Textos

jueves, 2 de abril de 2015

PELIGROS CALLEJEROS

Según he escuchado en un programa de psicología de la radio, la ayuda que te prestan en la calle cuando lo necesitas, es inversamente proporcional a la cantidad de gente que haya para proporcionártela. Es decir, que si te desmayas y solo pasa un viandante, el tío se para, te recoge, te anima y llama a quien sea necesario, pero como pasen dos…, la cosa ya se diluye un poco. Y si hay más de dos, es que ni te miran. “Oye, que la recoja otro. Por qué siempre me tiene que tocar a mí.” Dicen que es un hecho estudiado. Que en una ocasión violaron a una mujer en la calle y los vecinos que se asomaban a la ventana tardaron media hora en llamar a la policía. Desde entonces se han hecho estudios para comprobar esa circunstancia tan insólita. Los expertos han llegado a la conclusión de que si hay muchos para ayudar; unos por otros, nadie lo hace. He recordado entonces cuando me atracaron en un cajero automático de la calle Fuencarral mientras un montón de coches atascados me rodeaba. Con aceras diminutas y gente a rebosar, no hubo ni un solo conductor, peatón, o vecino, que se le ocurriera decir esta boca es mía al caco, que feliz y relajado, se alejó con mi dinero ¿Para qué iba a correr, el hombre, y acelerar su corazón innecesariamente? La verdad es que me desconcerté bastante. Lo que no sabía en ese momento es que si el caco llega a tener ganas de agredirme, me despelleja viva ante la mirada indiferente de los demás. Da miedo ir por una calle solitaria, de noche, sin tráfico, pero no sabemos la que nos estamos jugando cada día, a pleno sol y rodeados de miles de personas. Es descorazonador escuchar charlas psicológicas de este tipo. Me preguntaba cómo reaccionaría yo ante un accidente, teniendo en cuenta que la sangre me hace caer desmayada. Un día tuve la oportunidad de comprobarlo. Cayó a mis pies un motorista que acababa de atropellar un coche. Mi primera reacción fue gritar “¡Ay, ay…! ininterrumpidamente.” Luego, ya más hecha al suceso, recordé que mi jefe acababa de sufrir un accidente de moto y que el médico le dijo que lo habían salvado por no tocarlo, porque de haberlo movido, lo hubieran dejado parapléjico. Entones, y mientras se iba acercando la gente para ver qué había sucedido, grité con todas mis fuerzas: ¡No lo toquen! Los que nos rodeaban quedaron perplejos y estáticos ante mi determinación. Llamé al 112 y mientras lo hacía, él, aburrido de verse en el suelo rodeado de gente que lo miraba con interés pero que no movía un dedo, se levantó, cogió su casco, subió a su moto y se marchó la mar de desairado. Nos quedamos un poco como sin saber qué hacer, pero es que nunca sabe una cómo actuar cuando ve un accidente o un atraco o un desvanecimiento. ¡Qué miedo!, entre que cuando hay muchas gente se hacen los suecos, y que no tenemos ni idea de qué hacer llegado el caso, la calle se está convirtiendo en un lugar muy, pero que muy peligroso.

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