domingo, 6 de octubre de 2013

REQUETEMAL



REQUETEMAL







Cada vez me gustan menos lo programas de debate. Si fuéramos serios cada uno se sentiría avergonzado de lo que hacen aquellos a los que votó, y no se defendería diciendo “y los tuyos más”.
No entiendo como un votante de IU o del PSOE no lucha como gato panza arriba para que se esclarezca hasta las últimas consecuencias el caso de los ERES, cómo no desea con todas sus fuerzas limpiar el partido al que él le da su voto y su confianza. De la misma forma que no entiendo cómo los votantes del PP no exigen a los suyos el fin de las mentiras, la clarificación de una vez por todas de lo que está pasando con el caso Bárcenas.
Lo honrado, lo que diría mucho en nuestro favor, sería que cada votante exigiera a los suyos honradez y claridad. Exigirla ayuda a este país a levantarse. Si justificas lo injustificable por muy tuyos que los sientas, eres cómplice y sufrirás en tus carnes las consecuencias de tener un país corrupto. ¿Por qué eso no lo vemos? ¿Por qué tantos debates en la tele echándose los trastos en vez de salir a exigir que expliquen o se marchen? ¿Por qué somos tan poco éticos de aceptar las fechorías de los nuestros como si fueran propias? Es que acaso todos seríamos capaces de tomarnos una mariscada con el dinero de otros, de cobrar sobresueldos  salidos del bolsillo de empresarios para que el pueblo tenga que resarcir con su pobreza los servicios prestados a otros. ¿Acaso no nos repugna? ¿Acaso dudamos?
Necesitamos a los sindicatos para defendernos, como necesitamos a los políticos para que dirijan el país, pero no a los corruptos y maleantes  sino a los honrados, a los serios, a los responsables y para eso lo primero es serlo nosotros.
Con listas abiertas parte del problema se solucionaría, y sin aforamientos de tapadillo. Pero ellos no quieren, y mientras tanto nosotros nos peleamos para ver quién es más corrupto, más mentiroso, más manipulador. 
Si no queremos que se pongan de acuerdo para tapar mutuamente sus fechorías  unámonos para poner firmes de una vez por todas a nuestro representantes, y no dejemos que se desmadren en nuestras narices, se rían de nosotros, y aprovechen la inquina que siempre existió entre derechas e izquierdas para hacer mangas y capirotes con nuestro recursos, nuestra educación, nuestra sanidad y nuestros mayores. Que estamos muy requetemal. hombre. ¿Tan  difícil es entender eso? 

domingo, 8 de septiembre de 2013

EL AMOR DE MIRANDA




imagen. Salvador Dalí




Mi hermana Miranda se había quedado como pocha cuando  su marido se marchó con otra. Yo la veía aburrida, sin alicientes. Pero enseguida alguien le habló de las páginas de contactos, le dijo que  allí encontraría a un hombre  para compartir su vida. “Un hombre a tu altura”, le explicó. Y ella me lo cuenta atusándose el pelo, un pelo seco, sin brillo y desparramado. Dice que no se lo lava desde hace una semana, que para qué, que lavarse el pelo con frecuencia lo estropea.

 “Lo bueno del ciberespacio es que no tienes que vestirte, ni ponerte zapatos de tacón, ni siquiera pintarte las uñas”, me explica con sus zapatillas rotas por el dedo gordo, sus uñas mordidas y sus enormes greñas.
Ha puesto una foto para su perfil de cuando tenía veinte años, pero no ella sino Sharon Stone. Está muy mona.
“Ya veras cómo  me salen muchas propuestas”, me explica.
No come ni se levanta del sillón.  Dice que está enamorada de varios. Siempre está tecleando en el ordenador, ya ni se alimenta ni duerme, y las rodillas se le están quedando anquilosadas por la artrosis.
 Desde la calle se ve su silueta iluminada por la luz azulada del  ordenador.
Ramses, el faraón, es el que más le gusta, la llama “hermoooosa” y le pregunta constantemente si quiere “gozag”. Ella le dice que bueno y sonríe al contármelo. Me explica  que es muy hombre,  que tiene músculos de acero y que  baila rap. “¿Quieres conocerlo?” me pregunta como si estuviéramos en un pub de moda. “Mira, Ramses, te voy a presentar a mi hermana, se llama Claudia y es enfermera”. Él teclea: “Encantadoooooo”. Ramses es que todo lo alarga mucho. Me pregunta que si yo también quiero “gozag” y le digo que no, que mejor otro día porque mañana tengo que madrugar. Lo entiende y me llama “hermosaaaa” a mí también. Es parco en palabras.
La foto que ha colocado en su perfil es la de Brad Pitt cuando salió en la película de Thelma y Louise.
Miranda me explica que es ingeniero, arquitecto y un poco cirujano. Que habla varias lenguas pero casi todas muertas, desde el latín al aquitanio pasando por el Árabe andalusi
Busco una excusa para largarme sin ser descortés y la dejo con su amante virtual en esa realidad sin aristas. Me marcho a la cama. Ella no dormirá, y si lo hace, despertará temprano, volverá a teclear una y mil veces su vida inventada, y yo me iré a trabajar para que no se encuentre sin nada a la hora de comer.


 



lunes, 26 de agosto de 2013

FACEBOOK Y PAQUITA





Paquita no me quiere. Y lo más triste es que nunca lo hubiera imaginado de nos ser por Facebook.
Una vive feliz en su mundo pequeñito, merodea entre familiares, amigos, compañeros, gente que comparte aficiones, y algún otro que pasaba por ahí. Cuando de pronto alguien te pregunta si estás en Facebook, y como te da vergüenza preguntar qué es eso, lo buscas en internet, te informas por encima, y decides que por qué no probar, si es de lo más inocente.
Entonces vas y te apuntas. A partir de ese momento la pantalla de tu ordenador se llena de preguntas, se interesan hasta por tus más ocultos pensamientos, que si donde naciste, que si a que colegio te llevaron, que si la universidad, el master y el trabajo. Año de nacimiento, color de tus primeros zapatos. Qué sé yo, una insistencia malsana  a la que tu vas contestando de forma automática más que todo por estar en la honda. “Hija, es que no socializas”, te dice Adriana con cuatrocientos amigos y una foto en la que solo se le ve un ojo y el dedo gordo del pie. Como si de pronto le hubiese dado por pasar desapercibida. Y tú que no tienes ni idea a qué se refiere con eso de socializar, vas y continuas dado información reservada sin encomendarte a nadie.
Pones la foto de un caimán para pasar desapercibida como Adriana, y cuentas hasta la talla de sujetador de tu tía Angelita. A partir de ese momento aparecen en tu muro nombres, no solo de algún amigo despistado del colegio, sino de todos y cada uno de los primos, parientes, conocidos, o vecinos de cada uno de los amigos de tus amigos. “Quizá conozcas a…” “Pues no, oiga pero ya que estamos en plan social, lo aceptaré” ¿Quiere ser amigo de Allegro Torres?, él la quiere. Y tú que al ver la foto te has quedado un poco, como diría yo, fría, ves feísimo desairar a Allegro por mucho bigote y tatuajes que enseñe,  y lo añades a tu lista.
“Ya tienes ciento tres amigos” pone en la parte superior derecha de la pantalla. Y dejas de salir a tomar cañas con los de siempre porque te has venido arriba y ahora vas sobrada.
Tener ciento tres amigos  sin necesidad de calzarte los tacones para verlos, es cómodo.
Pero enseguida descubres que Allegro tiene mil trescientos y además va loco por las paginas buscando más. “De eso nada”, decides. “Si allegro tiene más de mil, yo el doble”.
Y te vas enganchando. Un día abres Facebook y resulta que unos han compartido tu enlace, a otros les encanta tu foto, y algunos hacen comentarios a tus comentarios o te enseñan a guisar una lentejas a la marinera hediondas. Te invitan a eventos en Chile y Ecuador, te animan a que visites Afganistán con burka, te enseñan fotos de cómo era Patones allá por el siglo de oro. En una palabra, te seducen. Y una vez seducida te dispones a curiosear y buscar a tus amigas del colegio porque están todas en las redes. Y mira tú por donde,  encuentras a tu amiga Paquita, la de toda la vida, a la que dejaste de ver sin acordarte por qué, y te pones las mejores galas para pedirle amistad. Pero pasa un día, y otro, y otro.  Paquita se hace la sueca . ¿Qué le habré hecho yo a Paquita?, te preguntas desasosegada. ¿Por qué dejó de hablarme allá por los años ochenta? Y a partir de ahí baja tu autoestima una barbaridad, tanto que ni mil, ni trescientas mil fotos de ojos, mascotas o pies consuelan el verte rechazada, precisamente, por Paquita.
Desde entonces pierdes el sueño y el apetito, tratas de recordar todas y cada una de las palabras u ofensas que pudiste haber infringido a tu otrora amiga.
Mi vida desde entonces se ha tornado solitaria y sin sentido. Con lo feliz que yo había logrado ser hasta que llegó Facebook.
Malditas redes sociales.

domingo, 25 de agosto de 2013

DOS SECUESTROS


imagen: Salvador Dali

Ahora resulta que nos han vuelto a secuestrar a Di Stéfano. La primera vez fue el frente de liberación de Venezuela. Esta vez ha sido su familia.  Menos mal que lo ha denunciado su novia (o la que dice que lo es) una tal Gina González, muy mona y destrozada por el dolor. Dice que sus hijos no solo no la dejan visitarlo sino que pretenden incapacitar al “novio/ padre” por merma de su salud física y mental.
La primera vez pilló a Bernabeu pescando en Santa Pola, esta vez me ha pillado a mí nadando en la Albufereta.
Solo cuestión de años, cincuenta más o menos.
Esta historia me recuerda a un titular de “El Hola” que guardé bastante tiempo en el cajón para recordar que la vida es “porca miseria”.
Arriba, a la derecha de la página, se veía a un
anciano. Y en el centro, una treintañera maciza posaba medio desnuda en su yate ante un elenco de marineros cuadrados, rubios y pelirrojos, que la rodeaban sin camiseta pero con gorro. El titular resaltaba las palabras de la treintañera viuda del anciano y heredera universal de sus bienes.
“Lo mejor que me ha dejado mi marido han sido los consejos”.
No digo yo que esa chica y la tal Gina no giman de dolor perdidamente enamoradas de sus parejas, que no arrastren un síndrome de “papá ausente” y sea a ese tipo de hombres maduros y dispuestos a decir frases lapidarias, los que ellas busquen para superar abandonos infantiles.  No voy a entrar en suposiciones de esa índole.
Se me ocurre una idea. ¿Por qué la tal Gina no renuncia a todo beneficio económico y se dedica a cuidarlo y acunarlo entre sus operadas protuberancias hasta el fin? ¿Por qué no hacerlo feliz y luego marcharse vestida de negro y alpargatas? Todos lo agradecerían;  sus hijos, la federación del deporte, los amigos, incluso él mismo. Vivir los últimos años entre brazos jóvenes, oliendo a manzana y romero, escuchando palabras dulces o atrevidas, a los 86 años no es ninguna tontería.
Anda, mujer, qué te cuesta.
Ya veras como los secuestradores te lo devuelven sin rescateE 

sábado, 17 de agosto de 2013

NO SIN MI MÓVIL




Paula  había quedado con Ramón a las seis de la tarde de un caluroso día de julio.

Conducía intranquila por la carretera pues no había tenido tiempo de pasar la ITV y temía que la policía le diese el alto. Cuando llevaba recorrido la mitad del trayecto, el volante dejó de  obedecerla, y el cambio de marcha pareció desencajarse. Estaba asustada. El coche se le iba de las manos. Lo único que ocupaba su mente era poder aparcarlo en algún lugar no prohibido. Tenía que pedir ayuda.

No muy lejos de donde había detenido el coche vio un aparcamiento libre, tenía que intentar llegar hasta allí. Forzó la marcha, y el motor desprendió un fuerte olor a quemado. Sin embargo lo más importante parecía estar hecho, había logrado aparcar en una avenida concurrida.

Bajó del coche con su perra Leda, buscó el móvil en el bolso, pero…, ahí empezó la tragedia; no lo encontraba. ¡No estaba el móvil! Vació el bolso sobre el capó, vació la guantera, pero lo había olvidado. Intentó buscar una cabina de teléfono pero hacía tiempo que las habían quitado, o por lo menos no era fácil encontrarla.

La angustia empezó a apoderarse de ella. Pensó en coger el autobús pero no la dejaron subir por llevar un animal. Leda no cabía en el diminuto bolso que llevaba.

Respiró hondo y contó hasta diez.

Buscó una cafetería dónde pedir un listín de teléfonos, pero no tenían.

-Solo le puedo ofrecer las páginas amarillas -le explicó el camarero.

¿Páginas amarillas? No le servían de nada.

Deambuló bajo el sol de la tarde con Leda en sus brazos. Intentó encontrar un listín telefónico de los de siempre, uno blanco, pero parecía imposible.

- Hace tiempo que no nos llega -dijo el hombre.

Tampoco encontró una cabina, ni un teléfono de fichas para llamar.

Paula sintió que el aire no le entraba en los pulmones y empezó a hiperventilar. Una señora que estaba tomando una horchata la vio tan apurada que se conmovió y le ofreció su móvil.

-Úselo señora. Llame desde el mío.

 Pero cuando Paula lo cogió aliviada, se dio cuenta de que no recordaba ni un solo número de teléfono, ni siquiera el de su hijo. Hacía mucho tiempo que se había olvidado de memorizar. Era tan fácil encontrarlo todo en el listín del móvil. Incluso había olvidado el apellido de aquellos que podrían figurar. Ramón no figuraba, hacía tiempo que se había dado de baja en el fijo, ¿para qué? Sus amigas no figuraban por su nombre sino por el de sus maridos. Y ella había olvidado el apellido de todos. Su mente se había llenado de una  bruma espesa que le impedía recordar. De pronto la calle le pareció desértica, su mundo borrado por completo. Estaba sola en medio de la nada, sin siquiera ser capaz de utilizar el teléfono que la señora le ofrecía.

Unos motoristas de la policía pasaron por su lado, pero ella no se atrevió a llamarlos, se acordó de la ITV. Sintió la angustia de la soledad, de la impotencia, y como si hubiera caído en un alzhéimer repentino, tuvo deseos de ponerse a gritar, de pedir auxilio.

Sin móvil no era nada, no había consuelo. Ni siquiera era capaz de pensar.  

De nuevo entró en la cafetería en la que le habían ofrecido páginas amarillas. ¿Su dentista quizá pudiera darle alguna pista? O, no, mejor buscaría la dirección de su peluquería, ellos podrían proporcionarle el número de su amiga Laura. Llamó con el móvil de la señora. Tuvo suerte, todavía no habían cerrado.

Por fin dio con Laura, que contactó con Ramón, que fue a recogerla, que la encontró destrozada.  

Nunca podría haber imaginado que su vida pudiese ser tan frágil sin su móvil. Había perdido los recuerdos.

“A partir de ahora llevaré una libretita con todos los datos apuntados, como hacía mi abuela”, me explicó. “O quizá, mejor los memorice, no sé”