sábado, 13 de septiembre de 2008

DESTINO 5



Foto: "Lleymab "



La primera vez me acompañó Antonia, dijo que ella entendía de voces de ultratumba, de sofrología y de psicofonías más que nadie. Que era lo suyo, su gracia, vamos. Y yo la dejé hacer. Al fin y al cabo fue ella la que me presentó a Sebastián, y la que estaba un poco en el ajo.
Me acompañó y colocó la grabadora en un sitio estratégico de la casa. Me habló de energías y demás zarandajas que no entendí. Luego, un poco antes de las doce del medio día, regresamos a Madrid.
Qué nervios pasé aquella noche. Se me quemó el lenguado, tiré a la basura los deberes de Pablito, y abrasé a Miguel en la ducha.
-Cada día estás más tonta -dijo Tomás cuando sus hijos se lo contaron. Pero no me importaron ni siquiera las broncas que tuve que soportar. Mi cabeza y mi corazón se encontraban muy lejos, en Becerril de la sierra.
Todo tenía que suceder por la noche, en el silencio, en la soledad de una noche de invierno. Sebastián, el de Ponferrada, iba a hablar y se iba a desvelar el misterio de su sonido, la cadencia de su voz, su ritmo. Me iba a decir palabras de amor y yo las iba a escuchar. Sebastián, cariño.

jueves, 11 de septiembre de 2008

DESTINO 4



foto: Cocke

4




Así estuvimos mucho tiempo, encariñándonos, conociéndonos, apoyándonos.


Fue una tarde de fútbol, la Champións League o la Eurocopa, qué más da. Me dijo que nuestra relación había entrado en un punto muerto muy peligroso. Vamos, que se había parado, que necesitábamos un impulso, un ligero empujoncito, mujer. Eso me dijo.
-¿Y qué podemos hacer? –le pregunté intrigada.
- Escuchar mi voz, por ejemplo.
-¿Tu voz?
-¿No te interesa saber a qué sueno? Te advierto que hay hombres que pierden su encanto por una voz chillona o un tono demasiado bajo. ¿Qué pensarías si después de todo no fuera más que un gangoso? ¿Es que acaso quieres mantener relación con un gangoso?
-No. Bueno, quiero decir…
- ¿Te gustaría escucharme y saber a qué sabe mi sonido? –preguntó coqueto.
Y le contesté que bueno, que bien pensado era una idea excelente.
-¿Sabes lo que es una psicofonía?
Y le dije que sí, que por supuesto sabía lo que era eso, porque no quería que pensara que era una inculta. Pero no lo sabía y se lo tuve que preguntar a Antonia.
-Debes dejar una grabadora en cualquier lugar en el que no se escuchen ruidos. Un lugar lejano, solitario. Donde solo se escuchen los sonidos de la naturaleza, del viento o del mar, por ejemplo -me explicó ella. Y yo enseguida pensé en Becerril de la sierra. No hay sitio más bucólico, ni más idílico, ni más tranquilo, que la casa que tenemos allí para pasar el verano. En eso pensé.

lunes, 8 de septiembre de 2008

DESTINO 3

Foto: Elena Artigues (lleymab)


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Cuando mi marido me soltaba un grito por cualquier idiotez, yo pensaba en Sebastián y en Ponferrada. Y todo volvía a tener un tono claro, como si saliera el sol en mitad de la cocina, como si iluminara con su luz las lentejas y la tostadora. Daba risa ver a Tomás gritándome porque se me habían pegado los garbanzos, o por cualquier otra nimiedad, mientras yo imaginaba lo que nos íbamos a reír cuando se lo contara a Sebastián. Era como empezar a trivializar la vida, a verla desde otra perspectiva.
Cuando tendía la ropa, me quedaba un rato mirando el pequeño espacio de cielo que se atisbaba por la galería, y me imaginaba el sol, y las nubes, y algún pajarito en el cielo. Y me empezó a dar lo mismo todo. Si mis hijos traían malas notas, o se metían conmigo, o me daban un disgusto, yo pensaba en Sebastián el de Ponferrada, y todo adquiría un sabor nuevo, como a helado de pistacho.
-¿Por qué no está la comida nunca a su hora? –me preguntaba Tomás.
- Pues hazla tú. No te fastidia- le contestaba con descaro.
-Tú estás muy rara últimamente -me decía él. Pero yo no le hacía demasiado caso. Era feliz, con esa felicidad hecha del día a día, de sesión a sesión. Un aquí y ahora intenso.
La verdad, cada día me costaba más echar a Sebastián cuando llegaba mi marido del fútbol, o los niños del colegio. Y es que se había convertido en un chorro de aire fresco para mi vida.
-Vete, Sebastián, hombre, que me van a pillar.-le decía. Y él dibujaba un corazón en el mantel antes de abandonar el vaso e irse a quién sabe dónde.
Me sentía mal, un poco culpable, como infiel. Pero tan acompañada, tan querida, tan respetada. Miraba el pedazo de cielo desde el tendedero y me sentía poderosa como si observara la vida desde la cumbre del Himalaya o del Machu Pichu.

viernes, 5 de septiembre de 2008

EL DESTINO (un relato por secuencias)



Fotografía:
Cocke Garcia-Romeu
1


Jamás había creído en los muertos. Bueno, en los muertos como cadáveres o seres sin vida, sí, claro. No hay más remedio que creer en ellos. Pero no en la versión tétrica de seres descarnados que se comunican con los vivos a través de un vaso. No, todo eso no me lo había creído jamás. Aunque también es cierto que no dedicaba demasiado tiempo a pensar en esas cosas.
Tengo tres hijos de once a dieciséis años, y se me van las horas en trabajar, hacer la compra, arreglar la casa, y disgustarme. Los adolescentes saben como amargarle la vida a una.
Pero aquella tarde, mientras emitían por televisión el partido de la Uefa, Antonia, mi vecina, se presento en casa para preguntarme si me quedaban velas.
-Me refiero a velas pequeñas, redondas, de color negro, o por lo menos oscuras –me dijo.
-Pues, la verdad, no suelo comprar velas, y mucho menos negras. Pero pasa si quieres, a ver si encontramos algo.
Busqué entre las bolsas de Navidad y algunas encontré. No eran negras, es cierto, pero sí oscuras, de color granate o azul marino.
Fue por culpa de eso.
-Quieres participar con nosotros en la sesión –me dijo-. No debes tenerles miedo. Ellos son como nosotros, solo que descarnados.
Antonia había organizado en su casa una de esas sesiones de espiritismo, o guija, en la que se coloca un abecedario, un si, un no, y un vaso en el centro, que según me explicó, lo movían “ellos”. Y al decir “ellos” se le engoló tanto la voz que hasta me dio miedo.
Yo entonces no sabía de qué iba todo eso, y como odio el fútbol, encontré una manera como otra cualquiera de pasar la tarde. Y luego, muchas más. Y es que aquel día, el primero, llegó él, se metió en el vaso y nos contó miles de historias. Se llamaba Sebastián y era de Ponferrada. Todo eso nos lo dijo empujando el vaso de acá para allá, y parándose delante de cada una de las letras. Luego daba un avezado giro en redondo y continuaba dándonos sus datos personales. Lo hacía con presteza y cierta elegancia.
Era un hombre correcto e intimamos desde el primer momento. Yo, para que no se tomara libertades, lo primero que le dije fue que era casada. Él me contestó que eso ya lo sabía, que desde el más allá se sabe todo, pero que no tenía nada que temer porque él estaba muerto y descarnado, y que su interés por mí era inofensivo, meramente intelectual, aclaró. Quizás fue por eso por lo que me encariñé con Sebastián nada más verle. ¿Qué infidelidad podría yo cometer con un descarnado, intelectual, y de Ponferrada? Es cierto que a Tomás, mi marido, no se lo conté. ¿Para qué? Esas cosas nunca llegan a creerse del todo, y además, porque no hay necesidad de dar tres cuartos al pregonero. Vamos, digo yo.

domingo, 31 de agosto de 2008

PARÍS Y PEPE


foto: Elena Artigues (lleymab)



Todo se complicó aquel martes en el que Pepe se tuvo que marchar a París para acudir a una reunión de trabajo.
Me levanté temprano y fui metiendo en la maleta su ropa de vestir, la muda, el cepillo de dientes, la espuma de afeitar. Procuraba que no le faltara nada. Él se despertó como de costumbre, con el tiempo justo para tomar el desayuno y salir corriendo hacia el aeropuerto.
-Adiós cariño. Llama nada más llegar para que yo sepa que todo ha ido bien.
Un ronquido salió de su garganta dándome a entender que me había entendido.
El resto de la mañana lo empleé en llevar a los niños al colegio, arreglar la casa y preparar la comida. Fue al ir a cortar los filetes cuando me di cuenta de que los cuchillos no cortaban bien. Pensé aprovechar que Pepe estaba de viaje para acercarme al mercado central, que aunque se encuentra lejos de casa, hay un afilador de cuchillos que los deja nuevos. El cielo estaba oscuro y caía sobre Madrid una lluvia persistente. Me encontraba con el carro de la compra en una mano y el paraguas desplegado en la otra, cuando de pronto vi a Pepe con Maripaz, la vecina del segundo derecha. Se acercaron a una cabina de teléfonos. Ella se quedó en la puerta y él introdujo unas monedas. En ése instante sonó mi móvil.
-Hola, soy yo -escuché decir a Pepe -Ya estoy en París. Aquí hace un tiempo excelente y el sol pega con fuerza.
-Ya -contesté desconcertada -¿Y la reunión?
-Ahora mismo. Te dejo porque me está esperando Sebastián para entrar. Un beso.
-Adiós -musité mientras veía como Pepe cogía a Maripaz con fuerza y la besaba en la boca.
De pronto, me sentí desconcertada. No comprendía de qué forma me había trasladado a París, ni porqué me encontraba en el centro de la ciudad con el carro de la compra en una mano y un paraguas desplegado en la otra. Al fin y al cabo un sol persistente caía con fuerza sobre la ciudad. Por lo menos eso es lo que me había dicho Pepe.
Las tarjetas de crédito, el dinero y el carnet de identidad me los había dejado en España. No conocía a nadie en París, ni siquiera tenía suficientes euros para pagarme un hotel y descansar. Pero lo realmente trágico, era que no conocía del francés más que algunas frases sueltas. Cerré el paraguas para que el sol siguiera empapando mis ropas, y me senté en un banco a pensar. Saqué el monedero que llevaba en el bolsillo y comprobé que todos mis bienes se reducían a veinte euros. Eso no me permitiría pagarme un hotel decente, pero por lo menos podría comer algo
Me acerqué al mercado y al frutero le dije sonriendo.
-Bonjour.
Él me miró extrañado y contestó.
-Hola.
-Vous parlais français?
-No, señora.
Me quedé helada porque no podíamos entendernos en francés. Salí de allí desolada y hambrienta. Comencé a buscar alguna oficina bancaria que estuviera abierta a esas horas. Vi por fin una oficina del Banco de Bilbao abierta y me dispuse a entrar. Estaba ilusionada al ver que tenían sucursal en París. Para evitar que se rieran de mí, le enseñé al empleado el billete de veinte euros y le dije que si tenía más, pero con señas. Él me miró encogiéndose de hombros.
-¿Qué quiere? – preguntó incómodo.
No se lo podía explicar, no hablaba francés.
Salí a la calle de nuevo, y como seguía cayendo el sol de forma persistente, dejé cerrado el paraguas y caminé por calles encharcadas de luz.
Deambulé por París con mi carro de la compra vacío, mis cuchillos afilados, y mi paraguas colgado del brazo, sin tener a donde ir y sin que nadie comprendiese mi francés.
Me prometí a mi misma que cuando todo esto acabara y me volviera a encontrar en Madrid, no ayudaría a un extranjero aunque lo viera medio muerto en la calle, porque eso no eran formas. Pasé la tarde en un paseo, sentada en un banco, aterida de frío y soledad, aunque lucía ese sol que me estaba produciendo un constipado tremendo. Porque en París cuando luce el sol te empapa la ropa y te deja completamente mojada. Cosas de los franceses.
Anochecía ya, cuando decidí acercarme a la cabina dónde había visto a Pepe. Quería que me aclarara todo ese embrollo. Al fin lo volví a ver abrazado a ese Sebastián tan parecido a Maripaz. Ellos charlaba despreocupadamente, ajenos a la situación tan desesperada en la que me habían puesto. Y eso yo no lo podía perdonar. Sigilosa me escondí en una portería y esperé a que se acercaran. Fue al verlo tan alegre cuando no me pude contener. Cogí el afilado cuchillo y se lo hundí a Pepe en el pecho, con una fuerza inmensa. Con toda la fuerza que dan el hambre y la emigración.
Lo dejé desplomado en la acera mientras chorreaban de luz los desagües. Maripaz emitía gritos histéricos en español pero no la debían entender. Unos gendarmes me esposaron y me llevaron a una comisaría. Allí un señor con bigote negro se empeñó en decirme que no estaba en París, que seguía en Madrid, y que a mí qué me pasaba.
-No puede ser -le dije-. Pepe jamás me habría engañado. Pepe eso no lo hace.

domingo, 24 de agosto de 2008

INAPROPIADA


Me siento inapropiada, como fuera de la norma, y me pregunto si eso será síntoma de enfermedad o falta de algún elemento químico que me permita entrar en el engranaje humano y disfrutar de las mismas cosas.
Lo he confirmado esta semana, cuando se produjo el accidente aéreo en Barajas. No me parece mal que la prensa informe, comunique los heridos y los muertos, que se pregunten por el fallo y las responsabilidades, que alarguen la información hasta la saciedad. Incluso comprendo que nos narren las historias personales, el dolor individualizado, todo eso. Pero lo que no comprendo ni comprenderé jamás, es ese afán por mostrar a los familiares en el momento de llegar a Barajas, en ese instante en el que no saben todavía si su ser querido ha resultado herido o muerto. La llegada a Ifema, el llanto, los abrazos, el desconcierto y la desesperanza. Ni siquiera por respeto al dolor y a la intimidad las cámaras dejan de grabar.
Recuerdo otro incidente, la imagen del padre de Miguel Ángel Blanco cuando llegaba a su domicilio sin saber todavía que habían secuestrado a su hijo, recuerdo cómo las cámaras se le echaban encima para preguntarle, para conocer su reacción de primera mano. Él no daba crédito a todo ese barullo de gente que rodeaba su casa, no entendía, no sabía. Pero nosotros sí, nosotros, espectadores de la tragedia, sí sabíamos lo ocurrido, y lo veíamos trabucarse, preguntar.
¿Qué información es esa? qué placer puede suponer ver derrumbarse a un hombre, qué induce a los medios de comunicación a enseñárnoslo una y otra vez, a no respetar su intimidad, su dolor, su derecho a sentir libremente, a abrazarse a quién ellos quieran, sin que España entera lo tenga que constatar.
Si nos lo muestran, es porque vende, y si vende, es porque le gusta a la mayoría, y si le gusta a la mayoría, yo estoy enferma o soy inapropiada.

miércoles, 9 de julio de 2008

UN SILLÓN DE OREJAS









(imagen: Margarita Diaz Leal)

Desde hace una semana vivo con un sillón de orejas, uno de esos sillones que te dan masajes y que simulan el campo o la playa. Es una gozada. Fue bastante difícil decidirse. En la tienda había muchos, y todos ellos te trasportaban a la felicidad. Unos a través de masajes eróticos, y otros de masajes simplemente. Los había que hasta te contaban cuentos antes de dormir. Todos tenían algo que los hacía únicos e irrepetibles. El dependiente me aconsejó que los fuera probando sin prisas. Uno a uno, señora, que así se hará una idea de lo que le conviene.
¿Una idea de aquello? era dificilísimo. Algunos eran de lo más decorativos, con diseños vanguardistas. Mi prima Paula fliparía con éste, pensé. Pero una vez flipada mi prima ¿qué iba yo a hacer con un sillón en el que no te puedes sentar sin clavarte su belleza por las costillas?
Yo necesitaba uno que se acoplara bien a mi cuerpo, que me diera conversación, que no se despistara en cuanto trasmitían un partido de fútbol.
Necesitaba un sillón que fuese fuerte y al mismo tiempo confortable. Algo mitad y mitad, que supiera mantenerse en su sitio ante mis constantes faltas de autoestima, que me levantara el ánimo y la moral. Pero, al mismo tiempo, que fuese capaz de tirar de mí en cuanto comenzara a perder pie, cuando me elevara. Y que después, cuando ya hubiera logrado bajarme de lo alto, me arropara dulcemente y me mostrara la realidad muy despacito, así, casi sin darme cuenta. Para que no me asuste, le dije. Entiéndeme bien, por muy pesada que me ponga, por muy lejos que me veas volar, debes hacerme bajar con cuidado ¿sabes? Si no, menuda gracia.
Su maquinaria chirrió un poco pero luego volvió a sonar plácida y complacida. Yo continué con mis exigencias. No debes permitir que me marche por cualquier cosa, a la primera de cambio. Debes retenerme aferrada a tu tapicería. Necesito mucha paciencia. Lo mío no es fácil, lo sé. Me mantendrás agarrada durante un tiempo, hasta que se me pase esa necesidad innata de salir corriendo, de huir.
Todo eso le dije, y también le advertí de las dificultades.
Estaba de acuerdo. No es que me lo dijera, pero se lo noté en el tono que iba tomando la tapicería, él también estaba deseando salir de esa tienda absurda, de competir con tanto sillón confortable.
Pedí que me lo prestaran. Solo por un día, le dije al dependiente.
Llegó un lunes. Me senté y él me acogió con un poco de frío y un poco de expectación. Las habilidades del sillón eran enormes. Hasta trajo una mosca que zumbaba a mí alrededor cuando lo ponía en posición; “campo”. Era muy veraz, es cierto. Pero la prueba de fuego llegó por la noche, después del telediario. Me había cansado de él, había pasado la tarde probándolo y ya no lo soportaba ni un minuto más. No encontraba la postura adecuada, me pinchaba todo el cuerpo. Siempre igual, con su mosca o sus masajes. Intenté levantarme y sus brazos cedieron. No hizo nada por evitarlo, y yo me dirigí a la cama derrotada. Igual que todos, pensé.
Ya estaba cerca de la puerta, dispuesta a cerrarla para ir a mi habitación, cuando se interpuso en mi camino. Me obligó a sentarme de nuevo. Fue brusco, es cierto, pero en cuanto me tuvo en su regazo, acaricio mi cuerpo con sabiduría, me masajeó los pies y acunó mi espalda. Frotó las pantorrillas y mimó mis sienes. Intenté evadirme, dejar de pensar, imaginar un mundo más allá. Pero él me trajo de nuevo al salón, a mi casa, a mi vida. La tele decía cosas horribles, pero él me sirvió un güisqui en tonos rosados y yo me dejé llevar.
Me fui durmiendo lentamente, arrullada por sus enormes orejas, sus brazos fornidos. Y mientras dormía, sus pausados masajes fueron arrancando los malos sueños, las expectativas inútiles, los recuerdos amargos, las humillaciones y los rencores. Apretó con sus brazos toda esa basura y la pisó como se pisa a una cucaracha, con asco, con desprecio.
Después ya no recuerdo más, tan solo sé que aquella mañana, al despertar, zumbaba una mosca a mí alrededor, y se escuchaba el suave arrullo de las fuentes, y el trinar de los pájaros, y el crepitar de las ramas de algún árbol, y … bueno, todo ese rollo del que se habla en los libros malos.