jueves, 11 de abril de 2013

EH, OIGA, NO SE ME CUELE




Es impresionante el furor que causan las colas. La gente va paseando tranquilamente,  ve una cola, y se arrebata, cambia su personalidad, se pone el último, grita a todo el que camina alrededor “oiga, póngase a la cola”, aguanta minutos, incluso horas, sin siquiera saber a dónde conduce.
En una noche blanca de las que organizaba el ayuntamiento de Madrid, me llamó la atención una inmensa cola que daba la vuelta al palacio de Linares. Conseguí acercarme a un guarda de seguridad y le pregunté qué había dentro. “Nada, señora, absolutamente nada. Esta cerrado y no se va a abrir”, me respondió tan campante. Pero… ¿y esto?, insistí señalando la ordenada fila. “Dentro de un momento se iluminará la fachada con colores intermitentes, pero, vamos, que se podrá ver desde cualquier lugar. Incluso cuanto más lejos se pongan, mejor”, me explicó el hombre que estaba tan alucinado como yo observando la paciencia, respeto y rigurosidad con la que se enfilaban los viandantes.
Me alejé cabizbaja. Será este el símbolo del siglo XXI; gente agolpada para comprar libros, muñecas, vídeos, o ver espectáculos que ni saben qué son, ni les importan un pito. Felices tan solo por formar parte de una larga cola sin que nadie se les cuele.

viernes, 22 de febrero de 2013

CONDENAS EJEMPLARES






He leído en la prensa que han sido detenidas cinco mujeres bosnias por atracar en el metro. Habían cometido trescientos treinta atracos. Tenían una gran pericia, ha comentado la policía. Llevaban robando diez años. Eran carteristas que aprovechaban la entrada y salida de viajeros para rodearlos y sacarles el monedero en plena confusión. No podían hacer nada contra ellas porque… “pagaban el billete”. Las han pillado, por lo que se ve, una vez más. Las han amonestado, una vez más, y el juez harto de tanto robo, tanto delito y tanta amonestación, las ha condenado a algo terrible, doloroso, a algo que va a producir su reinserción inmediata: No acercarse al metro. Les ha impuesto una orden de alejamiento como a los maltratadores, pero no de su pareja sino de su medio de vida: “el metro y las carteras ajenas”. ¡Qué duro!
Me ha dado qué pensar. Creo que de ser así no me importaría que como condena por no declarar mis ingresos en el IRPF me obligaran a alejarme de la Delegación de Hacienda unos metros o quizá kilómetros. Y si quieren ponerme una cadenita que pite cada vez que me aproximo, pues que pite que yo me avengo. Incluso  estaría dispuesta a sufrir tamaña condena en lo que respecta a Tráfico, Seguridad Social, Ayuntamiento. Yo no pago mi deuda, el juez me condena a una orden de alejamiento con pulsera pita, pita incluida, y aquí paz y después gloria.  

viernes, 1 de febrero de 2013

CUANDO EL UNIVERSO SE EXPANDE








Son  difíciles de  distinguir las agresiones del “amigo”; las perdonas, las pasas por alto, las minimizas, sientes una difusa incomodidad, pero no sabes detectarlas.  Te sientes inadecuado en su presencia, como si te olieran los pies o tuvieras rodales de sudor debajo del brazo, pero no sabes darle un nombre a ese malestar. Recibes una puya tras otra, doble intención. “Es una broma, mujer.” Y vas soportando, día tras día. Hasta que de pronto dices: “Basta.” No sabes a ciencia cierta qué ha provocado ese abracadabra tan espontaneo porque la ofensa es parecida a las de siempre, pero lo has dicho con tanta fuerza y has expulsado tanto aire de tus pulmones que sabes que se acabó de verdad.
Y aunque al principio te quedas como vacío y extraño, poco a poco notas que la habitación se agranda y que el parque donde paseas tiene más arboles o más bancos. Tus pulmones se vuelven esponjosos, notas subir y bajar el diafragma. Y hueles a verano, y a menta, y a rebujito de El Rocio, y a tantas cosas que te gustan. Y es entonces, en ese instante,  cuando te das cuenta de que el espacio que se ha abierto a tu alrededor es inmenso, que el universo se ha expandido aunque nadie se haya dado cuenta, y de que te sientes tan ligero que hasta podrías pilotar el Meteosat por la órbita geoestacionaria y mirarlo todo desde el cielo.
 Y ese amigo que crecía tres palmos cada vez que te corregía, “por tu bien, mujer.” O esa amiga que no paraba de hablar de sí misma o de su dinero o de sus importantes reuniones, ya no están, se marcharon por fin  como sombras macabras dejando una esplendida expansión en el cosmos y a tu alrededor.

viernes, 25 de enero de 2013

NEANDERTALES EXTINTOS




 imagen: Valentí Ponsa


Estoy ilusionada. Cuando ya había perdido la esperanza en la raza humana, va un experto biólogo de la universidad de Harvard y decide traer a nuestra era a otra raza, los Neandertales. Dice que ya está bien, que a lo mejor la cosa cambia y nos volvemos mas civilizados. Dice también que el cerebro de los susodichos era mucho más grande y eso supone también  más listos que los sapiens.
Yo, la verdad, no tengo la más mínima duda de que sea así. 
Alguien podría decirme que es la capacidad para la supervivencia lo que marca la evolución de la especie. Vale, no lo niego, pero... ¿Quién se salvaría en la antigüedad de los depredadores? ¿El buen mono que ayudaba a su espacie, o el c… que salía corriendo,  se subía al primer árbol que encontraba, y dejaba a los demás empantanados?  No nos engañemos, en el paleolítico existían Albertos, Roldanes, De las Rosas y Bárcenas camuflados tras los arbustos. Sobrevivieron porque su ADN era resistente a la moral y a la conciencia. Esparcieron su genoma por el universo, y hoy se ríen a carcajadas de nosotros. Y como hay muchos descendientes de ellos, los cobijan, los indultan, pierden sus expedientes o  consiguen que caduquen.
Los  homo sapiens, con su cerebro más pequeño y por tanto más desarrollada su capacidad para escaquearse y conseguir lo que su falta de inteligencia les negaba, aprendieron  a sobrevivir en la jungla.
Así que, una vez aceptado que los listillos, cobardes, delatores, chupópteros sin escrúpulos, y gente de mal vivir, fueron  los ancestros de los que ahora pululan por las alturas, y los responsables de que el resto estemos paralizados sin la valentía de los neandertales. 
 ¿Por qué no probar con los noblotes que iban con el honor y la decencia por delante, con esos a  los que se las dieron todas en el mismo lado? A lo mejor, los recién llegados desempolvándose la fosilización, nos rescatan de los ladrones sapiens que nos ha dejado la evolución de la especie y volvemos al paraíso.
 Aunque, bien pensado, si tienen palabra, son honrados, decentes y valientes, lo mismo acaban en una jaula del zoo para que los contemplen los niños de la generaciones venideras.
Va a ser mejor que no los despierten. Con lo a gusto que deben estar extintos ellos y descansando entre las capas tectónicas.

miércoles, 16 de enero de 2013

LA INVASIÓN DE LOS GPS








He leído que una mujer belga de 67 años fue atacada por un GPS que la obligó a conducir 1450 Km en contra de su voluntad ya que ella solo quería recorrer 32.  
Sofocada y como perdida  había declarado a la policía cuando la rescató del infernal dispositivo, que ella veía letreros en francés y alemán, que pasó por Colonia, por Fráncfort y otras ciudades europeas. “Yo apreté el acelerador y continué mi marcha” , les contó.
Toma, claro. Yo hago lo mismo, en cuanto veo un GPS acelero como en una película de  malos.
Nadie da crédito a su historia pero yo la creo, señor juez. Creo que el culpable ha sido el GPS, porque lo conozco, porque a mí  ya no me engaña. Ese elemento perverso, ese aparatito diabólico  ha sido creado para dominar a la espacie humana, para doblegarla a los intereses de seres sin escrúpulos venidos de otro planeta. Si no, a qué santo esa obsesión de que te arrojes por un acantilado “siga recto”, te dice con una voz de buscona que no se la salta un galgo.
  Oiga, que lo he oído yo con estas orejitas. Y además de pronto habla en alemán como si fuera la prima de riesgo en persona. Y si no haces lo que te dice se pone de los nervios, y te hace recalcular una y otra vez aunque tengas delante el mismísimo Cañón del Colorado. “He dicho que siga recto.” Porque yo se lo noto en la voz. Va perdiendo la paciencia progresivamente si no sigues sus instrucciones.
Soy testigo. Me obliga a cruzar campos de maíz, me impulsa a atropellar ancianitas indefensas,  a dar cincuenta vueltas a una rotonda para que pierda el equilibrio y la cabeza. Me insinúa con voz melosa que atraviese una carretera en obras o que pase por debajo las ruedas de un tractor, que ya verá usted lo pronto que llega a su destino.
Es que ya es hora de que alguien cuenta la verdad sobre los GPS, que los desenmascare.
Son asesinos en serie contratados para acabar con la raza humana para permitir una invasión masiva en cuanto nos tengan a todos agilipollados dando vueltas sin fin a una rotonda.
Ese es su plan, ese es nuestro destino,  y a mí que no me engañen.