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martes, 10 de enero de 2017

OBSOLESCENCIA PROGRAMADA Y EL RATÓN PÉREZ

                                              








Me siento un poco obsolescente. Todo empezó ayer, cuando fui a  IKEA a sustituir una de las cuatro sillas que tengo en la cocina: se había despachurrado, bueno, desencajado, el despachurrado fue el que estaba sentado en ella.  Lo primero que me sorprendió fue el color. Ya no quedaban color abedul, solo quedaban de color roble y otras posibilidades que no contemplaba. Oye, una nimiedad pero que joroba. La dependienta me había informado de que las de color abedul las habían descatalogado. No teníamos más solución que comprar otras cuatro iguales y tirar a la basura tres si queríamos mantener una cierta armonía en la cocina. Nos quedaba también la posibilidad (último grito en decoración, ahora comprendo por qué), de poner cada silla de su padre y de su madre. Pero aún así, se debe mantener un equilibro, un cierto desorden ordenado; por ejemplo dos color naranja y dos color abedul, más que todo por no tirar tres así, a lo tonto. Decidí intentar hacer una chapuza con la estropeada y continuar con la gama de los abedules hasta nuevo despachurramiento. Pero eso solo demostró lo atrasada que me encuentro con las nuevas tecnologías y planteamientos consumistas, porque también habían descatalogado la copa de vino rota, la taza de te, los platos de todos los días,  y más adelante, en “O Gato Pretto” el vaso de agua color ámbar, “descatalogado, señora”. No es que no tuvieran otros, pero…, “mire usted, es que los de color ámbar no creo que vuelvan”. El extractor de humos nuevo se queda cojo con el embellecedor de la cocina, y el fabricante ha descatalogado el modelo. Dicen que todo se debe a la obsolescencia programada, no van a permitir que mantengas una vajilla más de dos años, pues estaríamos buenos. Tampoco una secadora, ni un horno. Vale, si yo comprendo que hay que vender a troche y moche, pero da no sé qué ver en el trastero vasos, platos, sillas, hornos, armarios y demás familia. Todos se hallan arrinconado por culpa de un pequeño desconchón, una pieza que ya no se fabrica, un tornillo…, en fin, una parte mínima de un todo ya inservible. Y así, entre mitades y descatalogo, nuestra vida ha sufrido un derrumbamiento sin precedentes. Esta mañana me ha dado un calambre en la pierna pero no se lo he dicho a nadie. Quizá yo también tenga obsolescencia programada y si me voy a un hospital a lo mejor me dicen que ya no quedan piernas, ni brazos, ni dientes para mí, que los han descatalogado. A lo mejor mi familia me tiene que cambiar entera, o mezclar con otra para mantener una cierta armonía en el ambiente.

A lo mejor ese es el motivo de la cantidad de divorcios y separaciones que hay.  Somos unos obsolescentes programados y cada día duramos menos. No pienso contar  a nadie lo del calambre de mi pierna, y he convencido a mi nieto de que ni se le ocurra contarle al ratoncito Pérez que se le ha caído un diente. Voy a pegárselo a la encía lo mejor que pueda, no vaya a ser que también esté programado para la obsolescencia y acabe en el trastero.

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