domingo, 1 de diciembre de 2024

QUIERO VER AL PUEBLO


 

 

 

No puedo olvidar el video del rescate a un hombre en Albal, Valencia. No puedo olvidar que se refugiaba en una repisa y un coche que flotaba, estuvo a punto de arrollarlo por la fuerza del agua. Es inolvidable que en ese momento aparecieran unos vecinos de un primer piso para arrojar sábanas, para que pudiese escalar. Fue difícil el rescate, pero lo lograron. La imagen permanecerá en mi cerebro para siempre. Un Joven abrazado a sus vecinos mientras le consolaban con golpecitos en la espalda. Era un hombre, era una Dana inexplicable y mortífera, eran simples vecinos, era el pueblo dispuesto a salvar al pueblo.

Y junto a esa imagen, se mezclan la de políticos mezquinos discutiendo culpas, movilizando a un pueblo horrorizado contra el enemigo político. Y junto a esa imagen, los periodistas de uno y otro bando siguiendo consignas, como si los ciudadanos que han depositado en los bolsillos del estado su contribución, no tuviera derecho a defenderse.

Veo al pueblo indignado por la falta de coordinación, por la dejadez, por la avaricia, por echar balones fuera para seguir recibiendo el dinero de ese pueblo que se desangra  de dolor, de impotencia y de asco.

Quizá la catástrofe haya sido excesiva, quizá era difícil reaccionar con prontitud, pero si no hubiesen querido sacar rédito político de la tragedia, la coordinación hubiese sido superior.

Ha llegado el momento de reflexionar: Somos el pueblo y los políticos están en el congreso gracias a nuestro dinero y nuestro apoyo. ¿No es hora de pedir explicaciones y responsabilidades a unos y a otros? ¿No es hora de rebelarse y pedir que se vayan todos los que apoyan por disciplina de voto las atrocidades que se han producido? Pedir que vengan nuevos políticos, responsables de sus votantes no del líder, de pedir responsabilidades a los que no cumplan con la misión que se les ha encomendado. ¿Es que acaso se tiene que ser inmoral por disciplina de voto, por seguir en la poltrona?

Estáis equivocados, aquellos que los sostienen son el pueblo y el pueblo no perdona a estos personajes que manipulan pancartas y voluntades. Es el pueblo el que paga y el pueblo el que debe decidir en manos de quién debe estar el dinero que se recauda, ese dinero que sostiene al país.

No quiero ver en la TV a Aldama, a Koldo, a Sánchez, a Begoña Gómez, a Lobato, Ayuso, Feijoo, etc. Quero ver día tras día, a esos hombres que lo han perdido todo, hasta que recuperen la dignidad que los políticos les han arrebatado. Quiero ver a valencianos cruzando los puentes para ayudar a sus vecinos, quiero ver de nuevo esa foto del abrazo entre hombres asustados, quiero sentir que los malos, por una vez, se van a su casa con el rabo entre las piernas.

 


viernes, 22 de noviembre de 2024

VIAJE A PRAGA








Acabo de visitar Praga. La pena es que el tiempo ha sido infernal, como de menos cero grados y sensación de menos vete tú a saber. Lluvia y ventisca para aburrir. Pero no nos importaba, porque nos abastecimos de ropa abrigada en la plaza de Wenceslao, que es el centro de la Ciudad Nueva o Nove Mesto, con el Museo nacional y un sinfín de tiendas. Entramos en Primark, es lo malo de la globalización, que las tiendas son las mismas que en España. A mi me gustaba como ocurría antes; vestirme de  bávara en Salzburgo o de lagarterana en Toledo. Soy muy mía, y al ver Primark en Praga, se me cayó el alma a los pies. Aunque pronto me di cuenta de que solo se parecía en el nombre, porque en cuanto intenté hacerme entender por una dependienta, me di cuenta de que estábamos en otros lares, que el frío enrabia, y que si te descuidas, te pegan un bofetón al estilo checo que te descompone. Debe ser por la falta de sol. Pero, como iba diciendo, me compré ropa de esquimal gracias al traductor de mi móvil, que como no utilizo casi nunca, tardé en configurarlo y la dependienta me gritó en checo todo los tacos para foráneos existentes. No pasé el traductor, pero los imaginé. Al final logramos salir de Primark abrigados y sin lesiones.

 Luego nos acercamos a Lidl y una cajera nos pegó la bronca porque la tarjeta no reconocía el pin, los de la cola también nos hostigaban. Fue doloroso, pero nos hizo sentirnos extranjeros, sin tener que vestirnos con el Kroj checo. 

Cogimos un minibús para subir al castillo y saludamos al subir, pero el conductor ni nos miró. Se siente uno despreciable, pequeñito, indigno y un poco insecto en esos casos. Comprendí a Kafka, el pobre. 

Decidimos aceptarlos tal y como son, aunque todavía no sabíamos que tienen por costumbre defenestrar desde la torre del castillo a los enemigos. Nos lo explicó el guía; mitad italiano, mitad portugués, y sin pajolera idea de español. Ellos defenestraban mucho. A partir de entonces solo nos relacionamos con italianos o sudamericanos. Aunque eso tiene sus inconvenientes, porque nos encontramos una cola enorme frente a una biblioteca, y a la chica sudamericana que le preguntamos, nos respondió que no sabía qué íbamos a ver, pero que sería lindísimo dada las expectativa. Esperamos y, después de media hora, descubrimos una pila de libros con un espejo en el fondo y otro en el techo, que simulaba una biblioteca infinita. No digo que no fuese interesante, pero a menos cinco grados y vestidos de osos polares no compensaba, la verdad. 

Continuamos comprendiendo a Kafka, y por eso lo buscamos por doquier; en el cementerio judío, en la estatua movible, en una casucha cerca del castillo, que según nos contaron, había pasado por allí. 

El cementerio judío tiene las lápidas apiladas porque no dejaban salir del recinto a los judíos, y cuando morían, debían sepultarlos unos encima de otros. Hasta seis capas de tierras por cadáver. Es muy impresionante. Las lapidas se amontonan y dan un aspecto siniestro. Pobre Kafka, dicen que está ahí enterrado.

Paseamos por el río Moldava en un barco calentito y con velas. Nos riñeron también, aunque ya no me acuerdo por qué, pero lo recibimos de otra forma. 

La visita al castillo estuvo muy acertada porque se puso a llover a cantaros, pero había cambio de guardia; otro espectáculo globalizado que no se pierde un turista que se precie aunque caigan chuzos de punta. Los soldados de la garita estaban más pálidos de lo habitual, pero dieron las zancadas reglamentarias con porte marcial y los grabamos con nuestros móviles.

 Visitamos el castillo de Praga y su espectacular mirador desde donde, como ya he apuntado, defenestraban a los enemigos; la catedral de  San Vito; la basílica de San Jorge; y la plaza de HRadcany. 

Mientras esto ocurría, saqué de mi bolso unas almohaditas que había comprado en Declatton para calentar las manos. Me quemé y todavía tengo un dedo tonto. 

Pero todo esto no tiene ninguna importancia, porque a partir de ahora Praga es mi ciudad preferida, porque es medieval, porque es la ciudad de las cien torres. porque la Ciudad Vieja y el barrio de Mala Strana es digna de recorrerse sin prisas, porque está limpia, porque de sus plazas en penumbra sobresalen las torres de las iglesias, porque sus paseos siempre te deparan sorpresas, porque sus calles se encuentran más llenas de turistas la mar de amables que de locales y eso se agradece.   



lunes, 4 de noviembre de 2024

CULPAS






Si me preguntan quién tiene la culpa de lo sucedido en Paiporta, responderé  sin temor a equivocarme; los que polarizan. Todos aquellos que señalan a los ultras como aquellos que gritaron y atacaron al presidente del gobierno, son culpables además de miopes. Nuestra sociedad, nuestro país, ha colapsado por odio, por falta de respeto. No se puede mantener la corrupción y salir exculpado por los votantes  si no inculca el miedo y el odio al de enfrente. Les dejaran hacer lo que sea, porque lo que puede venir es peor. 

La ministra Montero señala sin pudor que los indignados que insultaron al presidente del gobierno son ... ¿Fachas? ¿Acaso ella lo sabe porque ha conseguido información privilegiada en la Agencia Tributaria? Es que ella, igual que amenaza a los contribuyentes de derechas por saber mucho, tiene información de los jóvenes indignados que persiguieron al presidente? ¿Todos son fachas, ultras y extrema derecha?

 La mujer que sabía demasiado desconoce el secreto profesional. Ni siquiera es legal husmear en las listas de contribuyentes sin control. No, no lo sabe, y ese desconocimiento innato le hace asegurar que los que pitan o insultan al presidente del gobierno son ultras, fachas, extremos. Qué fácil es cargar el muerto a los otros. 

Hasta que no desechemos esa terminología: “fachas” para llamar a la gente que no soporta tanta vileza, y los llamemos con sumo respeto, no dejaremos de deshumanizar, y si deshumanizamos, dejaremos en el lodo a los damnificados para demostrar que el otro es un inútil. 

Qué importa que la gente tenga sed o hambre, que no encuentre a sus seres queridos, si con eso consigo que dejen de votar a la derecha. El problema es que le ha salido el tiro por la culata. 


 


domingo, 3 de noviembre de 2024

HACERSE MAYOR

Hacerse mayor es un problema, eso dice un ginecólogo en la tele. Según él, por mucho que una mujer se quite patas de gayo, arrugas, se ponga pómulo y se atiborre de omega tres, su útero continua el deterioro implacable que dicta la naturaleza, hasta que deja de ser útil para procrear. Aconseja, el hombre, que si la mujer ha decidido que en un futuro lejano le gustaría tener hijos, guarde los óvulos de antes de los treinta y pocos. No es por faltar, dice, pero la genética es la genética y el útero muy suyo. Todas estas cuestiones, por ejemplo, no es algo que preocupara a las de nuestra generación. Lo teníamos claro. Yo a los veintinueve sentía que esto se acababa pronto y que debía decidirme. Quizá me pasé, es cierto, pero la edad de procrear tiene sus tiempos. Hoy se habla de que las generaciones venideras serán longevas. Es decir, que si no la liamos con guerras y desencuentros, podremos vivir muchísimos años y además jovencísimos. Dice otro experto en geriatría, que lo malo será la falta de empatía con las nuevas costumbres y formas de actuar de la generaciones venideras. Me ha dado qué pensar, la verdad. Es cierto, por mucho que me empeño en comprender a los jóvenes no los alcanzo. Ellos decoran su casa como lo haría un cirujano o un maxilofacial, pertenecen a la generación de lo virtual. Es otra cosa. Había pensado regalarle a mi nieto por su santo, un espectáculo virtual en el que matas alienígenas en Cibeles para salvar a la humanidad. Lo que no sé todavía es si los alienígenas desbarrados están ya pasados de moda o todavía tienen tirón. Estoy tan despistada Me llama la atención que los jóvenes declaren su amor con sortija incluida, en campos de futbol, en lo más hondo del mar, vestidos de buzos y ante los miembros de curso de buceo. Nuestra generación era mucho más pudorosa. Ahora todo es para la galería. Te avisan de si van a comer lentejas o bacalao, de si quieren a su marido lo que no está escrito u odian al portero de su finca. Lo graban todo, hasta cuando les pilla un huracán en la autopista. Es como si su vida fuese un espectáculo digno de narrar. Me pregunto qué harán cuando empiecen a repetirse debido al deterioro cognitivo, si grabarán tres o más veces todo lo que hacen. Será espeluznante. Los hay que hasta se graban cometiendo un delito, violando en grupo a un chica, saltándose límites de velocidad o robando víveres en el súper. No les importa ser detenidos, o morir por perder la oportunidad de salvarse. Ahora se llama reel, o history y se sube a Instagram para recibir likes. Me lo ha explicado mi nieta que es la única que tiene paciencia para darme clases de redes sociales. Siempre había admirado a los animales porque antes de morir, se retiran de la manada para hacerlo en solitario. No digo que sean mejores, pero sí más individuales, más respetuosos con el dolor propio y ajeno. Bueno, en resumen, que no me hace ilusión ser longeva con un culo inmenso, una cintura de avispa, pestañas postizas y una nariz respingona para celebrar pre-bodas, bodas, post-bodas y divorcios, con el dinero de los invitados. Es que la naturaleza es sabia y si se nos quitan las ganas de hacer tonterías conforme crecemos, será por algo.

sábado, 28 de septiembre de 2024

 https://www.ondacero.es/emisoras/comunidad-valenciana/alicante/audios-podcast/mas-de-uno/carmen-garciaromeu-presenta-alicante-trol-albufereta-lazo-invisible-abuelos-nietos-que-llena-magia-infancia_2024092566f3de893c87870001eb3a7d.html?fbclid=IwY2xjawFiUidleHRuA2FlbQIxMQABHRvzR_jecntjhYPDqt2JMmICm8lXhPmTeJyxZ8pR-s8dvaxGhIvRCAxmqA_aem_HMT2K-lmmkNKhyC6BcRmIg

sábado, 21 de septiembre de 2024

PRESENTACIÓN DE “UN TROL EN LA ALBUFERETA”

 

 





 

 

 

El miércoles presenté en la librería 80mundos mi último libro de literatura infantil/juvenil: “Un Trol en la Albufereta”. Me lo presentó una nueva amiga, que a la vez me la había presentado una amiga/sobrina. A veces suceden las sincronicidades de las que hablaba Jung: Algo así como cuando piensas en tu amigo Segismundo, que no ves desde hace treinta años, y de pronto lo ves a tu lado en un semáforo.  

Ella se llama Marisa y adora a los niños, lo lleva en los genes. Sus padres ya le inculcaron la semillita que le hace ser cercana, saber escuchar. Desde que supo que iba a presentar mi libro comenzó a preguntar. O mejor dicho, a hablar, con esa sonrisa abierta y franca que acerca tanto. Hablamos de todo, pero jamás me sentí intimidada, era como disfrutar conmigo misma. Con ella me sentía la mar de interesante, como si lo que yo contara fuera algo genial, el no va más. Y así, casi sin darme cuenta, le entregué mis secretos, con risas, con ironías, con muchísima complicidad, sin miedo. Ahí estaba yo, soltando todas las locuras que no me atrevo a contar a nadie.

No me gusta hablar en público. Dicen que los pequeños de las familias hablan muy deprisa porque si no es así, los dejan con la palabra en la boca. Era mi caso. O sea, que la velocidad al hablar, escribir, comer o bailar, traspasa todos los límites imaginarios. El miércoles no tenía prisa, el miércoles estaba a mi lado Marisa, con esa capacidad para entender y provocarme. Con ella fue diferente, me sentía una tía la mar de enrollada, aunque se empeñara en llamarme “Doña Carmen” haciéndome sentir señora con moño que hace bolillos. Y es que ella no sabe que los mayores somos exactamente iguales a los jóvenes, tan solo es que se nos está tragando un cocodrilo que nos pone la piel arrugada, el pelo ralo y nos cuesta arrastrarlo. Pero por debajo somos los mismos jóvenes, niños y adolescentes que fuimos.

Pero aunque me llamara Doña Carmen, consiguió sacar de mí una persona a quién desconocía, no solo yo sino también mis amigas. Me reí de mi misma, nos reímos del mundo y acabó la presentación dejándome una sensación estupenda.

Me han felicitado mucho los asistentes, pero yo sé que sin su habilidad, el acto hubiese sido otra cosa.

Doña Carmen, o sea yo, creció con su Trol aquella tarde en 80mundos, y se lo agradezco a Marisa, por su generosidad, y por su profundo deseo de comprender al otro. Por saber cuidar a los niños y a las señoras que hacen bolillos, pero por encima de todo, por aportar alegría y grandeza a este pequeño mundo en el que le ha tocado vivir.

sábado, 31 de agosto de 2024

EL HOMBRE QUE AMABA A LAS NEVERAS

 

 

 

 



 

 

Me acerco a la sección de electrodomésticos para mirar las dimensiones de una nueva nevera. La antigua encaja perfectamente con los muebles que tengo, pero tiene veintitrés años y la pobre todavía tira. Sé que cualquier día nos dirá adiós y nosotros tendremos que desmontar los muebles en la que está integrada. Da pena, porque a los mayores se nos hace un mundo cambiar mobiliario. Bueno, mobiliario y cualquier otra cosa. Siempre me acuerdo de mi tía Asunta, que al morir nos encontramos con 40 pares de zapatos inservibles, la mayoría con la deformación que sus juanetes habían dejado en el cuero. Juré que yo jamás conservaría recuerdos, pero aquí estoy, venga a hacer montoncitos; este por si voy a una boda y me nombran madrina, este para estar por casa, esta camiseta por si vuelvo a jugar al baloncesto y me colocan de pivot. La mayoría de la ropa que conservo es para estar por casa. Imagino a mis deudos echando al contenedor el “Hola” de la boda de Rainiero de Mónaco que heredé de mi madre, y se me abren las carnes. La vida es así. Prometes que no harás jamás una cosa y te falta tiempo para seguir el patrón de conducta de tus ancestros. El caso es, a lo que íbamos, que también prometí que no divagaría y ya me he ido por los cerros de Úbeda. El caso es que le pregunto al dependiente por las dimensiones y el rendimiento de una nevera Liebherr. Es un hombre correcto, impecable, hecho a su sección de electrodomésticos, tiende a mimetizarse con ellos, pero sobre todo, ama a las neveras y no lo puede ocultar. Sonríe y se entristece en segundos, no sé cómo interpretarlo. Le explico que esa nevera suelta agua en ocasiones. Cambia el semblante y bajando la voz me explica que con las temperaturas que han sufrido este verano, han tenido que pasar un infierno. Dice que las neveras necesitan reponerse después de pasar de tres a cuarenta grados. Imagínese usted en semejante circunstancia. Recuerdo cuando pasé las fiebres tifoideas y se me ponen los pelos tiesos. ¿Acaso no lo comprenden ustedes?, dice perdiendo la compostura. No llora, pero está afectado, se le nota enseguida. Dice que lo que no se puede hacer con una Liebherr es abrirla y cerrarla continuamente, que eso la descontrola, la enferma, la desazona. Habla como un doctor en la UCI, harto de ver llegar pacientes por el poco cuidado de sus allegados. A parir de ese momento suavizo mi lenguaje como si estuviese en un duelo. Le explico que eso no le da derecho a echar agua por los orificios. Bajo la cabeza y le hablo de lo maravillosa que es, de lo que se esfuerza en mantener la calma y el termostato. Asiente, esta vez en su versión sonriente. Lo malo es que no cabe entre mis muebles de cocina panelados.  ¿O sea que usted prefiere adaptar una persona a un traje  que al revés? No, no, claro. Levanta la cabeza y me pregunta si la encarga. No me atrevo a decir que no. Incluso no tengo claro de si las neveras actuales requieren un permiso especial para adquirirlas; un certificado de buena conducta de los compradores. Me la traen el viernes, todavía no se ha roto la mía de hace veintitrés años, no dan las medidas, no sé qué hacer con ella, pero buscaré la solución. Sufren tanto.

martes, 30 de julio de 2024

CUANDO LLEGAN LOS TIBURONES

 

                                                         


 

 

Cuando la vida se pone tierna, cuando los problemas parecen haber llegado a su fin, cuando no necesitas luchar, cuando te basta con sentarte a contemplar cómo el viento mueve las hojas de un árbol viejo, o buscas el olor a jazmines de por la noche. Cuando agarrado a unas manos cómplices, ves la arena mojada de una tarde cualquiera mientras conversáis de cosas simples, de lloviznas y grandes tormentas, de recuerdos, de entonces.

Cuando le cuentas lo que viste de bonito y de triste durante el día, de tus sueños y tus  realidades, de los charcos de agua y de los pastos mojados. Cuando te detienes a contemplar las lagartijas que trepan por las fachadas. Cuando un simple mordisco de melocotón te llena la boca de ayeres. Cuando estando juntos miráis con sorpresa infantil el lento devenir de las abejas…

Llegan los tiburones

Cuando ya no hay adolescentes provocadores a los que educar y combatir, cuando los compañeros agresivos y maliciosos, han dejado de importunarte. Cuando los jefes ya no se suben a tu espalda para llevarse el fruto de tu trabajo. Cuando desaparecen los malentendidos…

Llegan los tiburones

Cuando los truenos retumban en tus oídos, cuando la lluvia os empapa la ropa y eleváis la cara para que el agua caiga en vuestra frente. Cuando miráis un sol rojizo esconderse tras las montañas y os quedáis quietos, expectantes, hasta que desaparece allá, muy lejos. Cuando os bañáis una noche cualquiera siguiendo la estela de la luna, porque dicen que trae suerte, porque es bonito, porque es de noche y la brisa os estremece el cuerpo. Entonces…

Llegan los tiburones

Cuando ya no se acercan huracanes, ni tormentas, cuando tus hijos se marchan para   emprender sus propias luchas, cuando aprenden a navegar y saltar sus propias olas. Cuando piensas que todo está por fin en calma…

Es cuando llegan los tiburones.

Los tiburones comienzan poco a poco. Al principio ni los sientes. Te muerden en la rodilla, quizá en el brazo. Es posible que te roben la fortaleza de antes, o que ya no oigas como entonces y pidas que te lo repitan. A veces, sin esperarlo, arrancan a un ser querido, y luego a otro, y a otro. Pierdes amigos y te cuesta recordar. Porque los tiburones se empiezan a instalar en vuestra casa. Ellos os enseñan que nada era de verdad vuestro.

Los tiburones acechan tu calma y tu silencio. Quieren llevarse lo que más querías, tu pasado, tu salud, y a ti, poco a  poco, o de golpe, pero están ahí, esperando el momento para arrancar aquello que creíste tuyo y que jamás lo fue.

Pero hasta la última dentellada de esos tiburones amargos, trataras de alegrar tus días recordando pastos mojados, una luna roja de julio, luces  de verbenas y tardes de risas.

 

jueves, 27 de junio de 2024

NOCHE DE SAN JUAN

 



 

 

24 de junio, son las doce en punto de la noche, se queman cientos de hogueras en la playa. Se celebra el solsticio de verano y hay que cumplir el ritual.

 Dicen que da suerte despojarse de todo lo que ha perturbado tu vida en el último año, dicen que si te bañas, sigues la estela de la luna y pides un deseo, se cumple. Tomo los prismáticos y observo la playa desde la terraza. Veo colas de gente metiéndose en el agua, corros de jóvenes alrededor de la lumbre. Dicen que hay que saltar sobre las brasas cuando el fuego se apaga, que es la forma de que se alejen los malos espíritus. Veo cientos de luces que parpadean en la orilla del mar. Se escucha el entrechocar de las olas contra las rocas, el suave murmullo de aquellas que plácidamente mueren al rozar la arena, para regresar al mar.

Los bañistas entran con paso indeciso con sus pies descalzos, con las manos entrelazadas, buscan la estela de la luna. Desde donde me encuentro no veo ese resplandor mágico, ellos lo buscan desde su lugar en la playa. Cada uno traza desde el horizonte una línea que se mueve según el lugar en que se encuentren, la siguen en una procesión de fe. Conjuran su mala suerte. Piden que nada de aquello que soportaron vuelva a suceder. Ellos no saben que todo volverá, no por la lay del eterno retorno, sino porque seguirán actuando exactamente igual a como lo hicieron año tras año. Algunas veces creo que somos secuestrados momentáneamente, sin darnos cuenta, por el subconsciente, o por otra dimensión. Decimos algunas cosas que no hubiéramos querido decir, o guardamos algo en lugares recónditos y que nunca más encontramos, o nos movemos nerviosamente hacia un lugar inesperado. Dicen que somos seres multidimensionales, que vivimos en varias dimensiones a la vez. No es que lo crea a pies juntilla, es que algunas veces me despisto de mí y no sé de dónde vengo. Dicen que hago cosas que no recuerdo o que tengo un latiguillo en el que no me reconozco. Antes pensaba que la gente era falsa, que decía algo que no sentía, pero estoy pensando seriamente en lo de las dimensiones, en todo aquello que hacemos sin ser conscientes. Escucho un audio sobre meditación y algo así como estar al tanto del presente mediante la atención a la respiración. Lo intento: “Respire profundamente”, dice la voz, “Contenga el aire, expire por la boca. Imagine que está usted…” Me he ido sin darme cuenta. Estoy en Babia mientras suena la voz sugerente que me induce a permanecer en el presente, pero no, estoy refunfuñando y pensando en lo que voy a decir a esa amiga traicionera, estoy merendando en el campo y soy muy pequeña, estoy hablando con un cliente. “Inspire, expire” continua la voz inútil, sosegada, ya muy lejos de mi cuerpo. Me levanto, no puedo mantenerme en el presente, me pone nerviosa. No sé dónde dejé las zapatilla, ayer las tenía puestas y ahora… “Inspire lentamente”. He vuelto a perderme en esa otra dimensión. Los bañistas creen que si se bañan aprovechando la estela de la luna, todo cambiará. Pero no cambia, porque la estela no es fija, hay muchas, depende del lugar de partida.

Las olas regresaran al fondo del mar para volver una y otra vez a deshacerse en la arena, donde otros bañistas conjuraran los malos espíritus, repetirán los mismo actos que los llevaron a apilar en la arena maderas, troncos papeles, para poder hacer una hoguera, una inmensa hoguera que borre todo un periodo de malentendidos, de ausencias, de traiciones, pero no lo borrarán, porque serán incapaces de recordar, admitir, asumir sus propias traiciones, sus propios errores. Los troncos se queman con diferentes miserias y por eso no sirven para nada.  Saltar brasas sin enmendar, saltar cenizas sin recordar por qué estabas allí y qué es lo que debías de borrar en tus actuaciones para que todo cambie.

Las olas se arrastran lentamente sobre la arena y los bañistas entran parsimoniosamente hasta mojar sus pies fríos. Andarán por su estela hasta perder pie y nadarán, nadarán hasta lo hondo convencidos de que todo aquello que les hizo daño desaparecerá, pero no será así porque su otro yo, el que no está presente, el que deambula por senderos desconocidos, les estará esperando en la playa, en esa playa de otra dimensión, donde no se reconocen, para repetir aquello que les llevó al dolor, al desengaño, a la traición.

 

viernes, 26 de abril de 2024

PÉRDIDAS

                                               

 

 

 

 



 

 

 

 

 

La primera vez que  vi a Rigoberta estaba dando vueltas alrededor de un banco del paseo. Buscaba algo, se la veía desesperada. Al preguntarle, me contó que había perdido una bolsa granate donde había guardado las agujas de hacer punto. Traté de hacer memoria con ella, repasar cuándo fue la última vez que recordó tener la bolsa en la mano.

De pronto me agarró por los hombros y me contó que el problema iba mucho más allá del simple recuerdo. Dijo que su marido le estaba haciendo luz de gas, que quería volverla loca, ingresarle en un sanatorio de esos, y declararla incapaz. O a lo mejor no, dijo. A lo mejor es que las cosas que pierdo se van a otra dimensión y allí se quedan para siempre, esperando a que algún día vaya yo también y nos reencontremos.

Perdí un mantel de flores una noche, después de que se marcharan los invitados, perdí unas gafas de presbicia, un sábado que dejé la lectura a medias para ir a beber agua. Perdí unos pendientes de perlas nada más sacarlos del joyero, y perdí una merienda para mis amigas de las cartas. Lloré mucho aunque mis  amigas se marcharon quitando importancia al hecho, pero no regresaron jamás, desaparecieron con sus adioses y sus bromas. Perdí a mis hermanos una nochebuena llena de confetis y zambombas, perdí a mis padres al salir del colegio. Perdí una tarde  de agosto tumbada en la playa, perdí la camiseta de baloncesto con el número 7, y la orla de graduada.

Todo eso me contó, pero estaba segura de que aquello que había perdido estaba con el carrito de la merienda, con los calcetines que se tragó la lavadora, con la ropa interior, con los pendientes de perlas, con el novio de los veinte años, con la bolsa granate.

En la otra dimensión, me explicó, deben estar todos aquellos objetos, me contó compungida. Ahí debe estar Antonio, un chico muy guapo, delgado y con gafas de concha con el que salía a los diecisiete años. Quería ser ingeniero o arquitecto, no me acuerdo. Pues un día dejó de venir, lo busqué por todas partes y había desaparecido. No sabía dónde buscarlo porque me di cuenta entonces de lo poco que hablaba de sí mismo, y de su familia, y de su trabajo. Y si alguna vez me habló de ello, tampoco me acuerdo porque también perdí las palabras, como tantas otras cosas.

Siento tanto miedo a perder, que no me atrevo a sacar los garbanzos para el cocido por si desparecen y me quedo sin ingredientes, o el cepillo del pelo, o el champú, o el olor a pólvora de las mascletás de junio, o las risas de por las tardes.

Ya solo espera partir hacia esa dimensión donde encontrará, piensa ella, todo aquello que fue suyo y alguien le fue quitando poco a poco, casi sin darse cuenta, con el tiempo.

jueves, 21 de marzo de 2024

CON LA IA HEMOS TOPADO.




Con la IA. hemos topado. Ahora es posible, según me cuenta, que una Inteligencia artificial te haga las ilustraciones de los libros, y de forma muy brillante, no vayas a creerte. 
Me lo dijo Graciela, una escritora de poesía para niños. Dice que le pidió a su hijo que le buscara a alguien para ilustrar un poema infantil que había escrito sobre el amor entre una jirafa y un león. Y parece ser que su hijo, ni corto ni perezoso, abrió el ordenador y se lo pidió a una inteligencia artificial que él conoce mucho. Cuando vio los dibujos se quedó con la boca abierta. Dice que eran muy divertidos y que su hijo le propuso que, ya de paso, fuese la Inteligencia Artificial la que le hiciese la poesía. Al principio ella se quedó en plan: “Oye, tú que te has creído”, ¿es que piensas que una IA va a ser más creativa que yo?, pues estaríamos buenos. El caso es que mientras ella juraba en arameo, la IA le hizo una poseía infantil fantástica. Si los dibujos le habían encantado, la poesía la enfureció. 
Era mucho mejor que la que yo había escrito, me explicó. ¿A dónde vamos a llegar?, exclamaba. 
Me supo tan mal verla mancillada, que le conté que eso ya ocurría desde Homero, desengáñate. 
Anda ya, me soltó. 
Que sí, mujer, que existen sospechas de que las obras de Shakespeare las escribiera un tal Christofer Marlow; las de Moliera, Corneille y las de Alejandro Dumas 76 fantasmas literarios. 
La vi tan intrigada por mi diatriba que continué: El más famoso fantasma de Dumas padre, fue Augusto Maquet que colaboró en “El Conde de Montecristo” y “Los tres mosqueteros”. 
No me lo creo. 
Bueno, eso dicen.
Menudo timo, apunta. 
Pues no, le explico, es como ahora. Eligen a un famoso, le proponen que escriba un libro, el tío se pega el susto del siglo, pero la editorial le dice que no se preocupe, que se lo escribirán los lectores de la casa, que luego lo firmará él y aquí paz y después gloria. 
¿En serio? 
Pues sí, lo confirmó en la tele un youtuber que arregla coches y había sido objeto de la proposición. 
Y ¿cómo se ha sabido lo de Dumas?  Pues porque Maquet hacía la investigación histórica, elaboraba el primer borrador, luego se lo entregaba a Dumas para que aumentara farfulla y adornara. Esas cosas, ya sabes. El problema es que lo acabó denunciando. Dicen que Alejandro Dumas, padre, le preguntó a Alejandro Dumas, hijo si había leído la última novela que él había escrito, y el hijo le preguntó: Y tú, padre ¿la has leído?


sábado, 16 de marzo de 2024

QUERER ES PODER

                                  


 

 

 

 

 

Quiero hacer el camino de Santiago, pero de verdad: dormir en un albergue, extraviarme por los caminos, llenarme de ampollas e ir sola en busca de flechas amarilla para no perderme. Todo eso quiero, pero mis circunstancias son peliagudas: tengo 85 años, ciática y rotura de cadera por tres partes. El fémur jodido y los pies con descuelgue de metatarsianos. Pero eso no tiene la más mínima importancia porque por las noches escucho podcasts de sanación de mi maestro; Salustiano Vapartiko, que me dicen que todo está en mi mente, que la realidad no existe, que si quiero pensar que soy una ágil deportista y logro que eso forme parte de mi cerebro, es decir, lo interiorizo, pues me salen piernas musculosas, fémur de escandalo, nervios de acero y metatarsianos alineados.

Decido iniciar el camino y voy llenando la mochila como un autentico peregrino, que si mudas, que si vaselina para las yagas, que si frutos secos para obtener energía… En fin, todo eso. Agarro la mochila y salgo a la calle. El portero me ayuda a cargarla en el taxi, me dice que no debo llevar tanto peso. Y eso que todavía no sabe que me largo a Roncesvalles para iniciar la marcha a lo Carlomagno.

 Durante el camino hago meditación trascendental y yoga nidra como me aconseja Salustiano. Respiro hondo, contengo la respiración y expulso. Los vecinos de asiento me piden que practique el yoga en silencio, que no moleste al personal, pero hago caso omiso porque el camino tiene sus reglas y yo las cumplo.

La llegada a Roncesvalles es un poco difícil pues el haber mantenido la postura del loto durante el trayecto ha dejado mis piernas, cómo diría yo: entumecidas  contraídas, apelmazadas. No puedo desenroscarla y el vecino tiene que ayudarme porque si no, el que no sale del autobús es él.

El albergue ocupa el sótano de una iglesia donde en su día enterraron peregrinos de mi edad o mayores. La sala se encuentra plagada de literas, de ronquidos, de exhalaciones e inhalaciones. No hay ninguna litera libre en la parte de abajo y debo subirme trepando hasta la de arriba. Una vez lograda la escalada, me dejo caer. Me duelen las rodillas, pero no lo pienso quejarme porque mi maestro Salustiano dice que no hay que pensar en el dolor, que no existe, que las cosas las imaginamos.

Me quedó dormida.

Despierto a media noche. La sala está a reventar de peregrinos con las tripas desestructuradas, y los sonidos de diversos tipos inundan el local. Me levanto y pongo mi pie en la litera de abajo, pero caigo en el ojo del de abajo y me la cargo. Cojo mi mochila y me voy a la ducha. El agua está fría pero mi Maestro Salustiano Vapartiko dice que el agua está como yo imagino que está, por lo que grito desgarradoramente, y un peregrino malhumorado me dice que me calle y que vuelva  al geriátrico de donde no debí salir nunca. Le amenazo con una maldición gitana, le digo que por muchos kilómetros que haga, el camino no le va a servir porque no tiene grandeza de corazón, ni humildad de peregrino, ni huevos para enfrentarse a una anciana ante un tribunal. También le digo que el santo se la va  a guardar.  Él se contiene y me ayuda  a salir de mi estado hierático por congelación. Una vez recompuesta y con la estructura ósea en mi estado primigenio, desayuno nueces y algún dátil que le he quitado a mi vecino de litera. Me pongo las zapatillas, la vaselina, los calcetines y un pañuelo en la cabeza. Salgo a la penumbra de la noche. Es mejor andar de noche que de día, dice mi maestro. Me pierdo y llueve. Me meto dentro de un charco que me engulle como arenas movedizas.  No veo la flecha amarilla, pero como mi maestro dice que siempre estamos donde debemos estar, abrazo a un señor que se encuentra cargando el maletero de su coche. Me santiguo como si fuese el mismo apóstol Santiago y regreso a mi casa cargada de indulgencias plenarias y de las otras.


domingo, 10 de marzo de 2024

EXCUSAS

                                              


 

 

 

Lo veo junto al estanque del Retiro. Es un hombre de mediana edad, pelo oscuro y chaleco tirando a beis. Lleve una poblada barba y habla por teléfono mientras pasea, no puedo evitar escucharlo. “Lo siento, pero ahora no puedo, estoy en Móstoles”, dice.

Me alejo sutilmente para que no piense que me meto en su vida. Miro hacia los alrededores para estar segura de dónde me encuentro. Dudo de mi ubicación. Dicen que las alteraciones cognitivas comienzan al no poder situarte en el espacio/ tiempo, al sentirte perdida en medio de la calle, y yo parezco tener una disonancia extemporal y galopante. Trato de salir de Móstoles lo más rápidamente posible. Me dirijo a las puertas del Retiro, subo al primer autobús que se detiene en la parada. Necesito relajarme. Me tambaleo como consecuencia de mi deterioro y acabo sentándome al lado de una señora que practica inglés por el método Duolingo. Le suena el móvil e interrumpe su clase. Habla un momento y le dice a su interlocutor/ra que no puede seguir con la conversación porque está llegando a Segovia y debe apearse. Miro a través de la ventanilla y observo que nos encontramos frente al Corte Inglés de Goya. Ella no se levanta ni solicita parada. Continua con su clase de inglés. De pronto me pregunta: “I am Spaish and you?  Le contesto para no hacerle el feo “I get off at Segovia”.

Me mira con indignación, la pregunta no debía ir dirigida hacia mí y se siente espiada. Me dice que no me meta en su vida, que bastante tiene con aprender inglés, e inmediatamente se levanta para colocarse dos plazas por delante.

Todavía no he acabado de digerir su desabrida actitud cuando se abren las puertas y veo entrar el señor que se paseaba por Móstoles. Decido bajar inmediatamente. Me siento tan poco coherente que pido que me pongan la rampa para inválidos. El conductor y varios pasajeros me increpan por gamberra. Salgo disparada para coger un taxi y regreso a casa confundida. Cierro la puerta al entrar, doy varias vueltas al cerrojo, me asomo a la mirilla y veo un descansillo lleno de ausencias.

 De pronto escucho sonar el teléfono de casa. Estoy asustada  y decido no cogerlo, pero el timbre insiste y, ante la inminencia de encontrarme de pronto en Móstoles o en Segovia, lo cojo. Escucho una voz conocida, pero vete tú a saber si es una simulación de IA o un asesino en serie. Parece ser que ahora hay muchas personas que se meten en tu casa con el aspecto de familiares y te despluman. Le digo que ahora no puedo hablar que estoy a punto de entrar en un túnel sin cobertura. Pero si te estoy llamando al fijo, dice la voz. Cuelgo y me meto en la cama. El teléfono vuelve a sonar, pero no lo cojo. ¿Cómo lo voy acoger si no sé ni siquiera dónde me encuentro?