viernes, 23 de septiembre de 2016

VOTO UTIL ¿PARA QUIÉN?


 
 Imagen: Rafal Olbinski
 

 

Me parece bien que cada uno vote a quién le merezca más confianza o encaje mejor con sus creencias e ideales, pero lo que no soporto son las manipulaciones y los trilerismos.

Somos adultos y sabemos o deberíamos saber, que estar en el centro no es ser un ambiguo. Aristóteles dijo que en el término medio está la virtud, y desde el 384 a C, nadie ha venido  a demostrar lo contrario. Si han estado intercalándose en el poder tanto la Izquierda como la Derecha, significa que hay una gran masa que se fija más en cómo se ha gobernado, qué en sus vísceras, que valoran qué ética ha mantenido el gobierno en funciones, que se dejan de amores incondicionales, y que ese es el motivo de que la balanza haya oscilado de un lado a otro durante tanto tiempo.

Uno puede ser de Izquierdas en el corazón pero no cerrar los ojos cuando ve embolsarse  dinero de  cursos de formación y parados a sus dirigentes, o por lo menos, ver como hacen la vista gorda. Se puede ser de Derechas en principios e ideas, pero no ponerse una venda en los ojos cuando ven cómo se han ido llevando el dinero unos y otros ante la pasividad de sus gobernantes. Se puede ser muy religioso pero comprobar cómo el líder del partido, religioso donde los haya, y convocante de manifestaciones sobre el cambio de la ley del aborto, deja el tema con una mayoría absoluta en su poder (que quizá nunca más tendrá) “para ya veremos cuándo, que no quiero perder votos”. Han engañado a sus votantes y sin embargo se atreven  a asustarnos por no votarles a ellos. “Quemarán iglesias, nos dicen, pactaran con los enemigos, nos dejaran sin papel higiénico como en Venezuela….”

Se pueden ser muchas cosas menos fanáticos y borregos.

Ahora hay que cargarse a Ciudadanos porque nos venden la farsa de que  no se aclaran y que el voto de Ciudadanos es un voto perdido. Pues mire usted,  yo lo único que tengo claro de esa formación es que no traga ni por la corrupción ni por el independentismo. Que ya que no obtienen votos suficientes para gobernar, están dispuestos a pactar con Izquierdas o con Derechas siempre que no haya corrupción ni independentismo. ¿Se puede ser más claro? Porque a muchos españoles no se les caen los anillos, ni se rasgan las vestiduras ante una u otra opción, siempre que no se fragmente el estado y no nos dejen en el chasis económico de forma impune. Porque así,  a lo mejor, nos evitamos otro rescate como el de de las cajas (si no lo nombro me sale un sarpullido). Prestamos todos los españoles  cincuenta y un mil millones de euros, yo creo que más pero eso dice hoy El País, y solo se han devuelto alrededor de dos mil, ni se esperan más devoluciones, sin responsabilidades ni censuras.

Si me dicen que votar a Ciudadanos es tirar el voto a la basura, votar a los independentistas y a los ladrones ¿qué es? ¿útil?

Bueno, oye, que cada uno vote a quién quiera, pero que no se dejen embaucar por el miedo, y que no se quejen si les birlan cincuenta y un mil millones de euros (estoy convencida de que fueron más) que han salido y están saliendo;  de la sanidad, de la enseñanza, de los sueldos, de las pensiones, de las indemnizaciones por despido. En fin, de lo que queda en este momento y de lo que pueda quedar en breve.

 

lunes, 19 de septiembre de 2016

LA TORRE DE BABEL Y LOS PERROS EN LA PLAYA


 
 
 
 
 
He descubierto que lo que pasó en la torre de Babel no fue un no entenderse porque algunos se pusieran a hablar en arameo y otros en inglés. No fue que en plena construcción uno le pidiese a otro una sierra y al ver que le entregaba un martillo se liaran a mamporros, ni que ese fuera el motivo de que nunca llegaran a terminarla. No, lo de la torre de Babel fue una metáfora de la existencia humana.  Lo descubrí, fíjate tú por dónde, ayer, en la calita que hay debajo de mi casa. Fue nada más soltar la toalla, un perro se sacudió el agua de su plácido baño y me dejó empapada. Ya no es que estén prohibidos los perros en la playa, que lo están,  es que la dueña ni se dignó a mirarme a la cara para pedirme disculpas. Luego, a ritmo lento pero seguro, fueron llegando más perros y más amas. Los perros eran la mar de  monos y la mar de traviesos, las amas la mar de maleducadas y sin ningún control sobre sus mascotas.  Los perritos, felices, se tiraban a los hombros de los niños que estaban en la orilla, hacían sus necesidades en las toallas de los bañistas, y aunque los niños se asustaron, las dueñas de los perros ni se les ocurrió darles un grito o acercarse para evitarlo. El ambiente de la calita cada vez se iba cargando más de furibundos bañistas, padres de niños, señoras empapadas y defensores  de la legalidad vigente, mientras las dueñas sacaban las uñas, no contra sus perritos sino contra los bañistas.

 A mí, la verdad, los perros no me disgustan, incluso acudo con  mis nietos a la playa de perros a bañarnos cuando me lo piden, pero me molesta que los dueños no cumplan las normas, no los tengan controlados, se te envalentonen si los miras mal, y la monten porque les llames la atención.

Me hallaba yo hablando con una de las vecinas que unos momentos antes les había afeado su comportamiento y se me encaró una de las  dueñas. “Señora, qué pena”, me dijo así, como muy contrita. “Usted se enfada porque hay perros en la playa, y sin embargo se va a meter en el agua llena de crema que mata a los peces”. La miré largamente y decidí que ante argumento de tan enorme calado lo mejor iba a ser no contestar,  meterme en el agua y relajar mi furia asesinando a un chipirón, dos sardinas y algún alga en edad de merecer.

La torre de Babel todavía existe y, quizá por eso, lo mejor es hacerte la loca cuando alguien te pide una sierra porque a lo mejor se refiere a un martillo y la liamos.

Ese es el problema del país, del parlamento, de las elecciones y de todo lo que nos rodea, que estamos en plena torre de Babel, que nunca construiremos nada y que no queremos reconocerlo.

domingo, 11 de septiembre de 2016

AGRESORES INCONTINENTES


                                          

  imagen: Chema Madoz

 
 
 
Una cualidad que tienen los agresores psicológicos es que no se cortan para soltarte alguna inconveniencia. Nunca tuve muy claro si nacieron así, si es que alguien les dijo que resultaban graciosísimos, o lo aprendieron en el duro devenir de la existencia.

Como esa especia se caracteriza porque suelen pillar desprevenida a la víctima; mientras reaccionas, comprendes la magnitud del insulto, tratas de contestar de forma elegante para no liarte a bofetadas, y asimilas “el vapuleo”, el agresor ya se ha marchado dejándote hecha un guiñapo.

Suelen ser cordiales, sacan su aguijón sin previo aviso, sin siquiera un leve movimiento de cejas que avise del inminente disparo a quemarropa. No hay tiempo para la reacción, y logran que pases una buena parte de tu valioso tiempo buscando la respuesta inteligente para dejar  noqueado al agresor. Te conformas con una, la guay, pero esa, cuando por fin ha hecho un huequecito en tu mente, ha transcurrido tanto tiempo que ya ni pega.

No es que seas lenta en respuesta, es que no estás preparada para la guerra de guerrillas.

Tengo una tía a la que inexplicablemente la familia quiere y admira,  a pesar de saber  todos que los va a poner “a caer de un burro” en cuanto  crucen con ella dos palabras, les hace gracia o se les sube el síndrome de Estocolmo al flequillo, no lo sé, pero en cuanto se acercan a darle un abrazo, reciben la correspondiente bofetada.

Yo, en cuanto la veo aparecer, me coloco la faca en la liga y la espero. Pero se me deben afilar los diente, el semblante, la mirada, y vete tú a saber qué, pero me quedo con ganas de atacar, porque no me insulta. Una vez me dijeron que se me ponía cara de tigresa a punto de embestida, y que quizá por eso lo dejaba estar.

 Ya sé que ante ese tipo de personas  hay que mantener la calma y la elegancia, pero mi padre que era un visceral de la vida, aseguraba que cuando alguien te insulta, se abre la veda, que  a partir de ese momento puedes responder todo lo que te apetezca. A mi madre se la llevaban los demonios. “Pero, hombre, ¿cómo enseñas eso a la niña? ¿No te das cuenta de que pierdes la razón porque tus respuestas son desproporcionadas?

 Y la verdad es que lo eran.

En una boda se acercó una prima que tenía por costumbre llamarle gordo (afrenta que desataba en él los más bajos instintos que ser humano pudiese albergar). Dicen que en cuanto le dijo: “Cada día estás más gordo” Él la miró fijamente a los ojos y le contestó: “Pues que sepas que tú eres una maleducada, y una birria completa, y lo fuiste siempre” Tuvieron que venir algunos familiares a poner calma y su prima salió gloriosa de aquel trance, ya que se deshizo en lamentos y victimismos trasnochados. Mi madre le regañó, y él hizo huelga de hambre durante una temporadita. Bueno, para qué exagerar, unas horas.

No puedo evitar recordar a mi padre siempre que alguien me suelta alguna impertinencia. Hasta me compré un libro sobre asertividad que decía que además de aprender a decir no, las respuestas a las agresiones deben ser comedidas y ajustadas al ataque.

Lo que me sigo preguntando todavía, es por qué los bajitos se vanaglorian en llamar gigantes a los altos, los gordos en  insultar a los delgados, los zafios a los educados, los incultos a los  cultos, los chabacanos a los elegantes, los que suspenden todas en llamar empollones a los que sacan sobresalientes…, mientras los agredidos callan y soportan estoicamente. Seguramente  por no hacer sangre, o a lo mejor por pena.  

Aunque si lo piensa uno bien, un poco de lastimita, si dan, la verdad.

 

miércoles, 7 de septiembre de 2016

PRESCRIPCIONES, INDULTOS, LIBRES DESIGNACIONES...


 

                                             

 
imagen: Rafal Olbinski
 

Una de las cosas que más me molestan de este país es la falta de información que dan los medios de comunicación. Puedo entender que los votantes del PP se sienten respondidos satisfactoriamente (porque es lo que buscan)  si les cuentan que el ministro Soria al pertenecer al cuerpo de Técnicos Comerciales del Estado, puede optar a un alto cargo en el Banco Mundial. Bueno, no solo puede, sino que sería “ilegal” no ocupar ese cargo.  Es como si un inspector de Hacienda pueda optar a ser Delegado de la oficina contra el Fraude Fiscal. Por supuesto. Si por poder, puede. Son nombramientos que se producen entre los miembros de un cuerpo por libre designación. Vale. Pero eso no significa que no haya un buen número de Técnicos Comerciales limpios de papeles en Panamá  que también puedan optar a ese puesto, ni que se nombrase, pongo por caso, Delegado de Oficina de Fraude a un implicado en algún caso de ocultación en paraíso fiscal (sería el colmo). También puede ser que cómo ha prescrito el delito, o sea que ya no está imputado, se haya convertido en un ser sin mezcla de mal alguno  que merece una libre designación como cualquier otro de sus compañeros. ¿Acaso no está prescrito? ¿Acaso no está también cumplida la condena de Otegui? Pues si nos ponemos así, oye; Lendakari.

Algunos de los responsables de los ERES de Andalucía cuya condena prescribió por dejadez o falta de medios…, no solo no tienen ya la culpa de nada, sino que pueden volver a nombrar a semejantes personajes para puestos que conlleven la administración de bienes de la inocente población o de los inocentes parados. También ha prescrito el delito por el que la concejala Tania Sánchez  y su padre aprobaron la concesión de unos contratos a una empresa de su hermano e hijo por valor de 1,4 millones. Por eso la vemos en el hemiciclo como diputada por Podemos, sin mácula.

 No, si por prescribir, en este país está casi todo prescrito, y si no lo está, lo estará.  

Al registrador que tenía que inscribir un embargo, se le olvidó hacerlo. Fíjate tú qué despiste tan tonto. Y el supuesto embargado hace mangas y capirotes con sus bienes en nuestras narices, sin que el presunto funcionario responsable tenga nada de qué responder.  

Y así hasta ciento: Los implicados en el caso GAL fueron objeto de indulto por parte del equipo contrario; Aznar.  Por lo menos eso es lo que contó Alfonso Guerra en la tele al preguntarle al respecto.

En el caso del vicepresidente y Consejero Delegado del Banco de Santander Alfredo Saenz, el indulto lo firmó  el capitán del equipo contrario; Zapatero. Oye, hoy por ti  y mañana por mí. 

¿Se tratará todo de ineficacia? Eso quiero pensar, porque después de ver cómo en Colombia, los sicarios de de Pablo Iglesias amenazaban a las familias de los funcionarios y de los jueces, los mataban, los secuestraban  o los torturaban, me pregunto lo poquito que se necesita en este país para convencer.

 Desaparecen, prescriben, indultan y demás, sin necesitar amenazas de narcotraficantes. 

Bueno, que a lo mejor todo prescribe, que a lo mejor todo pasa y todo queda, pero por favor no nos toméis por lerdos que aquí hay gente seria y nos quieren hacer comulgar con ruedas de  molino. Ni Sánchez es el único culpable de que el país se vaya a pique, ni los demás son tan honrados como nos quieren hacer ver.

 Funcionarios, jefes, policías, jueces y periodistas honrados, por favor, saquen de una vez por todas las verdades.

Propongo una cosa muy sencillita para una tarde lluviosa y fría de invierno. Métanse en google y pregunten, pregunten quienes ocupan cargos importantes después de haber sido en su momento apartados de sus cargos por irregularidades. Algunos han sido borrados pero todavía quedan un montón.

Pregunten a Google y verán lo precarios que nos podemos llegar a sentir.

 

jueves, 25 de agosto de 2016

EL PROTOCOLO SANITARIO


 

                                              

 




 
 



imagen: Chema Madoz
 
 
 
 
La medicina ha debido cambiar mucho últimamente. Quiero decir, que si un médico va en coche y presencia un accidente, no se debe detener a socorrer a las víctimas si no son de su especialidad. “Se consideraría intrusismo”. De eso me enteré el otro día, en el ambulatorio para desplazados. Me lo contó una señora parlanchina que esperaba ser atendida. “No puede ser”, le dije incrédula “Existe el deber de auxilio”. “Nos pasó a mi marido y a mí. Vimos un accidente, le propuse que se detuviese para ver si había heridos y dijo que ya había gente para atenderle y que no era de su competencia". Por lo que se ve el hombre es urólogo y pensaba que el problema de los accidentados no debía rondar esos derroteros por lo que aceleró y se metió en la autopista de la playa tan campante.

 Recordé entonces que mi hermano, también médico, cuidados intensivos, para más datos, siempre me decía que lo peor que te puede pasar en la calle es tener un percance sanitario, un jamacuco, vamos. Según él, salen de todos los rincones, caminos, callejones y portales los más tontos a dar su opinión sobre lo que se le debe hacer al enfermo. Lo primero que hacen es concentrarse a su alrededor para quitarle el aire, y ya más tranquilos, dar opiniones contradictorias y absurdas. Como mi hermano no era urólogo, debía tener capacitación suficiente para intentar ayudar al lesionado y lo hizo. “Si llegan a hacerle lo que proponían lo desnucan y se lo cargan ahí mismo, sin bendiciones apostólicas ni nada por estilo”, me explicó dejándome un ligero regustillo a precariedad.

Entonces, me refiero a hace algunos años, si decías que eras médico y tratabas de ayudar, la gente se hacía a un lado y cumplía a rajatabla las ordenes que el facultativo tuviera a bien ordenar. De esa forma el enfermo salía mejor, o por lo menos, no rematado.

Ahora, por lo que se ve, las competencias están muy definidas, y si te caes redonda en la puerta de un Hospital General de la Seguridad Social, pongo por caso, y no pilla una furgoneta del Samur a mano, no puede atenderte nadie hasta que esta no llega. Y si tarda, pues el abanico de médicos y médicas,  enfermeros y enfermeras que pasan por su lado, se limitan  a hacer una porra a ver si aguantará el enfermo o no. Eso, por lo menos, fue lo que me estaba contando la señora parlanchina en el ambulatorio cuando se abrió una puerta y un médico empezó a nombrar a paciente, que se debían haber echado la siesta y no estaban para acudir a consulta. Cuando llevaba siete nombrados sin que nadie diese razón, se dirigió a nosotras y se quejó de la falta de seriedad de los pacientes. Como nosotras, además de pacientes, llevábamos más de tres cuartos de hora esperando a que nuestro facultativo asignado se dignara a aparecer por la consulta,  nos prestamos gustosas a llenar su vacío, pero dijo que no, que cada uno con lo suyo. Le explicamos que llevábamos mucho tiempo esperando y que no teníamos inconveniente en hacer un cambio de parejas sanitario y subrepticio. Al fin y al cabo no conocíamos a ninguno de los dos ya que pertenecíamos al ambulatorio de desplazados, que quizá no es el mismo que el de cojos o el de foráneos.  Pero le salió la vena corporativa y nos dijo indignado que ellos también tienen derecho a veinte minutos de asueto.

“Si todavía no ha llegado, ¿cómo va a necesitar asueto?" pregunté imbuida por mi corporativismo de paciente cabreada. “Lo siento”, dijo, y se metió en su despacho a barruntar la falta de responsabilidad de los enfermos.

Los teléfonos sonaban sin parar pero las chicas de recepción no los cogían. ¿Serán los pacientes del médico indignado?, pregunté. ¿Por qué no cogen el teléfono? Sí, sí que lo cogemos” dijeron, y continuaron a lo suyo y sin descolgar.

Por fin llegó nuestro asignado, una hora más tarde y sin darnos ninguna explicación, se metió en el despacho a llamar por el móvil con la puerta abierta, que ya ni de eso se cubría, le echó otros quince minutos a un familiar parloteo y quizá  también al Candy Crush.

 ¿Serán también normas que impone el protocolo sanitario?

domingo, 14 de agosto de 2016

LAS ADICCIONES SON CUESTIÓN DE EDAD


 

                                              

 

 

 

 

Tengo un vecino en la playa, es de Guadalajara y año tras año lo reencuentro en el ascensor el día uno de agosto. Tiene un cierto aire equino, pero eso no importa porque es un anciano culto y enormemente educado. Al abrirse las puertas sonríe suavemente, eleva su mano derecha, se quita la gorra de Asisa, y dice ceremonioso: “Celebro”.

El año pasado me dijo que no sabía cuánto tiempo iba a permanecer en la playa porque su suegra estaba muy mal y esperaban el óbito de un momento a otro. El óbito ni se produjo ni se espera en breve, a pesar de sus más de cien años.

Este verano las cosas ya no son iguales. Han cambiado los ascensores y nos han instalado una pequeña pantalla de TV que tras una musiquita suave e insinuante no deja de dar información incoherente, supongo que  para mitigar el calor, las conversaciones absurdas,  y el aburrimiento del ascenso y el descenso. Como ambos vivimos en el piso veinticinco, nos hemos hecho adictos a la información periférica que nos muestra la pantalla, igual que otros se han hecho a cazar Pokemóns (es cuestión de edad).

 La pequeña TV no solo nos informa de que Los caballos corren 40 km por hora y podrían llegar a correr 80, sino que explica con todo lujo de detalles cuántos huevos ponen las mariquitas, en qué año Rommel fue nombrado director de la Gestapo, que nacen un 50% menos de leones que antes, y hasta intercala máximas profundas para evitar que nos trivialicemos mientras subimos de la playa. Dice que la vida sino es para darla por los demás, no merece la pena ser vivida. Observo a mi vecino por el rabillo del ojo y veo como se le desprende una lágrima. Supongo que estará pensando en su suegra que no da la vida ni a los cien años. Le preguntó por el óbito para desdramatizar un poco, pero no responde porque está muy interesado en la nueva información. “Mira, qué casualidad”, me dice ilusionado. “Tal día como hoy en 1521 el imperio azteca es vencido por los españoles”. Es 14 de agosto y comprendo el calado de la información, por lo que le propongo volver a bajar y subir los veinticinco pisos en honor a nuestros ancestros conquistadores. “Celebro”, me contesta con su sonrisa equina y su gorra ladeada, e iniciamos el descenso.

viernes, 5 de agosto de 2016

LAS COSAS


 

                                                             

 

 

Siempre me han obsesionado las cosas, entendiendo por cosas las pertenencias personales. Quizá sea porque cuando murió mi abuelo me pasaron inmediatamente a su habitación. Fue un poco traumático, la verdad, porque ni siquiera me habían comprado mis propios muebles  y tenía que compartir su escritorio, su sillón en el que dormitaba por las tardes,  sus libros, su olor. Sobre todo, su olor. Era un poco como si no se hubiese muerto del todo, como si deambulara de aquí para allá en una dimensión que yo percibía pero no era capaz de ver.

Día tras día se iban llevando sus muebles, su sillón, sus gafas. Cada tarde, cuando volvía del colegio, encontraba un nuevo hueco en mi habitación y una nueva posibilidad de poner lo mío; mis juguetes, mis cuentos, mis lápices de colores. A pesar de ilusionarme con los nuevos espacios, siempre acababa topándome de golpe con algo que se parecía mucho a la melancolía.

Una mañana encontré a mi madre arrastrando un baúl por el pasillo, dijo que era para vaciar el armario del abuelo y meter su ropa, dijo también que se lo iba a enviar  a mi tío, a Madrid.

Cuando regresé del colegio, el baúl ya no se encontraba en la puerta, su armario estaba vacío. Creo que fue aquella noche cuando tuve el sueño. Se trataba del abuelo, deambulaba por el pasillo de la casa en calzones, buscaba su ropa. No le quise decir que se la habían llevado a Madrid para mi tío, porque no quería que se diese cuenta de que ya no la iba a necesitar nunca más. No sabía cómo explicarle que se había muerto y que las camisas no le iban a servir, ni los libros, ni siquiera su sillón

Desde entonces, cada vez que alguien fallece en mi familia, sueño que regresa a por sus cosas y que yo disimulo para no tener que explicarle que es que se ha muerto y que ya para qué.

 Quizá es por eso que cada día me gustan menos las compras, las rebajas, los recuerdos de los viajes, las figuritas o los abalorios. Y cuando llegan las ofertas o me entero de que tal o cual persona se ha corrompido por tener cien trajes de Armani en su armario, o me enseñan su mansión llena de comedores y salones incapaces de albergar la confortable sala de estar en la que se lee o se comparte lo pequeño, lo imagino en el futuro, por los pasillos de su mansión, buscando las trescientas camisas de diferentes colores, o la colección de coches, tan atareados ellos en sus cosas,  y es entonces cuando recuerdo al abuelo y su baúl, y las rebajas, y las mansiones enormes en las que parece que vivas en un hotel.

Es posible que todo este agobio que me producen las cosas se deba a que me trasladaron demasiado pronto, o demasiado deprisa, o demasiado niña, a la habitación de mi abuelo.