Textos

jueves, 1 de diciembre de 2016

EDUARDO MENDOZA





Todavía recuerdo aquel día que estuve a punto de acercarme a Eduardo Mendoza para preguntarle cómo había conseguido que lo tomaran en serio. Fue en la presentación de uno de sus libros, en “Casa de América”. Me encantaba su media sonrisa, esa forma que tiene de no tomarse demasiado en serio, ni siquiera de vanagloriarse de las palabras de reconocimiento que se le hacían, como si su verdadera gloria la hubiese recibido mientras escribía, como si se lo hubiese pasado de miedo y ahora no comprendiese que sesudos críticos lo alabaran.
Era tal el rechazo que el humor despertaba en las editoriales, en los profesores de escritura, en los escritores que se hacían fotos apoyando la cabeza en la mano para demostrar que ellos eran unos pensadores de verdad. Pensar estaba reñido con el humor, pensar era síntoma de sensatez. Podrías escribir un libro en el que el tono fuese humorístico aunque el fondo fuera doloroso y nadie lo tomaba en serio. “Hay que profundizar más” te decían los críticos. “Ya me he enterado de que has escrito un librito”, te comentaban los compañeros sesudos. Y yo quería saber qué había hecho Eduardo Mendoza para ser tenido en cuenta, y él, desde la lejanía, sin saber de mí, me animaba a que continuase, como Juan José Millas, como Rafael Reig como Miura, Jardiel Poncela, Tom Sharpe y por supuesto Rabelais. Ellos y muchos otros como el mismísimo Cervantes, me decían desde su cima que escribiese con el tono que me diese la gana, que sacara lo que tuviese dentro como buenamente pudiera, y que si esa era la forma que yo tenía de estar en el mundo, adelante. “A lo mejor algún día eres buena, a lo mejor no, pero siempre lograrás disfrutar de lo que haces”, parecían decirme desde su prisma tan personal.
El humor está muy mal valorado en el arte, porque suena a intrascendencia, a memez, a falta de rigor. No hay peor enemigo que aquel que no lo tiene. Por eso me fijé en él, lo leí, lo disfruté y lo admiré. Y por eso también,  siempre que coincidía con él en cualquier evento, quería acercarme, preguntarle: “¿Cómo lo conseguiste? Supongo que lo consiguió porque era muy bueno, pero antes de que se dieran cuenta de ello, tuvo que haber editoriales que le dijeran “De graciosillos nada” o una critica que hablara de… “una novela para leer en la playa o en un viaje corto, intrascendente, perecedera”.
Hoy siento que le han reconocido en su maravillosa trayectoria literaria a pesar de su humor, de sus “libritos”, de ser incomprendido por aquellos que jamás percibieron lo que esconde el doble sentido.
Felicidades por contar sin tapujos, por hacernos reír con ese Gurb que nunca daba noticias, por esa visión tan real y esperpéntica que nos mostraste, por alegrarnos unos momentos de nuestras vidas, por dar esperanza a aquellos que no entendimos nunca por qué hay que ser muy trágico para decir, para contar, para sacar lo que llevamos dentro y para plasmar las miserias que observamos afuera.

Por todo ello deseo que disfrutes muchos años de ese reconocimiento que tanto te mereces.

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