domingo, 22 de noviembre de 2015

PEDIR CUENTAS






Deberíamos hacer una propuesta  para que se aprobase una ley por la que el Ministerio Fiscal pudiese  imputar al líder de los partidos que hagan promesas electorales y luego no las cumplan.  Según la propuesta, lo primero que debería hacer un partido político que se presente a las elecciones, es decir en qué se va a gastar el dinero de los contribuyentes y de dónde lo va a detraer. Si, por ejemplo, le va a dar dinero a todas las señoras que den a luz, ¿de dónde va a sacar ese montante? Porque si se lo quita a los jubilados o a los dependientes, ya no me gusta tanto como si lo saca del dinero de los imputados por las tarjetas black, pongo por caso. Es muy diferente. Si promete bajar los impuestos, subir los sueldos, bajar el IVA, acabar con el copago y subir las pensiones, que nos explique cómo piensa pagar la deuda que esos "inocentes consejeros" se llevaron crudo y ahora debemos todos y cada uno de los españoles a Europa. Ese “no rescate” que pagamos con intereses desbordados. Y si al final el líder no puede cumplir las promesas porque los que estaban en el poder no les hicieron bien las cuentas o le escondieron información, pues que se depuren responsabilidades con penas de prisión incluidas, en vez de darles el collar de la Orden de Isabel la Católica. Porque los españoles nos chupamos el dedo pero no tanto, y la responsabilidad empieza por arriba.
Es que ponemos en manos de unos pocos todos nuestros ahorros, nuestra salud, nuestro futuro y el de nuestros hijos, y no es de recibo que se rían de nosotros como lo han estado haciendo hasta ahora.


domingo, 8 de noviembre de 2015

ECHADORAS DE CARTAS





Anoche, aunque estaba derrengada, no pude evitar quedarme a ver “La Sexta Noche”. Estos políticos sufren la mar. Me recuerdan a las echadoras de cartas. Estoy enganchada, lo reconozco. En cuanto veo a una señora barajando, con el pelo rizado, velas en la mesa y parloteando sin parar, lo dejo todo.
Me gusta ver cómo salen del lío en los que les meten los consultores. ¿Tienes novio, cariño? Pues no. “¿Pero hay  alguien que te gusta?” “Pues no” La echadora se contrae nerviosa, el pelo rizado se le va alisando por la contaminación atmosférica que sufre su cerebro al enfadarse. Le gustaría gritarle: “Y tú ¿para qué, narices, has llamado..., cariño? Pero se contiene. Y así, con habilidad, cara dura,  artimañas, desaciertos y hallazgos, va emitiendo un veredicto de lo más osado porque no va a volver a ver al susodicho/a en la vida, y ella ya ha recibido su paga.
Ayer me acordé de esas marrulleras por la similitud con los políticos y sus respuestas. El CIS lleva a los líderes a mal traer porque les obliga a posicionarse permanentemente: uno se hace el simpático, otra baila, otro ficha militares, el de más allá promete sueldos p´a tos. Lo que se tercie por subir las expectativas de voto. Pero en estas elecciones, todos, absolutamente todos,  tienen ante sí un hueso duro de roer y lo saben: la secesión de Cataluña. Han descubierto que las tarjetas black, los Pujols, el tres por ciento, Bárcenas, las preferentes, los fondos buitres, los ERES y la enorme pobreza de este país son “pecata minuta” frente al independentismo catalán.
Si manifiestan su total adhesión a la proclamación de la Republica Catalana, se quedan sin votantes en las generales. Eso lo sabe hasta el más tonto. Y si dicen que de eso nada, se monta en Cataluña la marimorena. Te llaman facha, carpetovetónico, mamut…  Algunos, cual bruja de la tele, tantean el terreno. Dicen que están en contra de  la independencia catalana pero abogan por el referéndum, otros dicen que si los dejan a ellos intervenir, convencen a los catalanes para que se queden en España para siempre jamás. Otros hablan de “el corredor mediterráneo”, dejando a los que viven en el corredor mediterráneo con los pelos de punta. Porque así, de golpe, sin adiestramiento escolar ni odios africanos, salir de Europa, del euro, poner fronteras hasta más allá de Orihuela, que es lo menos valenciana que conozco, pues les coge a desmano. Un lío.
 ¿A ver cómo sale éste del charco?, me pregunto en las entrevistas, y se me quita el sueño. “¿A quién apoyaría usted llegado el caso?” pregunta un periodistas. “Yo salgo a ganar…, cariño” “Ya, pero si no ocurriera?” “Pues ya ve usted, ni me lo planteo…, cariño”. 
Yo les aconsejaría a los candidatos que se suscribieran a la página: “echadores de cartas punto com”, y aprendieran a moverse en la ambigüedad hasta dejar atontolinado al entrevistador y a los votantes, porque, al igual que los consultores de brujas, si ellos quieren creer, van a aceptar la mayor barbaridad que se les conteste. El problema son los no entregados, los que cambian el panorama político sin despeinarse, los que no viven el síndrome de Estocolmo por sus siglas de toda la vida.  Y a esos, precisamente, son a los que tienen que convencer, por lo menos de aquí a las elecciones. Porque una vez haya pasado todo y con el voto en la mano; ya pueden pactar, desimputar, limpiar currículos, azuzar a los catalanes, convencerles de que quién les roba son los españoles, no ellos. Porque eso es muy antiguo: Roma la quemaron los cristianos, no Nerón ¡so incultos!


lunes, 2 de noviembre de 2015

CONSULTA POR TELEFONO






Hace tiempo que he decidido dar mi voto en las próximas elecciones al que  me prometa cargarse las cintas grabadas de organismos oficiales, ambulatorios, compañías de seguros, hospitales…
 Perderé la posibilidad de escuchar el Himno de la Alegría, eso es cierto,  pero recuperaré mi salud mental.
Si llamas con la intención de pedir hora para una radiografía, pongo por caso, te cantan, o mejor dicho, te ponen una cinta de Beethoven o La Primavera de Vivaldi para que no te mosquees, aunque eso sí, con interrupciones constantes  para que mantengas alto el ánimo, o quizá para que no cuelgues a un novecientos dos y se les vaya al garete el negocio.
Si quieres pedir hora para hacerte una prueba, no tienes más que llamar y después de pasar por todos los dígitos de tu teléfono, te dicen que esperes y entonan el consiguiente himno. Cada minuto o menos, una voz te anima a seguir esperando porque todos los técnicos están ocupados, ya ves tú, y solicitan que permanezcas atento porque en breves momentos te atenderán. Continúan con el himno cual cámara de tortura. Si tienes paciencia y pones el manos libres, puedes preparar mientras tanto una sopa de pollo para los niños, una tarta de cumple y alguna que otra empanadilla o croqueta. Beethoven y el ánimo para que esperes serán tu guía durante la elaboración. Si te falta algún ingrediente puedes llevarte el móvil al super por si de pronto se les ocurre contestarte. A veces pasa, pero lo mejor es no ilusionarse demasiado. Algunos han llorado de la alegría y luego se han venido abajo, porque en vez de ponerles con el departamento de radiología, como querían, les han puesto  con el de neurología, y han tenido que volver a empezar de cero, o sea marcando dígitos. Aunque en el fondo se gradece, porque a esas alturas ya estas, muy, pero que muy deteriorado, neurológicamente hablando.
Y no solo ocurre eso cuando pides hora para el médico o para hacerte pruebas, sino con tu seguro, cuando solo pretendas saber si la prueba de marras necesita autorización.
Los ambulatorios, los centros y las oficinas: todos iguales. Algunas cintas cambian La Primavera por El Otoño. Vivaldi, Bach o Mozart, pero en plan melódico. Resisto hasta que  me doy cuenta de que estoy llamando a un novecientos dos. Imagino a telefónica frotándose las manos y decido borrarme de Movistar fusión en castigo por tortura y factura.
Cuando ya tengo los pelos verdes decido acercarme a las oficinas de mi compañía para saber, por lo menos, si mi prueba necesitaba autorización. Cojo el metro, el autobús y después de un recorrido penoso, me dicen que no, que no necesito autorización. Ya solo me queda acercarme al centro para que me den hora. Lo cual logro después de tres transbordos.
“Oiga”, pregunto a la que da las citas, “si necesito urgentemente hablar con el médico para saber si una medicación que estoy tomando es incompatible con otra, ¿qué hago?” “Pues lo mismo que todos, coger el coche, aparcar donde Dios le de a entender, pagar la multa o la grúa, y esperar a que le den hora “in situ”. “¿Y si estoy fuera de Madrid? “Pues se coge el Ave y se viene”. O sea que de teléfono mejor no hablamos”. “Inténtelo, pero ya sabe, es muy difícil”. “¿Y por internet?” “Está en su derecho, pero a uno que lo intentó, apretó tantos botones equivocados que le cargaron en su cuenta dos billetes de avión para Guatemala, ida y vuelta con desayuno incluido”.
“En ese caso va a ser mejor personarse en el lugar de los hechos ¿no?”
“Sí, mucho más seguro”.

Regreso a casa y decido hacerme antisistema.

viernes, 30 de octubre de 2015

TÓPICOS Y PIROPOS






Los tópicos cada día proliferan más. Cómo dijo alguien, el que crea la primera  metáfora es un genio, el que la copia es un imbécil. Me sabe mal decir eso porque yo soy la primera que me dejo llevar por los tópicos cuando no me viene algo a la cabeza. “Venirse arriba o abajo”, es una expresión que me gustó la primera vez que la escuché, me pareció original. “Tener la cabeza bien amueblada” por el contrario, la encuentro  un poco enrevesada, como cursi. Lo de “te lo tienes que mirar” me repatea. Porque vamos a ver: ¿Me estás diciendo acaso que estoy desequilibrada? ¿que solo un psiquiatra o psicólogo podrá curar mi desvarío y que yo no te cojo por la solapa y te suelto cuatro insultos bien elaborados porque soy mema? Pues sí, eso mismo te quiere decir antes de soltar una sonora carcajada para humillarte.
  Todos esos tópicos me recuerdan a los piropos que tenías que escuchar en tiempo de piropos. Eran tan repetitivos y nauseabundos que no llegabas a entender por qué no te liabas a bolsazos. Y no lo hacías porque te diese vergüenza, sino porque no tenías las tablas que se adquieren cuando ya nadie te requiebra, y te deja una sensación de postgraduada en respuesta, que te amilana. Es como cuando te pasas horas pensando en lo que le deberías haber dicho al que te insultó sibilinamente. Una frustración, porque cuando encuentras la respuesta adecuada, ya ni pega ni el idiota está a mano.  Quizá por eso mi tía Adelaida no me dejaba ir al cine sola con mis amigas. Decía qué le mosqueaba tanto señor mayor viendo Peter Pan, que a esos en su pueblo se les llamaba pervertidos, en vez de decirles que se “lo tenían que mirar”, porque cada época tiene su forma de designar.
Una tarde se sentó a mi lado un hombre mayor y Adelaida me dijo que me cambiara por ella, hecho que al hombre le hizo “venirse arriba”. Quizá pensó que lo que Adelaida quería era ligar y le toco la pierna. Adelaida, en vez de insinuarle que se “lo hiciese mirar”, le preguntó a voz en grito; qué hacía esa mano encima de su muslo. Fue tan contundente que las luces de la sala se encendieron y el hombre salió corriendo,  supongo que porque “se vino abajo”, aunque lo más seguro fuese que corriera para evitar que le aplicaran la ley de vagos y maleantes que en esa época estaba muy en boga.

 ¿Es que no te gusta que te digan piropos?, me preguntó un compañero de clase cuando lo fulminé con la mirada. Pues hombre, como gustarme, me gusta, pero que lo hagas rodeados de amigos,  en medio del campus y muertos de risa, no tanto. Y como tópico urbano, machista y bravucón, nada.
Menos mal que las mujeres vamos cogiendo tablas conforme crecemos. Lo malo es que cuando estamos preparadas para contestar hemos crecido tanto que  ya no nos dice piropos ni el loro de la esquina.
Mi amiga Clara liga por la voz. La tiene suave y cantarina. La piropea por teléfono hasta el del taller de coches. “Cuando vaya a recogerlo se va a llevar un chasco”, dice ella muerta de risa.  Concepción, sin embargo, engatusa con el photoshop en facebook. Carolina, que es más auténtica y sale a correr con zapatillas Nike y cinta en la frente, se topó con un exhibicionista en el parque. Dice que se quedó con su cara. ¿Solo con su cara? le pregunté intrigada. Pues sí, tenía interés en saber qué aspecto tenía. ¿Cuánto tiempo le mantuviste la mirada?, le pregunté. El suficiente para que “se viniera abajo” y se marchara.

Algo así era impensable en nuestra infancia. Solo la inocencia nos hacía tomar medidas contundentes como la que tomamos en la parada del autobús del colegio con uno que se apostaba tras una palmera y hacía gestos raros. Un día lo rodeamos intrigadas. El hombre, al ver que tanta niña se acercaba ilusionada a ver qué le pasaba, salió corriendo y no regresó jamás. Y es que la educación sexual de la época tenía sus ventajas, y como más tontas no podíamos ser, adoptábamos soluciones la mar de creativas. Algunas veces la memez se mezcla con la excelsa inteligencia y te deja “la cabeza tan bien amueblada” que acaba sorprendiendo al más retorcido.

viernes, 23 de octubre de 2015

LA LÁMPARA DE ALADINO

Mi amigo Ramón se empeña en que debería ofrecerme para ver vídeos caseros. Dice que llegaría a alcanzar una gran fortuna si me anunciara en las redes. “No solo eres capaz de aguantar un video de bodas o comuniones sin pestañear, sino que además te interesas por los invitados, las mesas, el vestido de la novia y los zapatos de la madrina. 
Quizá tenga razón. No es normal que me interese saber tanto sobre los demás; cómo sienten, cómo fue su parto, si tuvo muchas o pocas contracciones, si su hermano Casimiro aprobó las oposiciones a la primera o si su hermana come algas secas para no envejecer o para que se le quite el dolor de muelas. Son asuntos de los demás que a mí no me deberían importar, pero no puedo evitarlo: me importan y mucho. 
Ya tuve un gran chasco cuando descubrí que, mientras yo no me ponía biquini a los doce años porque eso era un indecencia, un pecado mortal e incitaba al pecado a ni se sabe cuántos, había hippies despendolados a unos pocos kilómetros de mi casa, en Ibiza, nada menos, y a los que les traía al fresco todas las normas que yo creía  a pies juntillas.
A lo mejor es por eso por lo que tengo una curiosidad enfermiza por saber de los demás. "¿Que hay que estudiar para ser cura de confesionario?", le preguntaba a mi madre de pequeña.  "Tú lo que pasa es que eres una cotilla", me decía. Pero no era cierto. Creo que si me hubieran dado la lámpara de Aladino, no se me hubiese ocurrido pedirle oro, ni un casoplón en “La Finca” rodeada de futbolistas y millonarios. Le hubiese pedido que me dejara meterme dentro de los otros y sentir lo que ellos sienten, aunque fuese tan solo un ratito. Lo que siente el tío que se sube al Everest, ese que  duerme con ventisca y constipado, o el que bucea entre tiburones, así, por el gusto de ver cómo no se lo comen. Me gustaría saber qué piensa la viejecita que reza el rosario durante horas en la primera fila de la iglesia, o la prima de Águeda que se ha liado con su ex marido para pegársela a la otra y luego volver a ver como él se la vuelve a pegar a ella con cualquiera, en ese eterno retorno de infidelidad.
Es tan difícil encontrar el por qué de los otros. ¿Por qué mi primo Germán casi se quemó con un cigarro mientras leía el periódico sin darse ni cuenta de que las llamas había prendido en su pantalón? “Notaba un ligero picorcito”, dijo extrañado cuando vio que le echaban una manta encima.
No somos iguales, no sentimos el dolor de la misma forma, ni la valentía, ni siquiera la envidia. El mundo es extraño, porque a nuestro alrededor pasean seres a los que nunca entenderemos ni aunque saquemos las oposiciones para cura de confesionario.
Creo que puestas las cosas así, le daría la absolución sin penitencia a todo el mundo. A ver ¿qué culpa tienen los que siguen votando a un partido corrupto aunque se lo repitan una y mil veces? Pues son inocentes porque les ocurre como cuando nos enamoramos, que no ven, que están en una nube, que dejan de analizar. 
Que España roba a los catalanes, pues puede. Que los que nos roban son los catalanes al resto de España, pues también puede. Que es peor lo de los EREs que lo de Bárcenas y la Gurtel, pues a lo mejor,. Que lo del tres por ciento es casi una globalización de España entera y mejor que se lo queden los míos que los otros, pues quizá.
Un mundo difícil de entender y yo sin encontrar la lámpara maravillosa que me permita meterme dentro de las personas y poder sentir de otra forma, diferente, como ellos.