domingo, 13 de diciembre de 2015

ABENGOA, ¿QUÉ SE DEBE?






Acabo de leer en El Mundo  que un chico, todavía en el instituto, ya vaticinó el agujero negro de “Abengoa”.  “Qué crack”, “qué genio”, “qué inteligente”
Bueno, no lo voy a ningunear, el chico es listo, que duda cabe, pero no por descubrir los agujeros negros que pueblan empresas españolas del Ibex35 (que eso lo descubre cualquiera a pocos conocimientos de ratio y contabilidad que posea) sino porque es brillante en sus estudios y ha conseguido nota para seguir su vocación: la medicina.
Es más fácil catalogar de genio a un chaval de 17 años que tomar medidas contra la auditora Deloitte, con decenas de profesionales  y recursos,  que ganó auditando a Abengoa 20 millones de euros los tres últimos años.
El estudiante, en cuestión, solo siguió las instrucciones que un manual básico de economía le indicaba. Es más fácil encumbrar al chico como si hubiese descubierto la piedra filosofal, que reconocer que en este país ya no hace falta ni llevar una contabilidad b para trincar. Que basta publicar los balances, tal cual, en una página web de la empresa, para saber que está en el chasis. Pues menuda pesadez tener que disimular las cuentas, si total nadie las lee y los que las leen ya saben de qué va el asunto. Pero eso no nos debe asombrar, ya lo descubrimos cuando vimos irse de rositas a Fernández Ordoñez, responsable máximo de las auditorias del Banco de España a las Cajas de Ahorros. ¿Y qué iba  a saber él, si ya había dejado el bachiller muy atrás? ¿Y las auditoras? Pues eso, tan campantes, mientras nosotros pagamos los desaguisados de todos esos que cobran un dineral sin haberse estudiado el análisis de balance ni la contabilidad, con lo sencillito que es, oye.
Luego se quejan de que los partidos mayoritarios, los que todavía no han tomado medidas contra semejantes desaguisados, bajen en las intenciones de votos. Si el milagro, lo único digno de aparecer en “Cuarto milenio”, es que todavía haya gente que les de su confianza. Me recuerda un poco a lo que ocurrió con Rumasa. todos sabían a quién encomendaban sus ahorros, y sin embargo hubo gente que se entregó a los Ruiz Mateos en cuerpo y alma.

Deberíamos estudiar el fenómeno con Iker. Ni extraterrestres, ni voces del más allá. El próximo programa: “Voces del más acá, aceptación de robo sin paliativos" (Síndrome de Estocolmo, de Diogenes, de Abstinencia...) Se analizará concienzudamente quién se mueve más en los debates de la tele o si lleva en la mano un bic y equivoca el nombre de una auditora”. Buena forma de valorar a los que nos van a gobernar durante los próximos cuatro años. Sí, señor.

lunes, 7 de diciembre de 2015

IDENTIDAD




Cuando vi en la televisión cómo los espectadores del estadio francés, después del atentado regresaban a su casa cantando el himno Nacional de su patria, su himno, y lo cantaban como signo de unión, con orgullo. Tuve una sensación difícil de explicar, porque no sé qué se hubiera cantado en España. Quizá lo que aprendimos en las escuelas durante la infancia nos define, como nos define las lentejas de nuestra madre o los olores a tiza y goma de mascar. Recordamos el olor a alcohol que desprendía el practicante antes de clavarnos la aguja cuando estuvimos enfermos, recordamos el miedo a no poder jugar nunca más un partido cuando se nos rompió el brazo. Recordamos aquella escayola que nos firmaban nuestros amigos, y el kilo de garbanzos que teníamos que levantar para recuperar el juego de la articulación.
 Y todos esos recuerdos llevaban un olor, un sabor y una música que se colaba por todas partes y nos dejan definidos para siempre. Porque hubo un tiempo en que nos fueron creando. Pasados muchos años nos evocan, no solo a nosotros sino a nuestro grupo, a quienes fuimos y seremos. Y cuando las cosas se ponen mal, cuando parece que el mundo se desmorona a nuestro alrededor,  necesitamos recurrir a esos referentes, aferrarnos a ellos para no sucumbir. Sentirnos unidos aunque solo sea un ratito.
Nosotros no lo tenemos. Nos adiestraron como adiestran ahora a los niños para servir a una causa. No podríamos cantar nada en el metro tras una tragedia porque nada nos han dejado. Ni siquiera en los partidos de futbol podemos hacerlo. Cuando sufrimos los atentados de 11M, se separaron hasta las víctimas de la masacre. Lejos de abrazarse para soportar tanto dolor, se enfrentaron o los enfrentaron. Lo cierto es que nosotros jamás cantaríamos juntos, porque no somos hermanos, no somos uno, no nos dejaron un resquicio para soportar la pena, porque nos han quitado hasta eso.
Ellos, aquellas víctimas, sus muertos y sus heridos, estaban divididos hasta en el dolor. Nos hablan de un himno pachanguero ¿y los que no tenemos otro, los que nacimos con él? ¿Qué hacemos cuando queramos apretar una mano, o necesitemos su abrazo? No podríamos encontrar, aunque solo fuera un ligero sonido a orgullo en el que sintiéramos unos brazos apretándonos muy fuerte para que no nos caigamos solos. Aunque no piense como nosotros, aunque busque otros ideales. Los necesitamos, solo un ratito, solo para estos momentos de dolor, de tragedia. No podríamos preparar a nuestros hijos o nietos para que, llegado el caso, pudieran abrazarse o cantar en el metro algo que les haga sentirse orgullosos y valientes, para no soportar la soledad de la injusticia.
De niños somos vulnerables, parecemos plastilina con la que se nos puede moldear. Luego crecemos y ya nadie nos puede quitar el odio inculcado, odio al padre que se enamoró de otra, a la madre que se marchó, a la religión, a los inmigrantes,  a los diferentes, a los de otra zona, a los vecinos, a los que hicieron la guerra en uno u otro bando.
Quiero cantar como los franceses que salían del estadio, juntos, aunque solo sea un ratito.


sábado, 5 de diciembre de 2015

TONTOS CONSPIRACIONALES

                                              


                                  




Vaya, lo que me faltaba. Ahora resulta que los que comparten frases “profundas” en Instagran  son menos inteligentes. Con lo que a mí me han gustado toda la vida las máximas. En mi cuaderno del colegio tenía una de Jean Paul Sartre que me repetía constantemente y que me duró muchos años. “No es feliz el que hace lo que quiere, sino el que quiere lo que hace”. Debe ser que como soy un poco vaga, la frasecita me venía al pelo cuando me tenía que levantar a las seis de la mañana para preparar los temas de la oposición. Era sonar el despertador, y después de liarme a porrazos con el aparatito, salía de lo más hondo la máxima con mensaje y, claro, como la tenía interiorizada, me levantaba refunfuñando y repitiéndome. "Lo que me da la gana es dormir, lo que quiero es sacar la oposición, tener un trabajo estable y no ir de pasante por todos los despachos de abogados  sin cobrar un duro y haciendo fotocopias".
Lo cierto es que entonces no sabía que se estaba desvelando lo limitado de mi cerebro. Si lo hubiese sabido habría continuado durmiendo la mar de feliz. No hay nada como creerse capacitada para conseguir lo que te propones. Aunque seas un zoquete, si por una de esas, te crees espabilada, el mundo es tuyo.
La verdad es que no lo compartí en Instagran ni en Facebook  porque entonces eso no existía, pero el resultado era el mismo. “Frase profunda/falta de inteligencia al canto”. La información ha salido en el “Vogue”, pero los que lo dicen son los de la  Universidad de Canadá. Bueno, han confirmado lo que, según el Vogue, y en cierta medida, todos, sabían. “¿De verdad que es necesario que todo el mundo comparta esas frases semi profundas tan horteras?, insiste el articulo de marras. Y no se queda ahí, porque ese tema tan primordial ha llegado a inquietar a unos estudiosos de la Universidad de Waterloo en Ontoria (oye, como lo he leído), que han decidido medir la inteligencia de las personas que comparten este tipo de poéticos enunciados.
Los tíos han reunido a cientos de personas en un aula y les han hecho evaluar una selección de frases enlatadas. Mejor dicho, determinar el grado de profundidad de las mismas. El resultado ha sido que tienen una capacidad cognitiva del tres al cuarto, además de ser propensos a confusiones ontológicas y a elaborar ideas conspiracionales.
A mi, la verdad, los que me parecen confundidos ontológicamente, conspiracionales y un poco p¨allá son ellos, que no tienen nada más qué hacer que decir bobadas y hacer estudios idiotas con el dinero de los contribuyentes. Es algo así como lo que salió sobre las tendencias delictivas de los que tienen nombres raros (véase entrada en mi blog 27 de febrero 2009).
 Me pregunto por qué a esos sesudos estudiosos no los pone Carmena a recoger colillas en vez de a los pobres niños. Seguro que encuentran la relación entre el color de pelo de los niños y el tamaño de las colillas recogidas. Menudos son.
Me compré un imán en el museo romano de Mérida que rezaba “CARPE DIEM”, de un tal Quintus-Horaticus-Flaccus. Era chulo, en serio. Y lo hice un poco para no olvidar la que se puede liar en un momento dado, disfrutar del ahora y esas cosas, pero lo he tirado a la basura envuelto en tres capas de papel higiénico, no vaya a enterarse el portero de que habita en el 8ª C una incapacitada mental, conspiradora y débil ontológicamente hablando.
Lo que le falta, con la manía que me tiene.


sábado, 28 de noviembre de 2015

RECUERDOS


                                    







Mi casa está alborotada, mis hijos se pelean, mi marido trata de controlar la situación. Son adolescentes. Se escuchan gritos. “Recogí ayer la mesa”. “Me quitaste el mando de la tele…” Trato de pasar desapercibida, de huir. Huyo de la culpa que me persigue por el pasillo. La encuentro en cualquier esquina, me atraviesa y desgarra. Busco mis errores pero no los encuentro. Me apoyo en la pared de mi conciencia y no sé cómo arreglarlo. “La culpa es tuya”, se escucha a lo lejos, “la maleducas, los maleducas”. ¿Por qué yo? Solo pienso en el abrigo, ¿dónde lo dejé?. La discusión me agota. No sé cómo remedar el entuerto, ni siquiera sé si lograré salir ilesa de la beligerancia. Soy la culpable pero no alcanzo a comprender de qué. Solo quiero huir y cojo el primer abrigo que encuentro. No es el mío, me viene grande pero no importa, lo primordial es huir, salir del campo de batalla y respirar hondo. El corazón se desboca como un caballo trotando sin rumbo y sin aliento. No importa mi corazón porque la trifulca ya está montada. Es entonces cuando logro alcanzar la puerta de la calle. Huyo. Todavía puedo escuchar un último reproche cuando se cierran las puertas del ascensor. No se si parará el corazón por latir tan fuerte, pero sé que debo marcharme, que no quiero acabar conectada a una maquina que inyecta tranquilidad y ritmo, que calma ese galopar insensato que mis arritmias imponen.
Me marcho a ver a mi tía a su geriátrico. Un lugar de paz para los que ya descansan y esperan tranquilos. Desde su ventana se ven los rododendros y huele a eucaliptus, quizá solo sea vick vaporub  con el que embadurnaron su pecho, pero me sabe a paz y limpieza. Su compañía es más grata que un gotero. El sonido de su voz me reconforta. Me cuenta cosas de entonces, de cuando era ella la que luchaba contra la culpa y los gritos, pero me lo cuenta de otra forma, como si los años sosegaran los recuerdos, como si esas etapas  de adolescencias ajenas fueran los mejores  que pasó en su vida.  Dice de pronto, cambiando el semblante de su rostro,  que todavía sueña que su marido le chilla, pero enseguida se suaviza y regresa  al idílico pasado, rodeada de los suyos. Su corazón se apaga pero sus recuerdos lo mantienen placido, es un apagarse lento, sin sobresaltos. Ya no necesita gotero para calmar mis arritmias. Ella olvidó aquellas tardes de sábado en el que la culpa la perseguían. Saca los recuerdos de esa cabeza rubia y cardada, como de un armario blanco con tintes amarillo. Recuerda los viajes, las tardes de sol, los baños en noches de verano, porque no sé si sabes que si sigues la estela de la luna llena, se cumplen tus deseos. ¿Se cumplieron?, pregunto, y ella sonríe. Olvida los gritos de aquel  marido grande y se envuelve en el recuerdo de sus abrazos como en un abrigo cálido. La escucho embobada porque me gusta creer que su vida fue tranquila y lenta como la tarde que nos rodea. Dice que la tía Emilia tuvo un novio que la dejó cuando se arruinó su padre, y yo me acerco a su lado porque ahora habla muy bajo, en un susurro, como si ella, Emilia, nos pudiese escuchar. ¿Un novio? le pregunto.  Cierra los ojos y recuerda. “Fue desgraciada por culpa de su padre”. “O del novio que la dejó”, insisto. Pero ya ha olvidado el noviazgo. Me cuenta que por las noches hay un ladrón que entra en las habitaciones para robar dentaduras postizas. Me muero de risa pero ella olvida al ladrón y coge una escultura de marfil que representa un descendimiento. Lo tiene en la mesita de noche. Me lo ofrece, dice que es para mí, pero que no para ahora, que para después, cuando se muera. Lo dice y luego calla, como si se pusiera luto por el adiós a sí misma. Habla de la muerte como de un amigo que espera sin pesar, sin pretensiones de tragedia. La tarde oscurece nuestra charla y yo respiro tranquila, mi corazón recuperó su ritmo. Una mujer joven llama a la puerta para decir que la cena está preparada, que debe llevarse a mi tía, y yo le doy un beso en la frente. Me despide sin pesar, ni siquiera me pide que regrese otro día. Tan solo sonríe. Cuando está en la puerta se gira y me recuerda que el descendimiento será para mí.

Regreso a mi casa lentamente, prefiero andar, imaginar los recuerdos que tendré cuando me encuentre en un geriátrico. La tarde es fría y llevo un abrigo que no me pertenece, que me viene grande, como mi vida y mis adolescentes. Temo volver a la culpa, a los gritos de los míos, a saber a quién favorezco, a hacer la cena y recogerlo todo para evitar que haya más peleas, que el corazón vuelva a galopar desbocado. Mientras voy quitando la piel a un calabacín recuerdo el jardín de los rododendros y el novio canalla de la tía Emilia, al hombre que roba dentaduras postizas, y por un momento, solo por un instante, quiero volver al geriátrico a pasear sin prisas y sin chillidos, a regalar figuras de marfil, a despedirme de una vida que se vuelve idílica con el paso de los años.

viernes, 27 de noviembre de 2015

Premio El Fungible 2015

Felicidades Lola Morales, Javier Sánchez Lucena, Carmen Garcia-Romeu y Alberto Carreño. Ganadores y finalistas de El Fungible 2015 de #Alcobendas .Toda la información en la Revista 7Dias y en la web municipal  Mediatecas">https://www.facebook.com/mediatecasalcobendas">MediatecasAlcobendas on Jueves">https://www.facebook.com/mediatecasalcobendas/posts/998941713471310">Jueves, 17 de septiembre de 2015

jueves, 26 de noviembre de 2015

LA LETRA PEQUEÑA



                                              






Desde que me operé de la vista me propuse leerlo todo. Y cuanto más diminuta fuese la letra, más empeño le ponía a descifrar el contenido. Para mí la letra pequeña se había  convertido en un reto, algo así como desentrañar los misterios de la piedra Rosseta. Sin embargo lo que no sabía era que me iba a traer tantas sorpresas. Lo normal es que te digan que aceptes las condiciones antes de firmar cualquier petición, y lo normal también es que lo aceptes poniendo un aspa en el que dices haber leído las condiciones y estar de acuerdo en todo. Lo haces porque no estás dispuesta a echar la tarde y la lupa cada vez que te bajas una aplicación, firmas una tarjeta o pides más megas para tu móvil.
Sin embrago, desde que soy capaz de leer hasta la letra que ni el oftalmólogo se atreve a ponerme delante, me he llevado sorpresas muy desagradables.
La primera me la dio el banco cuando me ofreció una tarjeta  gratuita y negra  que me permitía entrar en la sala VIP de los aeropuertos como si fuese el mismísimo Messi. Me hizo ilusión, la verdad. A mí es que solo nombrarme una “black” ya me imagino la lámpara de Aladino con mago incluido para cumplir mis deseos y me alboroto. La solicité y hasta que no llegó, no pequé ojo. Temblorosa abrí el sobre que la contenía y me dediqué a leer la cara frontal. Tenía pegada la tarjeta y unas someras indicaciones de para qué servía. Dichas indicaciones tenían un cuerpo de letra 12, un interlineado de 1,5, párrafo con sangrado en la primera línea y una claridad total. Allí te contaban que con la tarjeta al cinto tenías derecho a tomarte en la sala VIP de cualquier aeropuerto; güisqui, gin tonic, refresco, cerveza, café etc. También podías tomar una tapa o dos, e invitar a los amigos que quisieras para “darte pote”. Que en la sala disponías de wifi, información de entrada y salida de vuelos, sofás, prensa, revistas… Hasta te podías dar una ducha si te sentías acalorada de tanto agasajo.

Y si no hubiese sido porque estaba yo en lo de la operación de la vista y quería probar mi visión nocturna, hubiera dejado el asunto como tantas veces, pero en esta ocasión di la vuelta al folio y cual fue mi sorpresa al leer las condiciones reales del contrato en tipo de letra 1, interlineado apelmazado, sombreado neblinoso, y amplitud tamaño pulga. Aún así no cejé en mi empeño de descifrar. No se comprometían a nada de lo dicho. En primer lugar lo de que te diesen wifi era muy relativo, en algunas salas sí y en otras no. De la información de salida y entrada de vuelos no se hacían responsables, las revistas y la prensa dependía de las ganas que tuvieran ese día los encargados. Las bebidas alcohólicas se pagaban aparte y la tapa ni te cuento. De la ducha ni se hablaba,  te cobraban 24 euros cada vez que pasabas la black por la ranurita para entrar en la sala VIP, y si se te ocurría llevar amigos, pagabas 24 euros por amigo y fanfarronada. No seguí leyendo porque me volvió de pronto la miopía, el astigmatismo y la vista cansada. Fue entonces cuando me pregunté la cantidad de veces que había firmado en barbecho tarjetas y condiciones, tanto en  internet como en papel, sin saber lo que escondía la letra pequeña. De pronto comprendí por qué me escribe una bruja a mi correo para leerme el porvenir, por qué me venden aspiradoras ambulantes, métodos para hablar uruguayo en dos semanas, y por qué me obligan a pagar gastos de teléfono o electricidad de los meses que estoy fuera de casa. Seguro que cada vez que pongo un aspa aceptando condiciones, estoy vendiendo mi alma al diablo. Y lo más triste es que lo hago tan campante. Todo por no tener el tiempo, la vista y las ganas de cotejar la letra pequeña de lo que firmo o ponen ante mis narices. ¿Qué estaré firmando realmente cada vez que me bajo una aplicación para el móvil, un antivirus, digo que me gusta “La rosa del azafrán” o me empeño en limpiar la basura de mi móvil?