jueves, 30 de julio de 2015

LA LIBRERÍA ENCANTADA


 

 

 

En alguna parte leí que no somos nosotros los que buscamos un libro, sino el libro el que nos busca a nosotros.

Cuando a alguien le atrae un libro que me entusiasma, me siento compenetrada. Es como si dejara de estar sola en el universo, como si me diese cuenta de que hay otro,  aunque lejos, en el espacio o el tiempo, que comparte algún tipo de energía conmigo.

Me cuesta mucho analizar un texto que me entusiasma, de la misma forma que me encanta dejarme llevar por la magia o los cuentos. Jamás observaré al mago para ver si pillo el truco. Dejaré que me engañé, que me cuente, que me sorprenda. Me dejaré engatusar como si se tratara de los piropos de un amante  largamente esperados.

Sé que como escritora, debería aprender de aquellas novelas o relatos que me gustan, buscar el por qué y tratar de desentrañar el misterio de mi fascinación, pero no puedo. Ni siquiera puedo dejar de avanzar. Ya lo analizaré más tarde, me digo. Lo releeré, y la segunda vez comprobaré la estructura, los personajes, la trama, los puntos de giro. Pero cuando lo releo vuelvo a caer en la ilusión y me dejo llevar.  “El amor en los tiempos del cólera” lo tengo subrayado en sus comienzos,  pero poco a poco las marcas, los avisos, las llamadas, van desapareciendo porque ya no puedo analizar más, porque me parece que estoy perdiendo la ilusión, porque necesito dejarme llevar. 

Acabo de terminar uno de esos libros que me cuesta analizar: se titula “La librería encantada” de  Christofer Morley. Se publicó en 1917, y  de nuevo me he preguntado  ¿por qué me ha gustado tanto? ¿Quizá sea por la ternura de los personajes, la forma de contarlo, la atención a los pequeños detalles, o solamente porque van evolucionando a lo largo de la historia, como ocurre en “La reina de África” o en “Las aventuras de Huckleberry Finn”? Lo cierto es que no lo sé, pero cuando lo comparo con novelas de extraordinario éxito actual, me preguntó. ¿Dónde están los míos? Por qué ese o aquel libro no me llama. Quizá porque no me atraen las tramas detectivescas, las románticas empalagosas con aire de misterio, o las novelas pseudo históricas. Me gusta que me hablen de ese ser capaz de transformarse, sufrir o querer a secas. Un ser a la vez  héroe o villano con el que me siento identificada, que lucha contra su condición. Me gusta que me hablen sin tapujos del ser humano.

Eugene O´neill, dijo poco después de obtener el Premio Nobel de literatura. “Cuando tengo ganas de sonreír un poco para que sean más ligeras las tardes, leo las novelas de Morley.” A veces el término “ligero” está muy mal interpretado. Para mí significa: sencillo, directo, que da en el clavo, que no se engola.

La buscaron los libros de Morley como me buscaron  mí, y todavía no sé por qué.   

viernes, 17 de julio de 2015

EL TÉCNICO DE LA LAVADORA


Se me atasca la lavadora en el programa corto. No es que sea la primera vez que me ocurre, es que como vengo a la playa solo en vacaciones, pues se me olvida de un año para otro. Me enfado y llamo a Asistencia Técnica.

-Oiga, que la lavadora entra en bucle cuando faltan tres minutos para terminar y ahí se queda venga a dar vueltas sin parar.

-Ya – me responde una voz anodina.

Pero a mí me gusta dejar las cosas claras y me enrollo.

 - Y aunque trato de hacerle el lío poniendo el centrifugado intermedio, no traga. Algunas veces logro engañarla y después de un buen rato, coge carrerilla, se pone a centrifugar a lo loco hasta que se detiene sola. Es la única forma que tengo de domarla.

-Paso el parte.

-También me roba calcetines y ropa interior.

- Esta tarde irá el técnico.

Nada más aparecer por la puerta lo reconozco  de otros años. Se camufla con diferentes atuendos militares pero a mí no me la da. Está vez lleva bermudas para disimular pero se le nota que su verdadera ilusión no es arreglar lavadoras sino haber sido  boina verde o legionario. También lleva chaleco pero esta vez lleno de bolis que restan credibilidad a sus métodos. No puedo evitar recordar aquellos casset que se rebobinaban con el bic cristal, y barrunto que pretende rebobinar mi lavadora de la misma forma.

En cuanto lo veo entrar en mi cocina con su coleta al viento y su barba un poco evasé,  recuerdo su retaíla del año pasado y un escalofrío recorre mi espalda.

-Señora, es que no debe usted lavar con el programa corto. Mira que  se lo tengo dicho a los clientes.

-¿Para qué pone el fabricante ese programa entonces?

Me contesta con otra pregunta.

-¿Pero usted cree que en 15 minutos se puede lavar algo?

-Pues, hombre. Quitar olor a tabaco, sudorcillo mañanero. Qué sé yo.

Me voy encolerizando y cuanto más me encolerizo más suda él. El calor atraviesa su coleta, baja por los pantalones bermudas, atraviesa su peluda pierna derecha  y gotea el lavavajillas. No es que haya subido la pierna encima, es que ha formado con su postura un pino puente que dirige el fluir del sudor por vericuetos extraños hasta acabar encima de mi lavadora.

-Vera, créame, el único programa que funciona en esta lavadora es el de algodón en frio. Una hora quince minutos no se los quita nadie. De los demás programas puede ir olvidándose.

-Y tengo que dejar la lavadora encendida tanto tiempo por nada.

- Es…, cómo le diría yo: lo que hay.

-¿Entonces si quiero lavar en caliente, si tengo hilo, algodón, ropa de deporte, esterilizado para ropa de bebe?

-No le dé más vueltas. La lavadora es inteligente. Pero no solo de coeficiente intelectual alto, sino también emocional. Siente, tiene empatía. ¿Me comprende? –susurra, y luego la acaricia.

-Explíquese.

-Si la ropa se queda adherida como consecuencia de los giros, pongo por caso, ella piensa que no hay ropa y se aturrulla.  Es una cuestión de desequilibrio. En ese instante es cuando pierde el ritmo y hay que volver a engañarla para que reaccione.

-¿Como un político?

-No me meta en líos que esto va de lavadoras.

-¿No le gusta a usted la política, verdad?

-Bastante poco –contesta atusándose la coleta.

-Hagamos  un símil – le propongo mientras observo cómo se va llenando de agua el tambor

-Pues hagámoslo –contesta y se pasa la mano por el cuello y la cara para quitarse el sofoco de pensar.

- Si ella ve que hay poca carga se detiene, porque se da cuenta que necesita engañar ¿no es así?

-Así es, sí señora

-Y lo hace con el aclarado y centrifugado intermedio.

-Pero… No le dé más vueltas, ella quiere lo mejor para el lavado y en cuanto pierde la ropa o cree que la ha perdido, se detiene y piensa en un nuevo sistema para engañar.

-Esto es una vergüenza- le digo.

-No, señora, es que es muy inteligente, primero pesa la ropa introducida, para hacerse una idea de qué va el lavado, luego, me refiero a cuando ya han pasado unos minutos, decide si empieza o no,  dependiendo de la cantidad de ropa y del peso especifico de esta. Comienza el engaño, unas veces es antes y otras después del centrifugado.  Y si se ve muy atosigada pues no lava, o lava poco. Se detiene cuando alguien descubre sus tejemanejes. Es inesperada.

-¿Nunca sabe una de antemano lo que va a decidir? -le pregunto al sudoroso.

- Pues no. Ella necesita sus tiempos y sus modos.

 -Me da que sabe usted más de lo que dice.

-Chissss. A mí no me comprometa que ahora  las lavadoras llevan webcam incorporada y lo ven todo. 

-Solo  contésteme a  una última duda ¿De dónde  coge al agua para el lavado?

-De donde le pilla más cerca. En eso no tiene escrúpulos

-¿Qué?

-Perdón, se me ha escapado. Hablábamos de lavadoras ¿no es así? ¿Pues de dónde las va a sacar?, de la comunidad.

Coge el agua de donde no debe, decide cuándo funciona o cuándo no, no cumple con las expectativas del libro de instrucciones. La compré creyendo que iba a encontrar un programa y me sale con otro. Luego pone la excusa de que la ropa se había concentrado en una esquina y había menos de lo que pensaba, que por eso se desequilibró e hizo  lo que le apetecía.

-Ya le digo.

- Ni siquiera se responsabiliza de lo que promete el fabricante. No da explicaciones de nada y a nadie. ¿Usted cree que dada su falta de garantía la puedo devolver?

Al hombre le da la risa mientras saca un bic cristal de su chaleco  y me extiende el justificante de su visita. Dice que lo firme y que ya veremos lo que pasa cuando vaya a comprar otra.

Antes de marcharse me dice en un susurro.

-Y sobre todo, no se le ocurra poner el programa de aclarado: se  bloquea y luego sale en la webcam su cara de frente y de perfil.

 

 

sábado, 4 de julio de 2015

SUSPIROS DE ESPAÑA


 
 
 




No soy una esotérica de esas que se pasan la vida interpretando signos del más allá. Simplemente me sorprenden las casualidades y sorpresas que nos depara el destino. ¿Está escrito, no está escrito, nos lo montamos…? Yo qué sé. Lo que sí tengo claro es que algunas veces las circunstancias ponen los pelos de punta, y una de ellas sucedió cuando murió “la tata”. Ella trabajó en casa de mi abuelo, luego en la de mi madre, y se vino conmigo a vivir ya jubilada, hasta que encontró a la persona que consideró idónea para cuidar a mis hijos cuando me iba a trabajar. Era una segunda madre para mí.

Recuerdo que los domingos de mi infancia, cuando la banda municipal tocaba “Suspiros de España” debajo del balcón de nuestra casa, ella dejaba todo lo que estuviera haciendo y se quedaba como extasiada. Entonces yo salía corriendo, la agarraba por la cintura y bailábamos juntas ese pasodoble.  Recuerdo el sol alicantino, la Explanada llena de gente, el balcón desde donde mirábamos a la banda tocar, los espectadores. Pero, sobre todo, recuerdo su cuerpo rechoncho moviéndose entre mis brazos con la agilidad de una bailarina del Bolshoi.

 Era domingo, era “la tata” bailando, era mi infancia.

Un día, como ocurre siempre, todo cambió. Olvidamos nuestro pasodoble, la banda de la explanada y ese sol que iluminaba nuestros domingos.  

Murió mayor, tenía 90 años y la enterraron en su adorado pueblo: Benejuzar. Un pueblo del que me había hablado tanto, que aun a pesar de no haberlo visitado hasta entonces, me convertí en el google maps de mi familia cuando fuimos a su entierro,

Con su féretro enmedio de la iglesia y una pena que me impedía mantenerme en pie, lo escuché claramente, al principio sonaba muy lejos, como si lo trajese el aire o el viento de otro lugar, un viento de mar o de olas, como el que percibíamos en casa muchos años antes. Pero poco a poco el sonido se fue acercando, metiéndose entre los bancos, llenando la iglesia, impidiendo al sacerdote hacerse oír. Era nuestra canción, la que tantas veces habíamos bailado frente al balcón de la Explanada. “Suspiros de España” sonaba en aquella pequeña iglesia con la fuerza de una despedida alegre, como si se marchara bailando su pasodoble preferido, sin pena, sin recuerdos, deseosa de quitarme la angustia. Me lo estaba explicando de la única forma que había hecho siempre, bailando pasodobles.

No sabía qué pensar, las piernas me temblaban y sentí su sonrisa, su cintura moviéndose entre mis brazos, su enorme boca riendo.

Los miembros de la banda municipal ensayaban para las fiestas del pueblo en la plazoleta que había frente a la iglesia. Nadie había encargado ese pasodoble, fue espontaneo.  Nos pidieron disculpas al enterarse que se celebraba una misa de difuntos. Pero no importaba porque ella bailaba en algún lugar que yo ya no podía ver.

Por eso, todos aquellos que hayáis leído  mi última novela: “Fotos en el congelador” comprenderéis por qué el abuelo de la protagonista se niega a bailar “Suspiros de España” interpretada por otra banda que no fuese la del pueblo de Benejuzar. Ese ha sido mi homenaje a esa mujer extraordinaria que nunca dejó de estar a mi lado y a la que nunca olvidaré.

 
  

martes, 23 de junio de 2015

UNA MIRADA OMNISCIENTE

Esto de las elecciones municipales y autonómicas me aclara muchísimo las ideas. Me refiero a que me confirman que desde la primera persona del singular no se ve “tres en un burro”.
Propongo a los políticos que se hagan omniscientes, como los narradores de novelas o relatos, que miran un poquito más allá, que lo abarcan todo con su visión cosmológica.
Las elecciones generales están al caer, nos la jugamos todos, y sin embargo se suceden sin cesar las actitudes chulescas por una y otra parte. No sé si se habrán dado cuenta nuestro políticos de que hay una gran mayoría de ciudadanos que inclinan la balanza a uno u otro lado dependiendo del comportamiento.
Los hay acérrimos del PP, del PSOE, o de lo que sea, como los hay del Real Madrid  del Barcelona o del Sporting de Gijón, pero si la balanza se mueve no hay que ser muy listo para darse cuenta de que los que la mueven no son los viscerales de uno u otro bando. De ser así no hubiéramos cambiado de rumbo desde el 78. Los que deciden son los que, aún teniendo unas u otras ideas, no odian ni a la derecha ni a la izquierda, los que votan según la gestión realizada, con objetividad. Son esos votantes que no perdonan el incumplimiento de promesas, ni la corrupción, ni la pasividad a la hora de emprender reformas para evitar fechorías, puertas giratorias, chalaneos. Que no olvidan a los que tuvieron en su mano cambiar las leyes y no lo hicieron. Tampoco olvidan a los que se conchabaron para mantener las cosas como estaban y seguir con el “si tu no dices yo me callo”.
El pueblo se concentró en la Puerta del Sol pidiendo el cambio. Se ilusionaron los de izquierdas y los de derechas, porque no se podía más.
Y que se enteren de una vez los implicados que el pueblo no perdona que le llamen perroflauta, que desprecien sus deseos con insultos,  pero tampoco perdona a los que reivindican con mochila y dinamita, ni a las que se desnudan en una iglesia para pedir laicidad en las universidades, porque de viscerales estamos también hartos, porque el respeto para no llamar perroflauta es similar al de no desnudarse ante símbolos o lugares de culto, defender posturas de forma agresiva. Que el presidente del gobierno se pase la vida dando largas a los ciudadanos, que diga sonriente que hablará cuando le plazca, nos hace sentir a los votantes como alumnos a la puerta del profesor, esperando dos horas a que nos reciba porque no nos merecemos más.
Con insultos y vejaciones puede que consigan enardecer a sus fieles electores, pero no a esos a los que se tienen que ganar.
Lo que necesitan es ilusionar al máximo de ciudadanos posibles con humildad, y el respeto es para todos, para la derecha y para la izquierda, para los símbolos que nos gustan y para los que no.
La masa que va a cambiar el espectro político no acepta el desprecio, ni la zafiedad, ni el odio, ni la prepotencia.
Hay una masa silenciosa y responsable que sabe lo que quieren y lo elegirán. Peor para los que no sean consciente de eso. No es el voto del miedo, es el de la sabiduría. Y yo confío en mi pueblo.





lunes, 22 de junio de 2015

LA GALLETA DE LA SUERTE



                                   








Esta mañana ha desapareció el fondo de pantalla de mi ordenador, era una foto que hice el verano pasado de un ocaso en la Albufereta. En su lugar se había colocado el Gigante de Yosemite.
Me extraño tanto que quiero volver a colocar la mía y no la encuentro.  Busco en Iphoto, un programa del Mac al que por fin le había cogido el tranquillo, y descubro con un disgusto tremendo que no me queda ni una sola foto de las que tenía guardadas. Se han borrado los eventos, los pases de diapositivas, los recuerdos, las películas y los proyectos.
Llamo a Apple, me conectan con el servicio técnico y me explican que han cambiado el programa, que ahora se llama de otra forma. ¿Y mis fotos de toda la vida? No sé qué decirle, me explica una chica muy simpática y con entera dedicación pero completamente liada. Abra Finder, ciérrelo. Abra Movie, ciérrelo. Abra escritorio, ciérrelo. Aplicaciones, Preferencias del sistema, Time Machine… Porque Mac tiene eso, que a programas raros no hay quién les gane. Después de pasarnos una hora intentando encontrar los archivos sin éxito, me ofrece la posibilidad de ponerme en contacto con un técnico especializado. Sí, por favor, le digo a punto de echarme a llorar.
El técnico se llama Gerardo, tiene acento cubano y es un muy agradable. Me pide permiso para entrar en mi ordenador, y lo dice de una forma que es como si me invitara a una copa en su casa después de cenar. Le doy permiso y, mientras conectamos por teléfono, aparece su rastro en forma de flecha. Me va guiando por todos los programas habidos y por haber. No encuentro las fotos perdidas pero sí otras ya olvidadas, algunas que ni sabía que existían, casi todas de hace por lo menos veinte años. Yo en un castillo medieval con el pelo rubio y los ojos azules (debe ser alguna prueba que hice con photoshop allá por el mil novecientos noventa y algo), otra encima de una roca la mar de seductora, o con diez quilos menos y biquini de lunares en la playa. Un recorrido por el pasado más remoto, interesante pero inútil. No son esas las fotos que he perdido, le explico a Gerardo que cada vez que encuentra una se pone más contento. Yo creo que le gusta la rubia de ojos azules o la del biquini de lunares porque no me permite quitar las foto, tan solo me sugiere que las minimice mientras continuamos buscando. No le digo que son del año de maricastaña para no quitarle la ilusión. Con su flecha y mi obediencia hemos hecho un barrido a mi Mac que han salido hasta excursiones del 90, relatos sin acabar, hojas de Excel de cuando hice la obra de la cocina. De pronto se nos abre un icono de Flas Player que no conseguimos hacer desaparecer. A penas nos descuidamos mirando una foto antigua, emerge en el escritorio el dichoso icono cual afrodita del mar Egeo. Ya está instalado pero no desaparece. Arrójelo a la papelera, me pide de palabra, y con la flecha me indica cómo hacerlo. No lo entiendo, me dice Gerardo contrito. No aparecen sus fotos. Yo tampoco lo entiendo, le contesto juguetona. A estas alturas me he dado cuenta de que su voz se ha vuelto cada vez más sugerente. Su tono es inversamente proporcional a la antigüedad de las fotos  que emergen de los archivos. Cuanto más antigua es la foto, mas sugerente se torna su voz. Recupero la cordura y le digo que debemos continuar en nuestro empeño sin dispersarnos. La flecha me indica dónde debo buscar, qué debo borrar y qué mantener. Gerardo, un hombre paciente donde los haya, va modulando su voz hasta hacerse cavernosa y suave, como la de Rhett Butler cuando se enfada y coge en brazos a Scarlett  
O´Hara para darle un beso de tornillo o subir por la escalera con ella en brazos (no me acuerdo).
Gerardo no ha logrado encontrar ni una sola foto del álbum pero ha entrado en mis más ocultos archivos. Después de dos horas de paciente búsqueda se ha rendido. La flecha se ha quedado un poco pocha y me ha reconocido que los archivos se han perdido, que lo siente, que esas cosas no suelen ocurrir  pero qué le vamos a hacer. Me ha aconsejado que a partir de ahora guarde en un disco duro toda la información y se ha despedido muy cariñoso. Lo he sentido, la verdad, después de dos horas compartiendo información reservada, voz cavernosa, halagos y encuentros con el pasado, le he cogido mucho cariño.
 Estoy de los nervios contra Appel pero no me atrevo a denunciarles por si se la carga Gerardo, y a ese que ni me lo toquen.
Luego he entrado en Facebook para olvidar, y he descubierto que habían colgado una foto antigua, de mi fiesta de fin de carrera. No se me ve muy pasada de rosca porque está tomada de cerca, pero ya no soy esa. He recibido miles de “me gusta”, y algunos comentarios muy halagadores de personas que no me conocen de nada pero que son amigos de amigos. “Terminar la carrera da mucha seguridad en estos tiempos aunque te tengas que ir a trabajar a Alemania”, dice uno. “Que no”, escribo, “que no sé de dónde ha salido.”
Me ha entrado un mosqueo tremendo. Explico a los amigos de Facebook que no he terminado la carrera, que la terminé hace mil años. Pero no importa porque siguen felicitándome.
“Será que has puesto en la biografía algo sobre aniversario”, me escribe mi sobrino. Abro la biografía, la leo de cabo a rabo y no encuentro nada que les permita coger mis archivos y colgarlos cuando les venga en gana. Me entra un cosquilleo. A ver si ha sido Gerardo que ha abusado de mi confianza al darle las llaves de mi ordenador. Estoy por llamarlo y decirle "Devuélveme mis llaves, traidor". Me contengo, no quiero entrar en ansiedad porque luego dejo de respirar y la lío. Busco en mi muro y descubro una nueva intromisión en mi biografía. Han colgado un evento en mi nombre para acudir a la presentación de un libro en Cortijuelo. No conozco el libro, ni siquiera he estado nunca en Cortijuelo. A los que les gustaba mi titulo universitario recién conseguido aseguran que acudirán a mi evento. Les digo que no, que es un error, pero siguen llegándome avisos de asistencias confirmadas, felicitaciones, “me gusta” y emoticones.
Quiero borrarme de Facebook pero cuando lo intento me sale Flas Player de nuevo. Le doy a trasladar a la papelera y me sale una galleta de la suerte. La abro y me asegura que voy a encontrar al hombre de mi vida. Apago el ordenador. Ya me estoy alejando cabizbaja hacia mi habitación cuando escuchó una musiquilla de bar de copas en penumbra.
El ordenador se ha encendido solo. Veo que de nuevo se ha cambiado el fondo de pantalla. Un hombre joven, moreno y navegando en tabla de surf me sonríe. ¿Será Gerardo? ¿Le cuento que nunca he sido rubia, que tengo los ojos marrones, nietos y estoy jubilada? ¿o mejor lo dejo con la duda?

 Ya lo pensaré mañana.

sábado, 6 de junio de 2015

EL MIEDO DE MI VECINA

imagen: Rafal Olbinski






El viernes tuve que recoger un paquete en casa de Soli, la vecina del cuarto izquierda.  Dice que de joven se parecía mucho a Brigitte Bardot y para que nadie lo dude ha llenado la casa de fotos de la artista francesa. Algunas son mundialmente conocidas aunque ella asegura que son de su adolescencia y juventud. Una es del cartel de la película “Y Dios creó a la mujer“ pero no se lo digo porque no hay ninguna necesidad de desairarla.  Tiene un hijo que se desnuda y duerme en el descansillo cuando regresa borracho. Me lo ha contado el del octavo centro,  que acudió a una reunión de la comunidad en la que se trató el tema. Pero eso sí, con la deferencia que se tratan todos los temas en mi comunidad, echando pelillos a la mar. Al hijo parece que le gustan el vino y las mujeres y ese es el motivo de que pida sexo a la primera vecina que encuentre en el ascensor cuando ha tomado una copa de más. Dice que no lo puede evitar.
La madre, viendo que ya era agresivo desde la niñez, lo apuntó a karate y ahora sus golpes son certeros. Los vecinos se quejan pero perdonan. El caso es que entre que nuestro portero falsifica cheques, nuestro vecino se desnuda porque le gustan el vino y las mujeres, el del noveno aporrea el piano con una sola mano porque tuvo un profesor manco, la comunidad es laxa y Soli, Brigitte Bardot, da mucho miedo entrar en mi portal sin protección. Ya ni siquiera los ladrones se avienen a robarnos.
El problema es que cuando llegué a casa de Soli para recoger el paquete, la encontré de los nervios, me dijo que llevaba tres noches sin dormir, que ya no le hacían efecto los hipnóticos, ni las Valerianas, ni las broncas del hijo. Me explicó que desde las elecciones autonómicas y municipales duerme con un cutter debajo la almohada  por si entran los de Podemos o los de Ciudadanos y la decapitan. Me lo dijo mirándome fijamente con esos ojos saltones que ella tiene. Luego elevó una mano y se la pasó por el cuello muy lentamente. La verdad es que representa con mucho dramatismo. “Que no, mujer. ¿Quién te va  acortar el cuello a ti y por qué?” 
“¿Tu crees que no pasará nada con todo este batiburrillo de las elecciones?”, me pregunta bajando la voz como si Monedero le hubiese llenado la casa de micrófonos. “Aquí va a ocurrir como en la revolución francesa, que nos guillotinarán a todos.”
No sé cómo recoger el paquete y salir corriendo pero se coloca delante de la puerta. Dice que tiene gusto en invitarme a una cerveza para hablar de la guerra, de la situación de España, de los principios del Movimiento Nacional y de las restantes leyes fundamentales. Tengo prisa, Soli, le explico. “Nos van a quitar la casa”, insiste, y vuelve a pasarse la mano por el cuello. “Y si no, nos meten a vivir a otra familia, ya lo verás” Le ha entrado complejo de doctor Zhivago mezclado con el síndrome Robespierre y no vive. Miro la entrada abarrotada de fotos de Brigitte Bardot y le digo que no cabe en su casa ni un alfiler, que ni siquiera Errejón soportaría tamaño abigarramiento. “¿Y la plata?” “Menos, ya no se lleva, se pone negra enseguida.” “A mi abuelo le quitaron la casa y los mantones de Manila.”, me explica cerrando los ojos y guardándolos un ratito tras los párpados para mi sosiego.  Le expongo que en todo caso deberían tener miedo todos aquellos que tengan algo que ocultar, que ojala se levanten las alfombras y salga toda la corrupción que ha habido en esta país, pero que no tenga cuidado, que las fotos no suelen confiscarlas, que en eso son muy comedidos. Suspira. Aprovecho su congoja para recoger el paquete y salir corriendo. Menos mal que el hijo no ha llegado todavía y el descansillo está solitario y en penumbra. A lo lejos escucho un jadeo y una mano me agarra del hombro. “Vente una tarde y hablamos”
Se lo prometo y bajo los escalones de dos en dos. En la lejanía aún escuchó su voz.  “¿Crees que me quitaran las mantillas de encaje y el vestido de manola?” Pero ya no le contesto, el corazón me va a tope y temo que la que no va a volver a pegar ojo a partir de ahora soy yo.