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lunes, 1 de febrero de 2016

OLLETA






Si quieres hacer una buena olleta tienes que esmerarte. Vete a la playa a pasar unos días, porque si estás deprimido o bajo de forma nadie te aguantará. Te dejarán solo o te llamarán quejica. Y no es que la gente no comprenda que perder la salud es algo terrible. No, si eso lo comprenden, pero se les olvida. Tampoco es porque no te quieran, sino porque están en sus cosas. Y si por ejemplo te dicen: “Raúl, sube del garaje las botellas de cerveza, o el garrafón de aceite, o el detergente de la lavadora”, no es que no sepan que tú ya no puedes soportar el peso porque ahora sientes como si te fueras a ahogar, es que se les ha olvidado. Igual que cuando te riñen porque andas demasiado despacio. “Quieres ir un poco más deprisa, hombre”. Y lo dicen así  porque no se hacen a la idea de que ya no eres el mismo, de que tú, que ayer estabas fornido y sano, ya no puedes con tu alma.
Por eso te digo que lo mejor para hacer una buena olleta es que te vayas a la playa, que te alejes unos días para que ellos y tú os vayáis acostumbrando a la nueva situación. Aprovecha la baja que te ha dado el médico para pasear tranquilo y sin agobios.
Los ingredientes de la olleta son sencillos. Tienes que comprar un poco de calabaza y también un boniato. Los boniatos tienen la dificultad de que son dulces y hay mucha gente a la que no le gusta la mezcla del dulce y el salado. Porque uno de los que vas a invitar a comer es a tu amigo Alberto, que es un entusiasta de los sabores tradicionales. Y tú no querrás que se vaya desilusionado. Aunque te advierto que una vez cocido todo junto, casi ni se nota.
Invitarás a comer a tres amigos, tus tres mejores amigos de toda la vida, y aunque en el fondo te habías ido a la playa para estar solo, para no dar la lata a todo el mundo con tu enfermedad recién diagnosticada, de pronto, mientras estés paseando por la orilla,  notarás que el mar se te hace inmenso y el rumor de las olas te sonará a manguitos para los brazos, a cubos, a palas, a gafas de bucear y a castillos de arena. Es por eso, y no por otra cosa, por lo que te descubrirás llamando por el móvil a tus amigos de siempre. Les dirás que estás allí, “fíjate tú qué casualidad, que me han dado una baja y me gustaría que nos reuniéramos para tomar una olleta como la de entonces, oye, que me sale de cine”, fanfarronearas. Ellos te dirán que mañana no, pero que el sábado sí, porque… Y al final habrás logrado que un día os podáis reunir los cuatro de nuevo. Y aunque te habías prometido a ti mismo que no ibas a llamar a nadie, que dedicarías el tiempo a pescar y a pasear por la playa, te encontrarás metido en ese compromiso. Los habrás llamado a todos, a los tres. Pero te recuerdo que la olleta lleva tiempo, quiero decir, que necesitaras mucha paciencia, porque si no la haces con cariño no sale igual. Y tú querrás que salga mejor que nunca. No sabes a ciencia cierta por qué, pero lo querrás. Porque lo inexplicable es que jamás te gustó cocinar, pero sin embargo ahora…
No te olvides de comprar las verduras a Yolanda. Yolanda es el segundo puesto a la izquierda, entrando por la puerta principal del mercado. Lo conoces de sobra porque siempre la evitabas. Sí, era tan pelmaza que se enrollaba con todo el mundo y hasta ponía sillas para que la gente esperara tranquila, sin prisas, para que hablaran de cualquier cosa. ¿Dónde se ha visto una verdulería con sillas y revistas?, pensabas entonces. Y es que entonces no podías soportar a Yolanda porque tardaba un montón en atender y la gente no paraba de hablar de sus cosas, como si le importaran a alguien. Y mientras, Yolanda despachaba el boniato y los tomates. “Yolanda, que tengo prisa. Que ya está bien de charlas”. Pero eso era antes, cuando tenías muchas cosas que hacer. Ahora estás enfermo y te gusta que Yolanda te pregunte por ti o por tu vida, y que los que esperan también lo hagan. Ni siquiera te importará que la señora que está delante de ti cuente que ella le fríe la cebolla a su marido muy fina, porque le gusta que se quede un poco doradita. Te gustará que el otro señor, el de la barba entrecana y las alpargatas negras, le cuente que ha ganado ya dos campeonatos de Mus en una semana. No sé como explicarte, en ese momento te parecerá que en la frutería de Yolanda pasan cosas y el tiempo no se alarga tanto. La gente hablará de asuntos que ni te van ni te vienen, pero se escuchará ese murmullo que aleja tanto los pensamientos negros.  Porque en casa te has cansado de escuchar la tele. La tele es otra cosa, más fría, impersonal. Y tu necesitarás saber de los demás y que los demás sepan de ti.
Al final te llegará el turno y le pedirás los boniatos, el trozo de calabaza y, por supuesto, las acelgas, unas ramitas, no más. No se te olvide echar el nabo que le da mucho sabor. Luego lo tiras a la basura, no es que te lo vayas a tener que comer, pero el guiso sabe de otra forma.
Espero que hayas dejado a remojo la noche anterior las lentejas y alubias, porque si no, adiós olleta. Las puedes comprar de bote, ya hervidas, pero eso nunca sería lo mismo, y tú querrás hacer la mejor olleta de tu vida. El arroz, por ejemplo, no hace falta dejarlo a remojo. Eso no se hace nunca. Se le echa al final, unos minutos antes de servirlo. Pero es el que le da toda la gracia. Ah, se me olvidaba; cebollita para el sofrito, una ñora, cuatro ajos y un trozo de pan para freírlo. También almendras; unas ocho, más o menos. Mira, yo también le echo algo de cardo. Porque las acelgas solas se quedan como desangeladas. Además como no sabrás de qué forma te vas a sentir al llegar a casa y encender la televisión, es mejor que olvides el cardo, por ejemplo, o la ñora, así lo recordarás y tendrás que volver a bajar a pedir de nuevo  la vez en la tienda de Yolanda, y te podrás sentar a escuchar a los que esperan, porque seguirán contando historias, y hasta te reirás de las cosas que a ella se le ocurren. Luego, cuando te toque a ti, le cuentas que se te había olvidado el cardo o la ñora porque andas últimamente muy despistado. Ella te preguntará por qué. Tú entonces, si quieres, le cuentas lo de tu enfermedad, pero no se lo cuentes en plan trágico, que a lo mejor esto no tiene solución y esas cosas. Tú lo cuentas de pasada, convencido de que todo se va a arreglar y de que dentro de unos meses volverás a comprar nabos y acelgas con toda tu salud. Ella te mirará un rato y bajará sus gafas. Te preguntará por tu familia, por tu ánimo, y a ti te entrarán unas ganas locas de volver a sentarte y derrumbarte en esas sillas que ella pone para que la gente espere, pero no lo harás, porque ella te contará algo gracioso y los que esperan contigo reirán, y tú te sentirás mucho mejor.
Luego volverás a casa, te pondrás el delantal y sofreirás las ñoras, un poco, lo suficiente para que no se te quemen, pero sin que queden crudas. Es decir, vuelta y vuelta. Luego las apartarás y las dejarás en un plato para que se enfríen. Aprovecharás ese aceite para freír los ajos, el pan y las almendras, y mientras se enfría, harás otro sofrito de cebolla muy picadita para mezclarla luego con un bote de tomate. Pero puede que a esas alturas ya estés tan cansado que no entiendas por qué una simple olleta te ha podido dejar sin resuello. Por eso te aconsejo que te prepares una cervecita con almendras mientras descansas. Tus amigos aún tardarán en llegar y tú estarás ilusionado con el reencuentro. Luego te llamará tu mujer para decirte que no puede con los niños, con la casa, que menuda excentricidad esa de irte a la playa en pleno febrero, justo cuando más trabajo tiene. Pero tú no le hablarás de tu cansancio porque eso te hará sentirte como un niño que reclama atención, y tú eres un hombre hecho y derecho.
De pronto mirarás el reloj y te darás cuenta de que se te ha echado el tiempo encima. Pondrás a hervir las habichuelas y las lentejas. Y lo harás junto con las acelgas, el boniato, el cardo y la calabaza. Cuando hayan hervido un rato, le echaras el sofrito y machacarás la ñora con las almendras, con el ajo, con el pan frito. Lo dejaras hervir todo junto, sin tiempo. Porque a ti ahora no te importará el tiempo, es más, te gustará perderlo mientras ves cocer tu guiso. Pensarás en cambiar de médico, elegirás ese que tarda tanto con cada paciente, ese que no se quita el trabajo de encima. Porque así hablarás con él, le preguntarás qué piensa y te sentirás mejor después de haber permanecido en la consulta tanto rato, porque no te importará esperar a que otros hablen y hablen.
Mientras decides todo eso, la olleta empezará a despedir un olor que te recordará a la infancia, a las comidas en tu casa, a entonces, cuando tu madre te preguntaba qué habías hecho en el colegio, si tenías algún amigo nuevo.
No se te olvide que debes echar el arroz en el último momento y que si sacas un poco de caldo de la olla y lo hierves aparte, evitarás que se te engache el guiso, porque el arroz tiene tendencia a chupar el agua.
Tus amigos llegarán por fin, y disfrutarán de esa olleta tan rica y tan antigua como vuestra amistad. Beberéis vino y recordaréis cosas de entonces, de las que hacen que el tiempo se convierta en algo valioso. Hasta que se darán cuanta de que se ha hecho tarde y se marcharán.
Mientras recojas los platos, los vasos y el mantel, te beberás el último chupito de vino que quede en la botella. Y como ya habrá oscurecido, te notarás muy cansado y querrás que amanezca pronto para regresar al puesto de Yolanda a comprar cualquier cosa con tal de poder contarle que ayer estuviste comiendo olleta con tus amigos de la infancia, y que te salió maravillosa. Esperarás lo que sea necesario hasta que te toque la vez, y luego le contarás todo eso y mucho más mientras compras tomates,  lechuga, calabazas y boniatos.






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