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domingo, 27 de agosto de 2017

LA LUZ DE PILAR


                                                          






Pilar cierra “La Luz”. Lo comunicó el viernes. Fue en un escueto WhatsApp: “Queridas amigas: He decidido cerrar la tienda. Desde hoy está en liquidación. Un abrazo”.
 Lo sentí como un portazo, como un no puedo más, no tengo más remedio. “La crisis, ya sabes”. Dejé el móvil y me puse triste. Me acordé de Benedetti. Siempre que me pongo triste me acuerdo de Benedetti: “No te rindas”.
Solo unos días antes me hablaba de su nuevo proyecto para la tienda, de la restauración de muebles antiguos, de cómo lo haría. Carmen, la muy profesional Carmen, merodeaba con clientes de aquí para allá mostrando los adornos, las novedades, midiendo y calculando precios y telas.
Solo hacía unos días que habíamos montado nuestra habitual timba de canasta en una mesa de comedor. Esa mesa en la que tantas veces tuvimos que levantar el mantel para que los clientes pudiesen hacerse una idea de la dimensión, del color, de las patas. Y eso no era nada, porque cuando conseguías sacar una canasta de monos, cuando creías haber triunfado y anular a las contrarias, llegaba un cliente y nos teníamos que levantar, porque había que enseñarle las sillas o la alfombra. Anny robaba monos sin descanso, todas pensábamos que era por el lugar que ocupaba, que tenía algún poder oculto y esotérico del que jamás nos hablaba. María José tarareaba canciones indescifrables cada vez que cogía el pozo. Los clientes nos miraban con una mezcla de extrañeza y envidia. Supongo que no estaban acostumbrados a comprar en una tienda en la que se mezclaban muebles, vajillas, canastas de monos y tartas de zanahoria. Y es que Pilar es así; valiente, creativa, espontánea y luchadora.
Creó el mercadillo de los primeros sábados de mes, con música y mini hamburguesas. Julián nos interpretaba canciones de rock de entonces, Malena y Javier iniciaban el baile secundados al final por el resto. ¿Quieres un limón granizado?, preguntaba ella a los clientes que merodeaban por los puestos de collares, gafas, bolsos y aceites. Y Javier ofrecía hamburguesitas diminutas y buenísimas.
Fue por eso que aquellas palabras me dejaron insomne: “Queridas amigas, he decidido cerrar…,” Me sentí huérfana de tardes, de belleza, de consolas, alfombras, muebles fantásticos y limones granizados. Perdía las tardes de los lunes y los patrones de Carmina, el lugar de Anny, las divertidas salidas de Carmen, las contagiosas risas de Filo, la energía de Carolina, las historias de Cuca con los insecticidas y las inútiles valerianas, las perfectas recetas de Malena. Las partidas dieron lugar a una amistad recuperada, casi todas éramos compañeras de colegio, habíamos conocido a las mismas profesoras, habíamos hecho novenas para que canonizaran a Claudina Thevenet, habíamos jugado al baloncesto con bombachos y faldas plisadas por debajo de las rodillas para no despertar malos pensamientos en los chicos.  Habíamos rezado rosarios, cantado canciones en el coro, interpretado obras de teatro vestidas de hadas o árboles, dependiendo de la facha de cada cual. Y ahora, ya con nietos, nos reuníamos frente a una taza de té a barajar cartas con un barajador automático y psicodélico que solo entiende Carolina.
Carmina dio en el clavo: “No se cierra una tienda sino una forma de sentir y crear belleza”.
Me acerqué ayer a la liquidación, ya no quedaba casi nada y solo había trascurrido una mañana.  Estaba claro, el problema no eran sus muebles, ni sus adornos, ni sus vajillas, el problema era la crisis, el nuevo concepto de usar y tirar. Pilar dijo que no se había rendido, que seguiríamos jugando, bailando rock, celebrando cenas y compartiendo meriendas. La luz no se había apagado, era solo una tienda, eran “cosas”, sustituibles, no como la amistad, la ilusión, el esfuerzo. Porque esos sueños se llevan colgando para siempre, ya que lo que de verdad vale y continuará valiendo, es ella, su cariño, nuestra amistad y su forma de hacer. 
Felicidades, Pilar, y gracias por haberme incluido en tu vida, en la de amigas tan estupendas, en nuestras timbas y tartas de chocolate, porque ya no pienso salir de ellas.




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