Textos

domingo, 2 de febrero de 2014

CURIOSAS RELACIONES



                                  



Alguien, respondiendo a una de mis entradas, me contó que una anciana de su pueblo, al enterarse que le gustaba leer, un día le llevó un montón de revistas viejas. Le parecía curiosa la relación que había establecido entre el gusto por la lectura y las revistas del corazón. Eso ha traído a mi memoria que estudiando el último curso de carrera, se presentó en casa la nueva vecina. Le impresionaba saber  que yo era estudiante. Creía que los estudiantes cuidaban niños, no porque necesitaran sacarse un dinerito adicional, sino porque era condición “sine qua non” para estudiar. También pensaba que los estudiantes quemaban papeleras en los ratos libres. Eran dos ideas preconcebidas que la empujaban a temerme y necesitarme a la vez.
Por la noche la escuchaba hablar con un tal Mariano por el respiradero de la cocina. Le contaba que en el apartamento contiguo vivía una chica que fíjate tú, estudia. Descubrí su miedo cerval a los estudiantes porque hablaba de nosotros como revolucionarios, barbudos, desaliñados, cargados de pancartas y dispuestos a romper cristales por cualquier nimiedad. Mariano no solía contestarle. Algunas veces dudaba de si se lo inventaba. Era tal su paranoia que un día le gritó que no pensaba comprarse un vestido largo para la boda de una tal Purita, porque si al salir de la iglesia se encontraban con una manifestación de estudiantes, no podría correr y se la llevarían de rehén.
Pensé que quizá se tratara de una fantasía erótica y persecutoria por lo que decidí acrecentarla metiendo por debajo de la puerta panfletos subversivos que pillaba por el suelo de la facultad, y ella se lo contaba a Mariano. Un día me pidió protección a cambio de invitarme a comer. Debía pensar que tenía contactos de alto nivel en la facultad. Le dije que haría lo que pudiese pero que no le prometía nada. También le dije que lo mejor era contratar de canguro bien pagada a una de las cabecillas, mi amiga Clara. Le expliqué que sería un poco como esos gitanos que cuidan las obras previo pago para no saquearlas ellos mismos. La pobre Clara acababa de perder la beca y lo estaba pasando fatal. Gracias a las curiosas relaciones que la gente se monta, fue contratada y eso le sirvió de ayuda. Pero lo que todavía no he logrado saber es a quién le contaba esas historias ya que Clara me aseguró que los sábados salía sola, y que jamás vio a ningún hombre en su casa.
Y es que se pueden vivir existencias paralelas e interconexiones inexplicables sin necesidad de acudir a la física cuántica.


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