
Imagen: Perez Morales
No siempre lo que duele nos perjudica.
El rechazo, por ejemplo, nos define, nos da una identidad más allá del otro, y graba una raya negra que perfila nuestro ser único.
Es doloroso ser rechazado, incomprendido y apartado, sí. Pero al mismo tiempo nos pone límites respecto a los demás.
Una película de Woody Allen, “Zelig”, trata de una persona que quiere ser amada y comprendida por todos, y para conseguirlo se mimetiza con el otro, hasta el extremo de convertirse en él. Es boxeador y saxofonista, rabino o líder político, todo dependiendo de con quién esté. Como todas las películas de Woody Allen, como todo humor, tras la mofa se advierte un fondo amargo.
Si fuéramos queridos y aceptados por todo el mundo, desaparecerían nuestros límites y no seríamos nada. O por lo menos, no llegaríamos a saber jamás quiénes somos.
El rechazo que nos duele, nos define.
Entre los amigos fluye una energía que interactúa, se diluyen los perfiles. Esos perfiles que ellos no nos pueden dar porque comparten.
Es fantástico tener amigos, por supuesto. Ya dijo Aristóteles que es la manifestación más perfecta del hombre, lo que nos humaniza.
Pero también es cierto que el que no haya sufrido rechazos, patadas, zancadillas, está sin definir.
Por tanto, bienvenidos los que nos niegan.
Bienvenidos por sus incomprensiones, por las fronteras que nos dibujan, por definir nuestra identidad y resaltarla con sus rayas negras.
Duele, pero no perjudica.