Textos

viernes, 8 de mayo de 2015

RECUERDO A UN MAESTRO


                       





El sábado me encontré con la nieta de mi profe de latín: don Juan. Yo  a ese hombre no le llamaría profesor, ni catedrático, ni titular ayudante, ni Doctor Emérito, ni Honoris Causa, ni nada por el estilo. Le llamaría: MAESTRO. Pero maestro como Sócrates, como Aristóteles y Platón. Un maestro, para mí,  es un hombre que le apasiona el saber y se empeña en inculcárselo a sus alumnos.  Despierta el placer por el conocimiento casi sin darse cuenta.
Yo era buena estudiante hasta los comienzos de la adolescencia, quizá fueron las hormonas, las espinillas, los complejos. Solo recuerdo una desidia enorme por todo lo que me rodeaba. Me acuerdo de tardes enteras encerrada en mi habitación, escuchando música, aislada. Es difícil comprender a un adolescente, incluso para él mismo. Me acostumbré a ser de las últimas de la clase sin que me temblara el pulso. Cuando un profesor preguntaba: “A ver, quién sabe…,” Tan solo ese “A ver, quién sabe…” ya me producía un desinterés enorme. Menudo rollo, saber más que los demás: Passsso.
Qué pena que algo así suceda, qué pena que los profesores no se den cuenta de lo terriblemente mal que lo está pasando el alumno desmotivado. Qué pena que te acostumbres a no luchar, a no preocuparte en los exámenes más que de copiar para salvar el pellejo. Qué pena sentirte tan inútil. Y fue entonces cuando llegó don Juan. Lo recuerdo perfectamente, era el nuevo profesor de latín y también de filosofía. Alto, enorme, con esa  sonrisa plácida de tener todo el tiempo del mundo, enamorado de su trabajo y de las asignaturas que impartía, decidido a que nos enamorásemos nosotros también, dispuesto a escucharnos, a esperar a los rezagados. Y yo, que había olvidado lo que era  atender en clase,  me descubrí emocionada con la concordancia de las palabras, la búsqueda de la frase, la traducción según el tiempo de los verbos y la declinación de los sustantivos. Esas cosas que parecen a simple vista tan horribles, me produjeron la fascinación de un descubrimiento, una forma de desentrañar un jeroglífico o la forma de descifrar un enigma que solo podías resolver si te estudiabas muy bien los tiempos de los verbos, las conjugaciones, las declinaciones. Porque si encontrabas en la frase el acusativo singular, habías descubierto el complemento directo, nada menos, y  ya solo era cuestión de encontrar el verbo en tercera persona del singular. Lo descubrías aunque estuviera muy lejos, casi al final. ¡Ya lo tengo!
Me emocioné con el estudio  sin ser capaz de recordar cuándo ni cómo el latín se había convertido en un vicio, una máquina recreativa, un juego adictivo. Don Juan paseaba por la clase hablando latín y yo lo traducía cada vez con mas facilidad. Era cómo si me estuviera convirtiendo en una  bilingüe de lenguas muertas. Y después vino la filosofía. Ni siquiera entendía de qué podría ir esa materia tan ambigua. y sin embargo, de nuevo él logró apasionarme por los silogismos. Todavía  recuerdo ese BARBARA, CELARENT, DARII, Y FERIO. Me enseñó a moverme como Pedro por su casa por los conceptos abstractos, a razonar con lógica.
Filosofía, latín, griego. De pronto nació un acicate que me impulsaba a conocer, a curiosear, a dejar mi indolencia y mi habitación por algo que me empujaba a interesarme de nuevo por las clases, por la vida que pasaba a mi alrededor. Y cuando llegaron las notas me encontré con la sorpresa. “Su hija no es normal. Dos sobresalientes y cuatro suspensos”, le dijeron los profesores a mis padres sin hacerse más preguntas. Y Don Juan convenció a mi padre para que me llevara a su academia porque estaba ya etiquetada en el colegio. Me matriculé por libre e hice dos cursos en un año. Me reencontré con mis compañeras de nuevo al año siguiente, en COU,  y ya nunca volvió esa desidia en las clases.
Hoy puedo decir que estudié e hice exactamente lo que quería hacer y que nunca olvidé a ese hombre que se cruzó en mi camino cuando más lo necesitaba, que me enseñó a levantarme.
No había vuelto  a saber de su vida hasta que me presentaron a su nieta. Y cuando ocurrió, me sentí tan bien que desee que todos los profesores, universitarios o no, con master o no,  catedráticos, doctores o no, sean para sus alumnos lo que  don Juan fue para mí: un verdadero MAESTRO.






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