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martes, 25 de agosto de 2015

LA GLOBALIZACIÓN DEL RESENTIMIENTO


 
 
 
 
Se acercan las elecciones y no encuentro a ese líder, a ese partido capaz  de unir a mi pueblo. Busco a alguien dispuesto a limar asperezas, a gobernar para todos, para  los que les votaron y para los que no. No quiero al que recuerda  la confrontación, al que saca  beneficio del odio, del desprecio, de tanto resentimiento acumulado. Quiero a un líder que trate de buscar la cohesión en la disputa, que no encierre a los hombres en absurdas fronteras, que aproveche los avances técnicos para fomentar el abrazo y no la bofetada.

 Vivimos una nueva era, como nuestros antepasado vivieron la revolución industrial. A ellos les cambió el entorno casi sin darse cuenta. Se llenaron las ciudades, se abandonó el campo, se concentró el trabajo en fábricas. Nacieron los sindicatos, la lucha por la defensa de los derechos de los trabajadores. Surgió una nueva sociedad a la que el hombre tenía que acostumbrarse.  Ahora está ocurriendo algo parecido, un mundo diferente se está abriendo. La globalización, la comunicación inmediata hace que sepamos al instante quién muere a miles de kilómetros de distancia, que observemos las guerras en primera línea, desde nuestro sofá, que conozcamos los sucios tejemanejes de los mandatarios. Recuperamos amistades que ya creíamos olvidadas, rememoramos y descubrimos todo lo que nuestra curiosidad nos demanda. Y todo gracias a la globalización, a la supresión de fronteras virtuales, a las nuevas formas de comunicación. Somos uno en este pequeño planeta. Podemos, como nunca pudo imaginar la humanidad, luchar contra la pobreza, esa que ya conocemos de primera mano, la emigración, la precariedad en la que viven algunos hombres, la riqueza desmesurada y obscena que es guardada en paraísos protegidos para delinquir, extorsionar y comprar voluntades. Siempre existió, es cierto, pero ahora lo vemos con nuestros propios ojos y tenemos en nuestra mano el poder exterminarla.

 Vemos deambular desorientados y desposeídos a los frutos del odio y las guerras, y los vemos tan cerca como si  estuvieran en el descansillo de nuestra escalera. Están ahí, despojados de esa vida que habían construido con los mismos ladrillos, con las mismas ilusiones con las que construimos las nuestras. Nos gusta creer que son diferentes, que a nosotros nunca nos sucederá algo así. Ellos son “los otros”. Pero en el fondo sabemos que no es cierto, que todo lo que suceda a un ser humano nos puede suceder. Lo sabemos y giramos la cabeza. No hacemos nada para evitar el enfrentamiento, el odio, el desprecio.

Los adelantos logrados por nuestra civilización son capaces de reunir a los hombres, de permitirnos luchar por esa fraternidad necesaria que nos construye. Y lo podemos hacer desde nuestro sillón de casa. Podemos cambiar algo, pero nos incitan  a lo contrario, a comportamos como en la edad de piedra, a reunirnos con nuestra tribu para arrojar piedras a los que se acercan a nuestra ridícula gruta. Nos aislamos para buscar murallas de defensa, rodearnos de fosos y cocodrilos. Buscamos  todo aquello que nos pueda separar: banderas, idiomas, costumbres, himnos y recuerdos. Sobre todo recuerdos sangrientos que abren heridas para que no dejen de supurar y así empezar una y mil veces.

Ese eterno retorno de bestialidad que lideran unos pocos con mucho que ganar.

Nos hemos convertido en una amalgama de cuerpos que no son capaces de pensar por sí mismos. Y así, liderados por mediocres,  enardecidos y sudorosos, nos pertrechan con espadas de reproches, hachas de desprecios, cuchillos de incomprensión. No hay más que entrar en redes sociales para percibir el odio

Nuestros líderes políticos inician a la lucha por el poder, ese poder corrupto y excluyente, desnudos de ideas y valores, que solo desean el enfrentamiento y el conflicto para no dejarnos ver la realidad.

Es difícil en este país encontrar a alguien que no resienta del otro, que no recuerde agravios, que no palpite de rencores tan antiguos  que ni siquiera vivió.

Así se construye la formación política que nos permitirá derrocar y flagelar a quienes nos humillaron. Como si en la lucha estuviera el florecimiento de lo nuestro.

No encuentro a ese líder que no me manipule, ese medio de comunicación que no se posiciones de un lado o de otro, que me hable y me convenza,  que me enseñe a construir puentes en vez de murallas.
No dejo de buscarlo. Las elecciones están cerca, nos jugamos mucho, y sin embargo no aparece, no existe, no somos un pueblo capaz de albergarlo. No nos han preparado para pensar por nosotros mismos y la consigna es la globalización del resentimiento

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