era que su tono era verde pistacho. Las nubes en vez de tamizarlo le daban un aspecto irreal como de película de dibujos animados.
La señora Torres estaba preparando un cocido cuando entró su hijo muy alterado.
-El cielo está verde. Pero verde, verde –gritó.
Ramón y Blas que descargaban botellas de cerveza en el supermercado “Ahorramas” sintieron como si una nube los cubriera, como si el sol se hubiera escondido. Y escucharon una exclamación, y vieron como los coches se paraban, los balcones se llenaban de gente. Hasta doña Pilar dejó caer las muletas y miró al cielo, sin acordarse de que se debía caer, que sin muletas ella debería estar en el suelo. La gente comenzó a salir de los bares, de las tiendas, de sus coches. Salían mujeres con el tinte en la cabeza, señores con heridas a medio curar, dentistas con la mascarilla, auditores con el portatil.
Todos, absolutamente todo el mundo salió a ver el cielo. Ese cielo color pistacho veteado de nubes. Las bocas se abrieron a lo largo de miles de kilómetros. Bajo la luz del medio día se extendían pueblecitos donde la gente de pie sobre sus sombras alzaba los ojos. La señora Torres tapó la olla, se secó las manos con un trapo, y se fue lentamente hacía el fondo de la casa.
Y comenzó a llover, la lluvia era tan fina y tan persistente que teñía de verde todo lo que encontraba a su paso. Los pelos verdes, las manos verdes, las mascarillas verdes, y los coches verdes. Se perdieron los contornos
A lo lejos, una nave redonda y blanca, se fue aproximando lentamente. Y mientras la gente miraba extasiada como esa nave se acercaba. Gritaron que no iban a consentir que ningún extraterrestre se metiera en sus vidas. “Los echaremos a todos” “Nos avasallarán con sus costumbres” “Nos quitarán el trabajo” “Bloquearán la Seguridad Social” “Fuera, fuera”, gritaban indignados. La lluvia verde iba cayendo lentamente, por encima de sus cabezas, haciéndoles no solos verdes sino irreales, como si fueran monigotes, personajes de cómics que gritaban indignados. “Es nuestra tierra” “No queremos intrusos”
La nave redonda y blanca pasó por encima de sus cabezas, poco a poco. Y fueron saliendo pequeñas virutas que se desperdigaban aquí o allá.
De pronto se dieron cuenta de que ya no estaba Ahorramas, ni Ramón, ni Blas, ni siquiera la señora Torres, ni los dentistas. Conforme pasaba la nave por encima de ellos iban desapareciendo, hasta que no quedó nadie ni nada. Habían sido borrados con una goma Milán.
Y el niño, mientras cerraba el estuche de las acuarelas, pensó que tendría que comprar más verde pistacho porque lo había gastado.

domingo, 14 de marzo de 2010

PORQUE EL RENCOR CUESTA MENOS QUE EL OLVIDO





Leo en el periódico que conmemoran el atentado del 11 M por separado; PP por un lado, PSOE por otro. Y yo pregunto: ¿Pero de qué van nuestros políticos?
Ya es hora de que los ciudadanos pongamos un poco de cordura dónde no la hay. ¿Acaso es posible vivir en un país en el que se inocula el odio desde la infancia? Quieren que los vascos y los catalanes odien al resto del país. El resto del país a los catalanes y a los vascos. Los de derechas a los de izquierdas, los de izquierdas a los de derechas.
Me recuerdan a esas familias en las que los padres separados enseñan a odiar “sin medida ni clemencia” al otro cónyuge. ¿Cómo es tu padre, hijo mío? Le preguntaba una mujer a su hijo, ya adolescente. El chico se levantó como si le hubieran dado cuerda y dijo: Un hijo de puta. Luego se volvió a sentar.
Se enseña a odiar al padre, a la madre, a los abuelos, a los tíos, a la enemiga de mamá, o al vecino del cuarto. Se enseña a odiar desde la cuna, desde los colegios, desde los recuerdos. Los rojos torturaron a tu abuelito, nene. Los fachas lo mataron, corazón. ¿Y cuándo fue eso? Hace tantos años que no conoces ni a tu abuelo ni al torturador, pero no lo olvides, que el frutero de la esquina tiene las mismas ideas que el torturador de tu abuelito, ángel mío. Y así un día, y otro, y otro.
El verano pasado visité el Elizondo, un pueblo navarro precioso. Se celebraban sus fiestas y hubo una cabalgata. Salía una carroza en la que un falangista pegaba a un niño por no hablar español. ¿Sabrán esos niños quienes son los falangistas? Bueno, esos sí lo sabes. ¿Pero los demás?, el resto de los niños o jóvenes ¿los saben? No presencié al vasco pegando a un niño por no hablar euskera, porque estábamos allí. Pero cualquier día me lo enseñan en Madrid, por ejemplo. Porque cuando se trata de enseñar a odiar, lo bordan unos y otros. Nos abren tumbas, nos recuerdan la guerra, la recuerdan hasta aquellos que ni la olieron. Y odian. Porque el caso es que odien, como odiaron sus padres, y sus abuelos, y los abuelos de sus abuelos. Y por eso no somos capaces de ir juntos a manifestarnos ni por los atentados de al qaeda. Ni siquiera por eso.
“El odio es un licor precioso, un veneno más caro que el de los Borgia, pues está hecho con nuestra sangre, nuestra salud, nuestro sueño. Hay que guardarlo avaramente”. Y yo me pregunto ¿quién quiere eso para sus hijos? Pues esos seres brutales y egoístas que solo piensan en ellos, en sus votos, en sus elecciones, en su provecho. Maldito provecho.
Ya está bien, politiquillos del tres al cuarto. Gobiernen según sus principios, legislen como les dicten sus electores. Pero, por favor, aprendan a respetar y a permitirnos tener un país que no sea de opereta.

viernes, 5 de marzo de 2010

POR TU CULPA




Alberto Segura dormía plácidamente junto a su mujer cuando una pareja de la guardia civil entró en su dormitorio. Se despertó de pronto y al hacerlo no se fijó en que acababa de amanecer, ni siquiera en que era domingo. Tan sólo fue capaz de fijarse en aquel hombre, el más alto, el que se había parado a los pies de su cama. Y fue entonces cuando volvió a su memoria un pelo rizado, un bigote y una voz bronca. El hombre que permanecía quieto a los pies de su cama, no hablaba pero tampoco dejaba de mirarle. Amalia, su mujer, pegó un grito, y él, al escucharlo, se incorporó de un salto. De pronto se sintió incómodo con su pijama a rayas, la barba poblada y ese aliento que intuía hediondo. Sospechaba que tenía mal aspecto, y en un principio eso le preocupó bastante. Pero al observar al hombre detenidamente se dio cuenta de que no había agresividad en su expresión. De todas formas y a pesar de su falta de agresividad, estaba seguro de que no lo aprobaba, de que no aprobaba su aspecto, de que jamás lo aprobaría.
El pasado volvió a su memoria con tanta fuerza que se sintió de nuevo aquel niño. Todo había sucedido muchos años antes, antes incluso de que Amalia y él se casaran. Fue cuando al enviudar su madre, decidió comprar un gabán y un tricornio de guardia civil para colgarlos en el perchero de la entrada.
-De esta forma disuadiremos a posibles ladrones- había dicho ella- No se atreverán a robar a un guardia civil.
Él era todavía un niño, y poco a poco ese gabán y tricornio se envolvieron en fantasías infantiles. Así fue como aquellas prendas se rellenaron de pelo rizado, de bigote, y de voz grave.
Alberto llegó a odiar a ese padre imaginario que se introducía entre el gabán y bajo el tricornio para comportarse de forma autoritaria e intransigente. Y cuando dejó de estudiar para ocupar un oscuro puesto de mozo en una empresa, él se deshacía en insultos ante ese padre opresivo que siempre lo había dominado.
-Nunca me dejaste hacer aquello que yo realmente quería -le decía al gabán que colgaba del perchero-. Dejé de estudiar por culpa tuya. Claro, es fácil apoyar a un hijo que deja de estudiar. Un ahorro ¿verdad? No me obligaste y ahora tengo un negro porvenir por tu culpa.
Así fue como Alberto pasaba las tardes, sentado en la entrada de su casa mientras su madre se afanaba tratando de salir adelante con la exigua paga que le quedaba de viudedad.
Ella nunca conoció la relación de su hijo con el gabán de guardia civil que colgaba del perchero, pero trató de proporcionarle una vida decente. Por eso, aquella mañana en la que Alberto vio al guardia civil en su dormitorio, se le despertaron todos aquellos resentimientos dormidos, y se desahogó con aquel número que lo miraba. Una infinidad de reproches fueron saliendo de su boca mientras se ponía las zapatillas y se cubría con la bata.
-Jamás te comportaste como un verdadero padre conmigo -decía mientras se señalaba con el puño cerrado-. Ni una palabra amable, ni un cuento por las noches. Nada. Tan sólo rigurosidad y malos modos.
-Pero oiga, usted me está confundiendo -dijo el guardia civil mientras miraba de reojo al compañero absolutamente desconcertado.
Alberto se paseaba de un lado para otro de la habitación mientras su mujer lo miraba atónita.
-No, eso es muy fácil decirlo. No traemos hijos al mundo para abandonarlos. ¿Yo acaso te pedí nacer?
-Pues… -dijo el hombre rendido.
-Mi madre trabajó como una burra para sacarme adelante y ¿tú? ¿Dónde te encontrabas?
-¿Yo? -preguntó el guardia intentando comprender.
-No podía hacer nada. Era joven y no iba a ponerme a ayudarla. Tenía mis problemas.
-…
-Me casé -dijo señalando a su mujer que los miraba-. Y ni a la boda viniste. ¿Conoces a tus nietos? No, yo era poco para ti. Y ella también ¿No es cierto?
-Pero…
-No insistas ni trates de justificarte, porque aquí me tienes ahora, hecho un desgraciado, con un sueldo que no da más que para sobrevivir, con un porvenir frustrado. Y toda la culpa la tuviste tú. Tú y solo tú -dijo cayendo desfallecido en el silloncito azul que había al lado de la cama. Luego se tapó la cara con las manos y sollozó.
Su mujer aprovechó ese momento para preguntar:
-¿Qué es lo que está pasando aquí?
-Que su marido está fatal -dijo el guardia.
-¿Pero ustedes que hacen entrando en una casa sin llamar?
-Unos vecinos han encontrado a una anciana deambulando por la calle, iba descalza y en camisón. Nos dijeron que vivía aquí. Su puerta estaba abierta y...
-Madre ¿cómo se ha levantado tan temprano? -preguntó la mujer dirigiéndose a la anciana.
-¿Es familiar suyo, verdad?
- Si, es mi suegra, tiene Alzheimer.
Alberto seguía sentado en el sillón insultando en susurros al guardia civil que lo miraba de reojo.
-Un mal padre, eso es lo que fuiste.
-Hombre, tranquilícese -decía el guardia mientras preguntaba intrigado -¿Y a éste que le pasa?
-No lo sé, es la primera vez que lo veo tan mal. ¿Pero es que usted no lo conocía de antes?
-No. Además, cómo voy a ser su padre si soy mucho más joven.
-Siempre fuiste más joven, y más guapo, y más listo.
-Pero...
-Coartaste mi libertad y hoy no soy nada por tu culpa.
-Llama a un médico que la ha tomado conmigo -dijo el guardia a su compañero mientras trataba de calmar a Alberto.
La anciana se acercó a su hijo y lo abrazó, pero Alberto no dejaba de mirar cargado de rencor a ese guardia civil que tan culpable había sido de todas las desgracias de su vida