Textos

viernes, 31 de enero de 2014

UN RUBIO EN EL 4ºB


PORTADA: ALVARO GARCIA-ROMEU



Escribí “UN RUBIO EN EL 4ºB”, hace ya mucho tiempo. Era una época difícil para mi hija, entraba en la adolescencia y necesitaba comprenderla, saber qué era lo que le estaba pasando, cómo se sentía. Pensé entonces que nada mejor para lograrlo que escribir sobre la vida de una adolescente y meterme en su piel. Quería enfrentarme a cada una de las situaciones a las que ella se enfrentaba, traspasar ese muro de infancia a adolescencia de su mano, sin herramientas, con mil inseguridades, dándome golpes y aprendiendo a quererme un poco más cada día.   
Fui creando una historia en la que me introduje sin demasiados problemas. Todas las tardes, cuando me sentaba a escribir, iba desapareciendo mi yo adulto para convertirme en Marta, la adolescente. Sentía sus altibajos emocionales, me hacía preguntas que ya tenía olvidadas, preguntas que a base de no ser respondidas habían quedado en el olvido. Sentí la necesidad de mimetizarme con el grupo para no ser excluida, de gustar por encima de todo, de ser popular, pero al mismo tiempo, no podía dejar de ser critica con la hipocresía que me rodeaba.
Así fue como nació esta novela, poco a poco, transformándome en esa adolescente enamorada y perdida.
La novela tuvo desde el principio el beneplácito de todas las editoriales a las la envié, pero todas me animaban a cambiar el contexto, a situarla en la época actual. No estaba de acuerdo. El entorno tiene muy poca importancia en esta novela, y sin embargo de no haber sido por él, quizá nunca la hubiera escrito, porque un suceso me llevaba a otro, y un recuerdo real a otro ficticio. El subconsciente funcionó como funciona todo lo que sale de lo más profundo.
El narrador está ubicado en el interior de una chica que ve e interpreta desde lo más hondo. Su realidad, el mundo en el que vive, es bastante tranquilo. Sin embargo, su interior está en perpetua ebullición. Marta, la protagonista de la novela, es curiosa, guasona y enormemente crítica con los mayores, pero también consigo misma.
El lenguaje que la narradora utiliza es coloquial porque necesita  contarnos lo que le ocurre, quiere hacernos participes de sus problemas para que la comprendamos Solo utilizará un lenguaje importante cuando quiera escribir la novela de su vida, porque lo hará  con frases grandilocuentes copiadas de novelas románticas.   
Gracias a esta obra  entré  en el mundo de la literatura juvenil.  Hasta ese momento había publicado dos títulos de adultos.  Los editores después de leerla, me animaban a que probara ese género, y yo lo intenté. He publicado otras dos novelas juveniles y está a punto de salir la tercera. Sin embargo, esta, que fue el origen de todo, se encontraba en un cajón de mi escritorio esperando una oportunidad que yo le he dado.  Me he lanzado a publicarla con Amazón, y espero que guste a mis lectores tanto como me gusta a mí.

lunes, 27 de enero de 2014

MEJOR “HOLA” QUE LITIO


 

 Paz debe confundir el litio con el “Hola”, porque apenas imagina que estoy  baja de moral me trae un “Hola”. Ella piensa que eso me hará venirme arriba y yo la dejo.  No soy muy forofa de ese tipo de revistas, la verdad. Antes las leía en la peluquería por las fotos, las recetas y alguna vez por los crucigramas, pero desde hace un tiempo ni eso.

No sé si porque me han cortado el pelo a lo sastrecillo valiente, o porque he pasado un catarro que me ha echado encima todos y cada uno de los años que tengo, que me ha debido ver de pena y me ha traído esta tarde un montón de revistas atrasadas.

Lo primero que me ha llamado la atención son las mansiones que se disfrutan algunos famosos. Por ejemplo, David Coperfild no se ha comprado una casa sino unas islas. En algunas construye y en otras no, solo deja unas tumbonas con vasos y pajitas de colores por si pasa por ahí. La casa principal, la que se supone que habita, tiene un salón lleno de metros cuadrados. Cuando veo esos salones tan enormes que parecen los de un hotel, no puedo evitar preguntarme dónde lee o ve la TV ese buen hombre. Ya sé que tengo una visión muy pobre de de las cosas del vivir, pero hasta los millonarios necesitan un rinconcito, un sillón acogedor y un poco desvencijado, un ordenador si quiera para hacer solitarios, algún libro. No sé.  Pero busco por doquier y no lo encuentro. Imagino al pobre David cambiando de ambiente una y otra vez para encontrarse a gusto. Pasando del salón rojo al adamascado, subiendo las escaleras de madera  y bajándolas sin encontrar un hueco para el descanso. Su pareja, con la que está ahora y nos cuenta que ya es para siempre, hace juego con el salón principal. Es jovencísima y se viste de largo porque dice que va a cenar. Con tan fausto motivo nos enseña el comedor con la mesa puesta para doce comensales. No sé si lo de poner doce cubiertos es por alguna cábala que se me escapa o por no dejar el inmenso comedor tan frío.  Él, que como es mago ha debido escuchar mis pensamientos, dice que es que le gusta invitar, que a algunos ni siquiera los conoce. Imagino las fiestas que daba el gran Gastby, de la novela de Scott Fitzgerald y me ubico. Mientras tanto vuelvo a fantasear con David buscando ahora una mesa para cenar, porque en el jardín tiene otra, esta vez con ocho cubiertos y adornada como para irse de safari, y en la isla de la izquierda hay otra también preparada con velas, guirnaldas y flores para una fiesta hawaiana. ¿Dónde cenará al fin?, me pregunto. De nuevo me escucha, y me dirige a una cabaña para invitados que tiene en otra de las isla, allí dice que estuvieron Penélope Cruz y Javier Bardén en su luna de miel, porque aunque tampoco los conocía de nada, le hizo ilusión invitarles. Pienso que debió ser un poco por usar, porque no se va a hacer una cabaña para nada. La novia de David que además de joven es monísima, se ha cambiado de vestido  otra vez, porque no es lo mismo cenar en el salón principal, que en la terraza de safarí, o en la hawaiana. La chica para siempre está hecha un lío porque no está dispuesta a desentonar con el ambiente. Él cuida su imagen bastante, no en vano trabaja cara al público.

Las revistas logran su efecto. Ya me está entrando el sueñecito cuando veo en la portada de otra, que Isabel Preysler ha ido a Miami para visitar a  su nieta. Los ojos se me cierran pero no antes de leer un pie de foto escrito por el mismísimo Chakespeare. “Junto a estas líneas. Isabel -que lleva pantalón de Gucci, cuerpo de Fabiana Filippi para Topo-Hom y collar y anillos de Coolook- abraza cariñosa a su hija mayor.

Luego ya me duermo.

sábado, 18 de enero de 2014

LOS COLORES DEL ARTISTA






Cuando Susana vio que el verde del muñeco que se encendía en el semáforo era el mismo verde del césped recién cortado, y empezó a oler a tomillo y a orégano, sintió de nuevo el miedo a los colores intensos. Se asustó un poco al principio, pero prefirió no darle importancia. Sin embrago se dio cuenta de que el azul del vestido de la chica que acababa de entrar, era el azul del verano, de un día despejado, de mar tranquilo y de peces. Era el azul de una tarde a la hora de la siesta con un catamarán a lo lejos y mil velas en el horizonte. Se alarmó un poco más y decidió regresar a casa porque las naranjas de aquella frutería por donde pasaba el autobús, eran tan brillantes que su lengua se volvió ácida, y los plátanos dolían en su intensísimo amarillo. Pero en realidad decidió regresar cuando vio en las arrugas del anciano que acababa de sentarse a su lado, todas sus risas y desalientos. Vio en un surco de su frente el nacimiento de un miedo, y en la comisura de la boca la alegría de una tarde de amigos. También vio dos pequeñas arrugas de abandono en el carrillo derecho, y dos surcos de desamor junto a los ojos. Cada arruga llevaba el sello de una historia digna de ser contada cualquier noche de junio frente a un vaso de sangría. Esperó la siguiente parada para coger el autobús de vuelta. No podía demorarse más. Quizá si tardaba no lograría llegar a tiempo. Y durante el regreso se tapó los ojos  para no ver el rojo de un atardecer en las letras de una gasolinera, y el negro de una pena en las escaleras de una iglesia, ni el violeta de las hortensias, ni el ámbar de un caramelo.
Su respiración cada vez se hacía más dificultosa, era como si le faltara el aire.
Cuando llegó a casa se tapó los ojos y tanteando, metió en la maleta su pijama verde, sus pantalones azules, su bata amarilla. Metió sus zapatillas de cuadros morados y se dirigió a la clínica.
La recibieron cordiales y la acompañaron a una habitación que ya conocía. Allí pasó muchos días, y tomó muchas pastillas, todas las que necesitó para ver de nuevo el blanco y el negro, el gris claro y el oscuro.
Cuando regresó a casa, las naranjas habían perdido su acidez y con ella su color, también los plátanos y la bata de su madre. De nuevo vio arrugas que no tenían interpretación, y todo el mundo dijo que estaba curada. Por eso se atrevió de nuevo a coger el autobús y mirar a su alrededor. Era cierto: estaba curada.

jueves, 16 de enero de 2014

DELITO FISCAL








Últimamente se juzga a los sospechosos de robo, no por el código penal sino por delito fiscal. Debe ser que lo de Al Capone caló hondo. Al mafioso no le podían imputar crímenes porque lo tenía muy bien montado, y al final, en vista de la imposibilidad de pillarlo, optaron por condenarlo por delito fiscal.
En la actualidad todo se ha vuelto mucho más complicado pues ya no hace falta que se cometan crímenes perfectos con miles de testigos, ahora basta con que se robe algo, mucho o regular, para que dejen a la justicia como coja de argumentos. Entra dinero público en una sociedad privada por ejecución de obras o prestación de servicios que no se han realizado, y a los jueces y fiscales los dedos se les hacen huéspedes. ¿Cómo que ha salido dinero de todos los españoles para entrar en una sociedad  por servicios que no se han realizado? Qué lío, madre mía, ¿y cómo instruyo eso? Entonces se acumulan los folios, cantidad de folios, porque se vuelve muy complicado eso de sale de allí, por vete tú a saber qué sistema, y entra acá. Claro, la justicia acaba liándose más que las patas de un romano.
Menos mal que aún nos queda el fisco, dicen al fin, la mar de relajados. Porque, mire usted, no importa que se robe, ni cuánto, ni quién llevaba las cuentas y permitió el pago de esto o lo otro, sino lo verdaderamente importante es que se tenga la osadía de no declararlo.
  Es como si consiguieran meter en la cárcel a las bosnias del metro, no por un delito continuado, sino por no declarar ni el IVA, ni el IRPF, ni siquiera estar dado de alta en actividades económicas, epígrafe: “trincar en el metro”. Creo que si esas pobres chicas se enterasen de que están en la cuerda floja por no llevar al día el libro de facturas emitidas, recibidas y bienes de inversión, se morían del canguelo.
Si es que la Ley General Tributaria debería ser nuestro libro de cabecera.

jueves, 2 de enero de 2014

EL REY BALTASAR







Toda la vida había sido fan del rey Baltasar.
Lo veía exótico, cariñoso. Un rey con mucho mundo y miles de cosas para contar. Era mi rey preferido.
Yo había montado “un pollo” unos días antes en plena calle. No recuerdo el motivo, solo sé que a partir de ese momento no se hablaba en casa de otra cosa. “Prepárate porque no te van a traer juguetes,” decía mi madre. “Un criado de los reyes estaba tras una portería y lo vio todo”, insistía mi hermano. “Es cierto, yo también lo vi,  apuntaba en una libreta de color negro tu nombre”, me contaba otro.
Me tapaba los oídos para no escucharles. 
Yo confiaba en Baltasar, en su sonrisa, en la cantidad de años que tenía, en que sabría que yo me había arrepentido porque los reyes lo sabían todo, para eso eran magos. Porque una pataleta la tiene cualquiera y tampoco era para ponerse así, pensaba.
Lo miré suplicante cuando pasó por mi lado subido en su carroza el día de la cabalgata. Él se mostró cordial, incluso me arrojó unos cuantos caramelos con papel dorado, y esbozó una sonrisa franca, como de amigo. Me parece recordar  que hasta me guiñó un ojo.
Mi madre y mis hermanos podrían decir lo que quisieran pero Baltasar me había perdonado, de eso estaba segurísima.
Me acosté temprano aquella noche de reyes, y como todos los años, hecha un manojo de nervios. No me atreví a levantarme ni para ir al baño, porque …, “si te ven despierta no te traen nada”
Al levantarme fui corriendo al balcón dónde había dejado alfalfa para los camellos y turrones para los tres, no fueran a ofenderse por la predilección. Tres copitas de vino dulce para que se les pasara el frió de la noche, y algunas nueces por si el regreso a Oriente se les hacía muy largo.
Abrí la ventana y solo vi unos trozos negros, enormes, oscuros y compactos, creo que eran cuatro bloques de carbón. El carbón de los excluidos, de los que no merecen nada. Había también una carta pero no quise saber nada de ella.
Me encerré en mi habitación y no salí hasta el atardecer, a pesar de la insistencia, no solo de mi madre sino de toda la la familia. “Que aquí dice que como te arrepentiste abras el otro balcón”, “Que sí, mujer que te han perdonado.”
Era cierto, el otro balcón, el que daba a la calle a de atrás, estaba lleno de juguetes, pero eran juguetes  que habían perdido su magia.
Fue el único año en que me negué a fotografiarme con los regalos, el único que no he olvidado, que recuerdo paso a paso. Me duró el disgusto varios días, y juré no volver a relacionarme con Baltasar nunca más.
La vida me ha traído carbón en infinidad de ocasiones, me lo trajeron algunas profesoras del colegio, amigas traicioneras, amores frustrados, catedráticos injustos y jefes prepotentes. Me han dejado carbón en mis proyectos y en mi ilusiones, pero siempre he  buscado otro balcón, el que contiene otra oportunidad, quizá el que diera a la parte de atrás. No siempre lo he encontrado lleno de regalos, no siempre al volver a intentarlo he logrado el éxito, pero siempre he tenido claro que hay que intentarlo porque existen miles de balcones, y a lo mejor el premio está esperándote en otro, quién sabe, e incluso a veces el regalo que encuentras es mucho mejor que el que habías pedido.
Aquel primer carbón que mis hermanos se zamparon en el desayuno porque resultó ser de azúcar, me enseñó poco a poco a superar las frustraciones, a saltar por encima del fracaso, a no echar la culpa a nadie y buscar dentro de mí las causas, los motivos, los errores.
Ayer mi nieta se acercó al rey Melchor que se apostaba en la puerta del cuartel del Conde Duque para explicarle que se había portado mal con su madre. Melchor la escuchó con paciencia, pasando su brazo por el hombro, cariñoso y comprensivo. Le dio un pequeño rapapolvo envuelto en piruletas y afecto.  Le explicó por qué no lo debía volver a hacer, y la perdonó.
Ella salió feliz del encuentro, se lo contó a su hermano, se lo contó a su padre y me lo contó a mí.
Recordé mi enemistad con Baltasar.
Espero que Melchor no se la juegue, que no le traiga carbón, ni de azúcar ni de nata, porque el primer carbón no se olvida nunca. Ya sé que cuanto antes lo recibas antes aprenderás a superarlo. Aunque a ella no, por favor. Cuesta mucho enseñar a levantarse a los nuestros porque para eso antes tienes que dejarles fracasar, y duele tanto.