Textos

jueves, 3 de abril de 2014

TU NOMBRE EN EL CONGELADOR (2 secuencias de la novela)



1


He decidido relajarme, enfocar mi futuro de una forma distinta, dar un giro a mi vida, por lo que me he apuntado a un curso de autoayuda presencial. El presencial se titula: “Aprenda a fluir”. Debemos ser capaces de encontrar la satisfacción y el propósito en la vida sin depender de las circunstancias externas, sin expectativas, dice el profesor, un hombre calvo y disperso. Nos cuenta que debemos involucrarnos con el día a día, disfrutar con lo cotidiano. Y lo dice muy triste como si estuviese a punto de echarse a llorar. Es lo malo que tiene, que no es creíble. Sin embargo ahora ya no me atrevo a desapuntarme, temo crear un shock en su autoestima. Voy los martes y los viernes. Se llama Pedro y tiene los ojos ahuevados. A veces nos coge por los hombros y nos mira, dice que así nos sentiremos vistos. Y sí, me siento vista, o quizá más que vista, observada, vigilada. No me gusta que me mire con esos ojos de huevo porque luego lo sueño, pero no se lo digo, porque no quiero herir sus sentimientos.  

2

        
Desde que me he venido a vivir con el abuelo la vida me ha cambiado mucho. No ve casi nada pero dice que es vidente. Quiere decir que tiene poderes. Su segunda mujer era adivina, dominaba las artes adivinatorias, me refiero a magia negra, magia blanca, sortilegios. Logró una gran fortuna leyendo las cartas y prediciendo obviedades a los clientes. Él les abría la puerta y los despedía al marcharse. No hacía más que eso, pero dice que aprendió mucho, que se le quedaron los poderes de ella. Cuando murió dijo que se le había aparecido de forma extracorpórea para pedirle que siguiera él, que estaba segura de que lo haría divinamente. Ahora recibe a clientes en casa y les lee lo que sea; los posos del café, las suelas de los zapatos, las rayas de la mano, las patas de gallo. Dice que todo lo nuestro habla de nosotros. A veces hace regresiones en el tiempo y los lleva a siglos pasados. No tiene mucha cultura, encuentra  goteros y microondas en el siglo dieciséis, pero los clientes no se lo toman en cuenta, sabe darles esperanzas. Lo hace bien porque las da y  no las da, es algo ambiguo. Muy hábil. Si algo no se cumple es porque les falta fe. La fe mueve montañas, dice mientras les da palmaditas en la espalda cuando vienen a quejarse. Y ellos se marchan compungidos. Hasta ahora no ha llegado la sangre al río. Bueno, me refiero a que todavía no lo han denunciado por fraude. A lo mejor es cierto que tiene poderes. Yo prefiero no inmiscuirme en esos asuntos. Usa ungüentos y pócimas que huelen a ajo o a porro, dependiendo del día. Y también una mesa camilla con brasero y fotos de santos. A mí, bien pensado, no me viene nada mal haberme trasladado a vivir con él porque si me quedo sin trabajo siempre hay dinero para aguantar en los malos momentos. Es un buen negocio el suyo.
“El hombre vive de deseos y yo les doy la posibilidad de saber si se van a cumplir o no.”
Eso dice, y para decirlo eleva una ceja, creo que la derecha. Sin embargo, desde que he decidido volver a escribir, las cosas ya no funcionan igual. Necesito silencio y la casa es un guirigay continuo. Él dice que lo que nos da de comer son sus ungüentos y no mis novelas, y yo callo y asiento.




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