Textos

sábado, 10 de junio de 2017

6 DE JUNIO DE 1944. CASUALIDAD O DESTINO










imagen: Valenti Ponsa


Cuando la editorial Narval convocó el concurso de ideas para la continuación de la segunda parte de “Gus y la casa voladora”, lo último que me esperaba era que una gran mayoría de niños se iban a decantar por la segunda guerra mundial, mira tú por dónde, pensé. Quizá se tratará de un nuevo juego de Nintendo o de la Play que los mantenía embobados, o que en el programa de enseñanza se incluía esa etapa de la historia. No sé, el caso es que me puse a ello, y ya que el bisabuelo Venancio, no solo se había jugado la casa a la petanca en la primera novela, sino que había perdido su pierna en el desembarco de Normandía, qué mejor hilo conductor que llevarlo acompañado de su numerosa familia a recuperarla. Tuve que estudiar sobre el desembarco porque, la verdad, sabía poco a pesar de haber leído sobre ello y haber visto la película “Salvad al soldado Ryan”. La ventaja de escribir es que antes te tienes que documentar bastante bien de los hechos que acontecieron, y ese periodo de la escritura resulta casi tan enriquecedor como volcar impresiones, sensaciones y sentimientos en el texto. Las patrañas que precedieron al desembarco de Normandía resultaron ser de lo más literarias; las casualidades dignas de estudio “estadística o esoterismo” (que cada cual juzgue); los mecanismos que llevaron a la victoria de los aliados, tan frágiles como interesantes, merecen un aparte que no voy a hacer. Pero el personaje que más me fascinó fue el de Alan Turing y su forma de descifrar el Código Enigma por el que se comunicaban los alemanes. Conocí lo que es un algoritmo, aunque así, a bote pronto, no sepa explicarlo de forma sencilla. Cómo ese hombre desentrañó las claves alemanas y cómo se tuvieron que dosificar las informaciones recibidas para evitar que el enemigo se diese cuenta de que los aliados habían descifrado el código secreto que los mantenía comunicados. Problemas morales de consecuencias terribles. “Este barco va a ser destruido, pero debemos dejar que lo destruyan para evitar que se den cuenta de que lo sabemos, pero este otro lo salvaremos, como si fuera una casualidad”. Qué difícil encontrar la línea entre dos objetivos: salvar, dejar morir. Quién puede juzgar una vez ocurridos los hechos y conocidas las consecuencias, si se hizo bien o mal dejando morir a habitantes de un determinado pueblo para salvar miles de vidas. No explico en la novela juvenil los entresijos complicados de aquellos momentos tan decisivos para la historia de Europa o quizá del mundo, pero desde entonces no dejo de leer todo lo que cae en mi mano sobre el tema. Quiero visitar la costa de Normandía, conocer el paso de Calais, Ruan, Mont San Michel, Sword, Juno, Utha… Ver los lugares por los que se mueven mis personajes, tratando de recuperar la pierna del bisa joven. Quiero imaginar cómo los aliados lograron engañar a una tropa tan números y bien pertrechada. No fue fácil, ya lo sé, pero desembarcaron en la costa francesa, desestabilizaron al enemigo y lograron la victoria. ¿Hombres grandes, que dieron su vida por la de otros? Quizá sí, pero…, ¿que hicieron con Allan Turing? Lo condenaron por homosexual y lo llevaron al suicidio. Se envenenó con una manzana impregnada de cianuro una vez que lo habían castrado. Esa manzana que Appel utilizó en su honor como símbolo de su marca. Fue el padre de la informática, salvó a miles de seres humanos y, sin embargo, fue condenado por su tendencia sexual. La fina línea entre el bien y el mal, entre la razón y la sinrazón. Gracias niños, por conducirme de la mano hasta Normandía el día D, y como consecuencia de ello, poder hacerme esta pregunta sobre el ser humanos, ese ángel, a veces demonio, que nos habita y nos descentra.

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