Textos

miércoles, 27 de mayo de 2015

SILVIA Y LA ENTREVISTA DE JORDI ÉVOLE


                      
Imagen. Oswaldo Guayasamín. 






He leído tu carta, Silvia,  la que escribiste sobre la entrevista que Jordi Évole le hizo al etarra que asesinó a tus padres. Me he sentido muy mal y he tenido que buscar la entrevista para ver hasta dónde puede llegar un ser humano. Y al verla, ha sido cuando me he derrumbado del todo. 
Mark Twain, dijo que todo aquello que anida en el corazón del hombre, anida en el suyo. “Os conozco”, decía,  “sois ruines, malvados, envidiosos, dispuestos a todo por avaricia, por lujuria, por debilidad. Y os conozco porque soy uno de los vuestros.”
Esas palabras me calaron muy hondo cuando las leí, y me han acompañado durante toda mi vida, en lo bueno  y en lo malo. Cuando he contemplado algo tan maravilloso que me ha tocado el corazón, he pensado: si esto lo ha hecho un hombre es como si lo hubiera hecho yo, porque estamos hechos de la misma pasta, tenemos los mismos instintos, compartimos los mismos deseos. Es de mi raza  y por tanto mío. Me entra una sensación de globalidad humana que me reconforta. Pero cuando encuentro el asesinato, el odio, la crueldad y la barbarie, siento un miedo atroz. Cada nacimiento humano es la promesa de una innovación maravillosa a veces y terrible e incomprensible otras. ¿Sería capaz de hacer yo una cosa así si las circunstancias fuesen las mismas? Y esa pregunta me atormenta. La mayoría cree que no, duerme feliz pensando que son monstruos sin acabar, seres sin alma, sin cabeza, que están en el otro lado. Pero yo no lo tengo tan claro. No es ya la sinrazón de ETA, es que  todos hemos escuchado atrocidades de la guerra civil española, de la posguerra. Las denuncias por envidia, por nimiedades. “Cuando usted mata, ¿que siente?” le preguntó mi abuela a un hombre que la encañonaba mientras saqueaban su casa. “Pues al principio cuesta, no se lo quita uno de la cabeza, pero te vas acostumbrando, y al final es como si fueras al pim, pam, pum de la feria.”
Cuánto he despreciado yo a Bolinaga desde que vi su crueldad con Ortega Lara. Puedo entender  que un ser débil sea manipulado por un monstruo, como le ocurrió a Rekarte, un casi niño de 17 años.  ¿Pero que un adulto disfrute con ello? ¿Estar dispuesto a dejar que muera de hambre por el gusto de hacerlo?
Yo también, como tú, Silvia, me gustaría saber, entender,  entrar en esas mentes y contemplar su odio, sus rencores, poder ponerme en su lugar y decir: ahora lo veo claro. Pero no puedo, no entiendo. Locura es la palabra que utilizamos para constatar que no entendemos nada.
Me contaron que hubo una manifestación en Palestina en la que mujeres a las que los israelíes habían matado a sus hijos, se abrazaron a mujeres a las que los palestinos habían matado a los suyos, porque esa era la única forma que se les ocurrió para poder acabar con la locura del enfrentamiento. Desgraciadamente no lo lograron porque detrás de toda guerra hay dinero, intereses.
Hoy he leído que el libro que ha escrito Rekarte está entre los cien más vendidos. No sé qué decirte. Supongo que nos interesa saber por qué a un asesino no le interesa el nombre de sus víctimas, el rastro del dolor que dejó tras él, por qué ni siquiera lo hizo por odio.
Hannah Arent trató ese tema en su obra “La banalidad del mal”, después de presenciar el juicio a Eichman, el nazi que dirigió las SS y los campos de concentración. Descubrió un tema que aterroriza, y es que personas normales pueden convertirse en asesinos brutales. Esta filosofa judía es odiada por los que prefieren explicarlo todo con esquemas simples que no dejen dudas y no obliguen  a reflexionar. Ella puso de manifiesto que el mal puede ser obra de gente común, de aquellos que renuncian a pensar para abandonarse a la corriente de su tiempo.
“Lo hacía porque cumplía ordenes” Así, sin más. Qué horrible reflexión.
Solo te puedo decir que ETA ha dejado de matar, que ojalá no haya más hijos que tengan que ver lo que tu has visto, que no tengan que vivir lo que tu has vivido. Me gustaría decirte que esos criminales han sido vencidos con la  templanza, con la persistencia, pero es que no lo sé, es que no lo tengo claro.
Me gustaría que bastara con decirte que ya no habrá más niños sufriendo lo que tú sufriste. Me gustaría, pero no puedo.

Es difícil, lo sé, pero lo único que nos queda después de tanto dolor, es el perdón, la vida, el futuro  y el olvido. De otra forma quizá nunca logremos detener ese odio que crece y crece, que se trasmite de generación en generación, que nunca muere, que aniquila y manipula a otros para sacar tajada. Me gustaría confirmarte que algún día dejaran de existir esos seres banales, numerosos, incapaces de conectar con su propia conciencia cuando reciben una orden, los irreflexivos, los convencidos de su superioridad moral, los que reducen la vida a blanco o negro, pero no puedo.

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