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miércoles, 23 de diciembre de 2015

MI PADRE Y LOS ELECTRODOMÉSTICOS















Se acerca la Navidad y me habían ofrecido una demostración para comprar un robot de cocina. Dicen que la cena me la iba a ver hecha, que era sencillísimo de usar y limpiar, que  de esa forma pasaría más tiempo con los míos. Muy navideño todo. Sin embargo no pude negarme a la visita,  no en vano estamos en tiempo de recuerdos.
A mi padre le gustaba la electrónica. Creo que más que gustarle, le apasionaba. En cuanto veía un aparatito nuevo en el mercado, perdía el norte. No importaba que fuese un transistor, un reproductor de sonido, una tostadora, un cuchillo eléctrico o un mecanismo para hervir huevos. Teodoro, su proveedor de cosas innecesarias, solía venir los viernes y siempre traía un artilugio electrónico. En cuanto mi padre escuchaba sus pasos por la escalera, le abría la puerta la mar de ilusionado. Nos visitaba habitualmente y siempre traía algo recién salido al mercado, un nuevo descubrimiento científico y casero que hacía sus delicias.
Y así era nuestra vida, lo mismo aparecía con una jaula que contenía un pájaro de pega, capaz de entonar los melodiosos gorjeos graves y agudos, dulces y animados de un jilguero, de un canario, ruiseñor o petirrojo (todo dependía del interruptor que presionaras), que con una pitillera de rayas blancas y azules, que cuando apretabas un botón salía un solo pitillo acompañado por los acordes de  la marcha Radetzky.
 A mi me gustaba su afición, todos los hermanos habíamos heredado algo de su apego por los aparatos, pero mi madre se desesperaba.
“Ni se te ocurra sacar esa pitillera delante de mis amigas”, le decía furiosa ante la sorprendente aparición del pitillo musical.
Transcurrían de esa manera los días en mi casa, con descubrimientos continuos de las más altas tecnologías. Fuimos los primeros que tuvimos en nuestra cocina un microondas de tamaño enorme, también dispusimos de una inmensa pantalla efecto lupa para la televisión, diseñada más para grandes espacios que para nuestro pequeño cuarto de estar, lo que ocasionó que nos tuviésemos que agrupar en el extremo más alejado de la pantalla para que no nos lloraran los ojos.
Pero lo más gordo ocurrió la mañana que visitamos una feria de muestras en Murcia. Había un charlatán que vendía un robot de cocina de la época. Metía cuchillas, sacaba zumos; metía tomates, sacaba ensaladas; metía plátanos, sacaba batidos; ponía hielo, salía nieve. Mi padre estaba embobado, y aunque mis hermanos y yo tratamos de apartarlo de semejante tentación, regresamos  a Alicante cargados con la dichosa batidora y miles de artilugios que la acompañaban.
La verdad es que el vendedor era experto en aparentar que el funcionamiento era sencillísimo. Te daba la sensación de que si metías  una pastilla de caldo Avecrem lograrías sacar una gallina en pepitoria. El problema surgió al llegar a casa. Mi madre dijo que eso no entraba en la cocina, nosotros la convencimos y nos estudiamos el libro de instrucciones para quitar hierro al asunto. Pusimos cuchilla tras cuchilla. Pero la verdad es que sin aquel avezado vendedor, el funcionamiento no resultaba tan sencillo. No logramos más que elaborar miles de engrudos de diferentes sabores y colores. Lo peor fue lavar las dichosas cuchillas que lo acompañaban. No había quién despegara las pieles de las frutas, ni de las verduras, y el dichosos robot acabó arrinconado en el cuarto trastero junto con el jilguero de pega, el microondas, la lupa de la tele y la pitillera Radetzky.
Unos meses más tarde vimos en la feria de Alicante al mismo vendedor tratando de colar la batidora mágica a los viandantes. Continuaba a lo suyo, metiendo ingredientes y sacando suculentos platos, pero mi padre que no estaba dispuesto a perdonarle la estafa, se colocó frente al estand y gritó que todo era una patraña, le contó a todo el que lo quisiera escuchar que aquello no servía para nada, que limpiarlo era imposible. Se montó un buen lío y tuvimos que sacarlo de la feria para evitar que el hombre lo denunciara por afrentas.
Ayer vino la vendedora, quería hacerme una demostración de cómo funcionaba una nueva versión del robot culinario. Hablaba deprisa como el de la feria: metía cuchillas, sacaba cebolla caramelizada; metía huevos, sacaba suflé; metía zanahorias, sacaba sopa de verduras.
Era un prodigio, una maestría, un auténtico cerebro alimenticio, pero no lo compré por su recuerdo. Estoy segura de que él jamás me lo hubiese perdonado.






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